Cortes de luz
En verano, en Santo Tomé (Argenitna), suele cortarse la luz cuando hay un gran consumo de energía eléctrica. Y es en esos días en que nos damos cuenta que no somos capaces de hacer nada sin ella. No podemos usar la computadora, ni cargar el celular, ni ver televisión, ni leer, ni escribir, tampoco dibujar o pintar… Podríamos hablar con el que tenemos al lado o pensar… ¡pero eso no siempre nos gusta! Y prender una vela o una luz de emergencia es una solución sólo para un ratito de lectura, porque arruinan la vista… Y entonces, valoramos la luz y nos desvivimos por conseguirla. Y cuando la restituyen, nos volvemos a sentir bien; recuperamos nuestras vidas; somos libres de elegir lo que queremos hacer.
Con las cosas de Dios pasa lo mismo. Todos sabemos de la necesidad de la presencia de Dios. Muchas veces vivimos en la oscuridad: sentimos angustias, dolores, desesperanza, soledad, indiferencia, rencores… y buscamos soluciones donde no las hay o donde nos las dan de manera efímera y al tiempo, cuando esa solución no sirve más, volvemos a sufrir lo mismo… Otras veces perdemos la paz y, por un motivo u otro, seguimos adelante cargando esa mochila que pesa cada vez más… y demoramos en buscar la solución que sabemos perfectamente dónde está. Y hasta encontramos miles de excusas para no pasar por el Sagrario porque sabemos que allí seremos interpelados… ¡y esto tampoco nos gusta!… ¿Será verdad que “se corta la luz” o solamente nos obstinamos en mantener los ojos cerrados?
“Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas”. Dios Padre dio su respuesta a esa “gran demanda” de su presencia. ¡Y envió ni más ni menos que a su propio Hijo! Y Él mismo se encargó de decirlo explícitamente para que todo el mundo pueda entenderlo bien. El evangelio de hoy dice que Jesús pronunció esas palabras “gritando”, para que no queden dudas y para ver si de una vez por todas lo escuchamos, le creemos, depositamos nuestra confianza en Él y nos decidimos a hacer su voluntad. ¡Él es la luz que vino a salvarnos y que necesitamos para que nuestras vidas tengan sentido otra vez, para ser libres! ¿Somos capaces de escucharlo? ¿O tiene que gritar más fuerte?
Él está todos los días disponible para nosotros, con Presencia Real como Dios y como Cordero, dándose y sacrificándose por nosotros, exponiéndose diariamente al abandono, al maltrato, a la indiferencia, al silencio, a las injurias, por amor a nosotros. ¡Abramos los ojos! ¡Esta Luz no se corta nunca!
Pidámosle a nuestra madre, la Virgen María, que nos alcance de su Hijo la gracia de iluminar todo nuestro ser, inclusive aquellos rincones en los que no nos atrevemos a mirar, para reconocer nuestro barro y la necesidad de su luz y su fuerza para conocer, amar y hacer su voluntad.
Los invito a que cada miembro de la FER proclame junto a don Manuel:
¡JESÚS SACRAMENTADO! En esa oscuridad en que el abandono de los hombres te tiene sumergido, te confieso Luz de la luz de Dios y única Luz del mundo.
Marta (UNER, Santo Tomé, Argentina)