40 días para volver(se) al Dios verdadero
Comienza la Cuaresma y, una vez más, es un don que Dios quiere regalarnos. Su gracia no necesita tiempos especiales para derramarse con abundancia nueva. Pero nosotros sí necesitamos abrir nuestro corazón con nuevo ardor y dejar que su amor, su misericordia, su perdón, su persona, inunden toda nuestra vida, nuestro corazón.
Cuaresma suele definirse como “tiempo de penitencia” y, sin embargo, es eso y mucho más. La primera lectura de este Miércoles de Ceniza nos hace una invitación especial al respecto: “Rasgad vuestro corazón, no vuestras vestiduras. Volved al Señor, vuestro Dios” (Jl 2,13). Quedarse en lo exterior es mal de hace tiempo, según leemos en el profeta. Rasgar las vestiduras era una demostración externa de aflicción y pesar por algún desastre o calamidad. Un signo exterior que debía implicar, conjuntamente, un compromiso interior, una actitud de conversión, de volver y volverse a Dios, al Dios verdadero.
Cuaresma es, sobre todo, una ocasión propicia como ninguna para conocer más a Dios. Porque si bien Dios es inabarcable, los hombres tendemos con mucha facilidad a hacernos imágenes de Dios. Y no siempre son del todo acertadas. Hoy, el profeta Joel nos dice “Dios es clemente y misericordioso… rico en amor y siempre dispuesto a perdonar” (Jl 12,13).
¿Creemos en un Dios así cuando no somos capaces de perdonarnos a nosotros mismos nuestras debilidades? ¿Creemos en un Dios así cuando juzgamos a nuestros hermanos? ¿Creemos en un Dios así decimos “perdono pero no olvido”? Y no se trata, una vez más, de demostrar en primer lugar la bondad de nuestros actos ni justificarlos. Se trata, más que nunca en esta Cuaresma, de buscar a Dios, de intentar conocerlo más, de ser capaces de abandonar nuestras pobres ideas preconcebidas.
¿Cómo descubrir a nuestro Dios? El Evangelio de hoy nos da algunas pistas: La oración, la limosna y el ayuno. Oración que implica ponerse confiadamente en manos del Padre. Limosna para enterarnos (¡se nos olvida con tanta facilidad!) que quien está a mi lado es mi hermano y me necesita. Ayuno (de alimentos o de otras realidades, situaciones,…) para descubrir que necesitamos a Dios más que la comida o esas otras cosas que nos pueden cegar los ojos del corazón.
Así, esta Cuaresma puede significar para nosotros una verdadera conversión, la que lleva a Dios, la que vuelve nuestro corazón a Dios. A ese Dios que, como decía el beato Manuel González, se hizo en el Sagrario,
- Evangelio vivo para alumbrar con luz del cielo los pasos de los hombres por la tierra
- alimento para saciar todas las hambres y robustecer todas las flaquezas
- maná escondido para que los que lo gustaran con el paladar de una piedad rendida y sólida vieran lo bueno y suave que es el Señor (OO.CC. 4796 ss)
¡Feliz Cuaresma de conversión a Dios Padre, de volverse al Dios de la Vida, causa de nuestra felicidad!
Hna. Mónica Mª (MEN Madrid)
