«Orar es hablar, en nombre de Jesús con corazón de hijo necesitado y de hermano que ama a todos sus hermanos, con el Padre Dios» (Oremos, 5ª ed., p. 35).

Orar, con los hombres, para alabar y pedir y Dios.
«Se cuenta que un discípulo se acercó un día a Mahoma, y le dijo:
– “Maestro, mis seis hermanos están dormidos y sólo yo he permanecido despierto para adorar a Alá”.
– “Más te valiera haber estado dormido, si tu adoración a Alá consiste en acusaciones contra tus hermanos”, le respondió Mahoma».
En nuestro mundo se dan estas dos oposiciones, unos buscan a Dios sin preocuparse de los demás, de trabajar por un mundo mejor y más humano, y otros quieren construir una tierra nueva sin Dios.
Sin embargo, lo verdaderamente cierto es que en Jesús esta separación es imposible. Jesús siempre habla de Dios teniendo en cuenta al hombre, y cuando habla al hombre lo hace con Dios.
Por eso la oración que Él enseña, el Padre nuestro, no puede rezarse en singular, es una oración de comunidad, de familia. En ella nos reconocemos hijos del mismo Padre celestial y hermanos entre nosotros.
En el hablar cotidiano usamos «nuestro» cuando nos referimos a personas que están vinculadas entre sí. Esta palabra no la empleamos para extraños. Tener un Padre común significa, en cierta forma, que nos pertenecemos unos a otros, dependemos los unos de los otros, sentimos como nuestros los problemas de los otros y oramos los unos por los otros.
Pero la oración no es un «seguro» que nos protege de los problemas de la vida, de la convivencia familiar y comunitaria. Lejos de apartarnos de la realidad nos lleva a empeñarnos en su transformación.
Cuando una persona huye de los conflictos o no le importan, cuando se hace más inflexible e intransigente con los demás, más cerrada en sus propios intereses, o sea, más egoísta, su oración es «puro juego imaginativo».
Recurrir al Padre es hacerse hermano(a). Rezar al Dios del Evangelio conduce a vivir evangélicamente. Orar a Dios Amor implica amar responsablemente.
«Da una idea del espíritu sobrenatural del Bto Manuel González el ver cómo la situación exterior no le distrae de su vida interior, antes al contrario, es más íntima su oración y su comunicación con Dios. Parece que los santos se desinteresan por las cosas, pero ellos son los que llevan el hilo de la trama de todo por su unión con Dios; ellos, los que más se interesan por el bien de sus hermanos, pero más al modo divino» (El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 413).
«Predicad la más necesaria de todas las campañas ¡la del amor fraterno! Porque somos hijos del mismo Padre que está en el cielo y hermanos del mismo Jesús que está en los Sagrario!» (Bto. Manuel González, Carta, 1936, en: El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 415).
Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.
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Textos del libro Oremos en el Sagrario que nos ayudarán a vivir el Carisma del Bto. Manuel González, a ser Eucaristía.