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Partícula para eucaristizarnos. Enero 2012

8 enero 2012

Si Jesús está en el Sagrario con el corazón palpitante de amor, yo debo estar disponiéndome a darme por Él, de todos los modos, a mis prójimos hasta el fin sin esperar nada
(El abandono de los Sagrarios acompañados, 8ª ed., p. 151).

El Diccionario define la palabra gra­tuito como la cualidad de lo que se hace, se da o se recibe de balde o de gracia.

Definición que en la práctica es poco real, porque dar sin recibir a cambio se «lleva» poco. Estamos tan mentalizados en la cultura del tener que casi nada es gratuito. Por eso con frecuen­cia escu­chamos o decimos: «na­die da algo por na­da», y así lo que no se trabaja o no se paga no se valora. Hasta, a ve­ces, la amistad y el amor se dan por el in­terés y el egoís­mo.

«Dichoso tú si no pueden pa­garte» (Lc 14,17-14). ¿Qué reacción puede ocasionar esta frase de Jesús dicha en nuestra sociedad de hoy? Burla o pensar que quien lo dice es una persona ingenua o que está fuera de lugar. No obstante, Jesús invita al que le sigue a ayudar a los menos favorecidos de la sociedad, los que no pueden dar nada o los que no saben de agradecimiento.

«La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión» (Caritas in veritate, nº 6).

Gratuidad es convertir la vida en don, servicio, diálogo, comunión y participación; amar sin esperar nada a cambio, servir sin buscar aplauso o reconocimiento.

 «Habéis sido salvados por gracia» (Ef 2,8), dice S. Pablo, esto es, salvados no por nuestros méritos, ni por nues­tras obras, sino únicamente porque Dios nos ama ¡Cómo nos cuesta creer en la verdad de estas palabras del apóstol!

Los cristianos no podemos presentarnos en el mun­do como modelos de conductas intachables, entre otras razones porque nuestra forma de actuar no lo manifiesta así. Por ello se nos invita a ser testigos de una gracia que salva, de que estamos convencidos que no somos salvadores, sino salvados gratuitamente. Y por ello vivimos gozosos y esperanzados.

¿Cómo mostrar que esto es posible en un mundo que ha perdido la esperanza? Solo cuando nuestra es­peranza y nuestra alegría brotan de la gracia de Dios, que nos trae constantemen­te a la vida cada vez que caemos en tantas muer­tes. Vivir así es lo mejor que po­demos dar a nuestro mundo hoy.

Ser testimonio de amor y go­zo, porque donde hay gra­cia hay ale­gría. Lo recordamos y cele­bramos los días de Na­vidad. Cuando apa­re­ce la gracia de Dios en la tierra se ha­bla de alegría: «Alégra­te llena de gracia» (Lc 1,28); en el anuncio a los pas­to­res: «Os anun­cio una gran ale­gría hoy os ha nacido el Salvador del mundo» (Lc 2,10); y también llegará hasta los Magos: «Al ver la estrella se llena­ron de inmensa alegría» (Mt 2,10).

«El amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que creemos y que nos im­pulsa a amar» (Deus caritas est, nº 32).

«El señor Obispo se acercará a ese pueblo, lo amará con toda la inmensa locura de un corazón enamorado del pobrísimo Jesús (…). Y como la gran limosna que el pueblo necesita es el cariño, el corazón, él se lo entregará a todos sin esperar nada, que no busca en ello más que hacer el bien y alegrar a Dios» (J. Campos Giles, El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 246).

Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.

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  1. 16 enero 2012 19:25

    Preciosa meditción para Enero y para siempre: DAD GRATIS LO QUE HABÉIS RECIBIDO GRATIS.

    Marías de los Sagrarios, UNER en general, Dios se nos da en cada Eucaristía y a veces con qué desgana lo recibimos, si lo recibimos, porque a veces estamos más bien pensando en nuestras cosas más que en el Jesús que recibimos.

    Se nos va a pedir cuentas de esas “Comuniones rutinarias” que hacemos muchas veces.

    Tengamos lo ojos bien abiertos, el oído bien abierto y sobre todo el corazón cada vez que queramos Comulgar, reecibir al Señor en nuestra vida.

    Otra cosa más, cuando comulgamos deberíamos quedarnos en silencio largo tiempo hablando con el Señor o en silencio dejándonos inundar de El. De tal manera que al salir de la Iglesia donde hemos comulgado, nuestro comportamiento ante los demás tendría que ser tal como se comportaría el Señor al que hemos recibido y miraríamos a los demás con los ojos con los que mira Jesús, sobre todo a los pecadores y alos sencillos.

    No pretendo dar lecciones a nadie, son solo unas pequeas reflexiones para aplicarmelas a mí.

    ALABADO, BENDITO Y GLORIFICADO SEA EL SEÑOR, HOY Y SIEMPRE.

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