
«¡Oh, amor al hermano y perdón del enemigo! ¡Tú eres la llave del cielo y de todos los tesoros del Corazón de Dios! ¡Tú forjas a los vencedores de su amor propio, a las almas de oración y de contemplación, a los santos, a los endiosados!» (Oremos, 5ª ed. p.164).
«Si alguien quisiera comprar el amor con todos los bienes de su casa sólo conseguiría desprecio» (Cant 8,7). Cuando nos vemos incapaces de amar, estamos enfermando. Y si ante cualquier enfermedad enseguida acudimos al médico, ¿por qué no intensificar nuestra oración cuando escaseamos de amor?
La gente se arregla cada día el cabello y ¿por qué no el corazón?
Lo primero de todo es amar, nos dijo Jesús. No hay nada más grande que amar a Dios con todo el corazón y amar a los hermanos como a nosotros mismos, como Él nos amó. La última palabra la tiene siempre el amor.
El amor es lo que da razón a nuestra vida. El secreto de nuestra felicidad. La clave de nuestra vida personal y de relación con los demás.
Y esto no son unas palabras elaboradas. Conocemos personas con una gran capacidad intelectual y de trabajo, eficaces en todos los campos de la vida, que terminan siendo seres mediocres, vacíos y fríos cuando se cierran a la fraternidad y se van incapacitando para el amor, para la misericordia y la bondad. Personas que «prometían» tanto desde muchos ámbitos, terminan su vida en un fracaso en cuanto a lo esencial.
Sin embargo, personas de cualidades muy limitadas, aparentemente poco valiosas, que no han logrado grandes éxitos, son los que irradian una vida auténtica a su alrededor, por el único motivo de que se arriesgan cada día a renunciar a sus intereses egoístas y son capaces de vivir en disponibilidad para los demás.
Podemos amar a nuestros hermanos porque en cada uno de ellos está la imagen de Dios. Una persona puede comenzar a renacer bajo nuestra mirada, nuestra confianza y nuestra bondad. El amor nace, como un regalo, de la contemplación y lleva a la contemplación, pues permite ver a las personas con otros ojos. «El que ama es como el árbol que cubre de flores la mano que lo sacude» (Proverbio japonés).
«El Bto. Manuel González se acercará a ese pueblo, lo amará con toda la inmensa locura de un corazón enamorado del pobrísimo Jesús, sus manos estarán siempre derramando consuelos, sus limosnas remediarán sus males. Él visitará a los enfermos, acariciará a los niños y con la sencillez de un hermano se mezclará entre los pobres, para compadecer sus miserias y aliviarlas en la medida de sus fuerzas.
Y como la gran limosna que el pueblo necesita es el cariño, el corazón, él se lo entregará a todos sin esperar nada, que no busca en ello más que hacerles el bien y contentar a Dios» (El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 246).

Manos para dar y ofrecer cariño.
Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.
El Espíritu sigue soplando y nos acompaña La Santísima Trinidad.
En Albacete hemos, tenido los miembros de la UNER , un retiro de fin de curso.
Vino con nosotros D. Miguel Angel Arribas, qué ciertamente es casi un ángel de los de arriba.
Nos acompañaron Marías de los Sagrarios de Valdepeñas y de Alicante.
Gracias a todos ellos, es muy hermoso compartir un mismo carisma y saberse amado por Jesús, Eucaristía y por los hermanos.
¡Alabado sea siempre el Santísimo!
Preciiosa la fotografía de las dos manos abiertas y el poema maravilloso.
Os copio un poema que se llama MANO (ABIERTA), (El autor es mi marido, espero que os guste)
MANO (ABIERTA)
Mano abierta para dar.
Toma el mundo, tiene gratis
la palabra compasiva,
el amor protector de los tejados,
la esperanza susurrante de la sangre.
Abierta para abrazar.
Sal al camino, va en él
mi hermano más angustiado.
Abierta para perdonar
la sombra de las esquinas,
las mareas tortuosas de los mares,
las espinas que defienden la flor.
Abierta para la paz
que omploran las heridas igualadas,
el hombre y su conjuro,
el giro de la tierra, siempre el mismo.
Abiertas para rezar.
Hunde tu mano en la mía,
trenza dedos en mis dedos,
comencemos: Padre Nuestro.
Abierta para lavar
los pies del otro y los míos.