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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (marzo 2015)

7 marzo 2015

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de marzo de 2015.

«Padre, no ruego que los retires del mundo
sino que los guardes del maligno

«Cómo desearía ahora elocuencia y calor y fuerza de persuasión para llevar esta fe viva a todos mis hermanos, los sacerdotes, no solo de esta diócesis, sino del mundo entero, perseguidos, instigados en estas horas de convulsiones horrendas y de locuras sin ejemplo por la tentación del mal espíritu de la confusión o del pesimismo que los empuja a hacer lo que no deben, o los ata para que no hagan lo que deben» (OO.CC. III, n. 4781).

¡Qué actualidad tienen estas palabras de nuestro querido fundador! ¡Tanta actualidad que si no dijéramos de quiénes son y se las atribuyéramos a algún obispo de la Iglesia española actual o de otros lugares de la tierra parecerían escritas recientemente!

Sí, la persecución contra la Iglesia no ceja desde hace veinte siglos. Las palabras de Jesús poseen pleno valor y realidad hoy: «Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (Mt 5,11-12).

El día 19 de marzo se celebra la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María. En esta jornada celebramos también el Día del Seminario. En vigilias de oración y en las Eucaristías de esa solemnidad se ora por las vocaciones al ministerio sacerdotal, por la perseverancia de los seminaristas en su «sí» a Dios, por el aumento de la sensibilidad de toda la comunidad cristiana por sus sacerdotes, por la generosidad de los fieles en la ayuda económica a los seminarios y por la apertura de los padres a la posible vocación al sacerdocio de alguno de sus hijos varones. ¡Cuánta oración se necesita! «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande obreros a su mies» (Mt 9,37).

En estos tiempos recios se necesitan amigos fuertes de Dios, seminaristas y sacerdotes muy bien arraigados en la vid que es Cristo, dejándose podar por el Labrador (el Padre Dios), para ser purificados de todo lo que no es la voluntad divina y para dar más fruto: el fruto que el Espíritu Santo siembra y hacer germinar en cada uno de los llamados al ministerio sacerdotal.

D. Manuel llevaba muy dentro su amor y su preocupación por los seminarios; se preguntaba de continuo cuál era la causa de la crisis de vocaciones al sacerdocio, se esmeraba por seguir y acompañar el proceso vocacional de cada seminarista, difundía esta inquietud entre los fieles de las dos diócesis que pastoreó (Málaga y Palencia), se esforzó por conseguir la mejor preparación teológica, espiritual y pastoral para sus seminaristas.

Nos habla así: «Seminario significa lugar de siembra y seminario eclesiástico o sacerdotal lugar de siembra de sacerdotes de la santa Madre Iglesia. Es un surco abierto por el arado de la solicitud y el celo del pastor de la grey diocesana en el que se depositan a modo de grano de semilla, jóvenes de buena cabeza, buen corazón y buenos padres, y con la gracia, el amor, la ciencia, la imitación y la providencia de Jesús Crucificado y Sacramentado, se cosechan sacerdotes cabales, salvadores de las almas de los pueblos. ¿Qué os toca, pues, hacer en el seminario para eso? Una sola cosa: dejaos sembrar y cultivar con voluntad buena y generosa»(OO.CC. II, n. 2200).

Hoy, en nuestra adoración eucarística, pediremos al Dueño de la mies que siga enviando obreros a su mies. Queremos poner ante la mirada de Jesús Eucaristía a seminaristas y presbíteros para que se dejen modelar por las dos Manos del Alfarero: la Palabra y el Espíritu, porque solo de esta forma llegarán a ser sacerdotes santos.

Oración inicial

Padre de misericordia y Dueño de la mies, sigue llamando a muchos a configurarse con tu Hijo, Cabeza y Pastor de tu Pueblo, a través del ministerio ordenado, para que lleguen a ser sacerdotes santos, predicando la Palabra, presidiendo los Sacramentos y congregando en comunidad y comunión a cuantos están a su cuidado pastoral, en especial, los pobres, los enfermos y los niños. PNSJ.

Escuchamos la Palabra

«Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad» (Jn 17,11-12.15-17).

Afirman los Padres de la Iglesia

«El mundo odia a Cristo porque se ha rebelado a sus palabras y no hace caso de sus advertencias, abandonándose con toda su alma a la inclinación al mal. Y como odia a Cristo, nuestro Salvador, también odia a sus discípulos, quienes , por medio de Él, predican su mensaje» (San Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de Juan).

«“No te pido –dice– que los saques del mundo, sino que los preserves del mal”. Todavía les era necesario permanecer en el mundo, aunque ya no fuesen del mundo. Y vuelve a repetir la misma sentencia: “No son del mundo, como yo no soy del mundo”. De este modo los preserva del mal, que es lo que antes les pidió que hiciesen. Puede preguntarse cómo no eran del mundo, si aún no estaban santificados en la verdad; o, si ya lo estaban, por qué pide que lo sean. ¿Acaso porque, santificados ya en la verdad, crecen en santidad, haciéndose más santos, pero esto no sin la gracia de Dios, sino santificando el progreso aquel que santificó el comienzo?» (San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de Juan).
Escuchemos nuevamente al beato Manuel

«No importa que en esta hora no se os oiga, ni se os tenga en cuenta para nada. Seguid en vuestros puestos, aunque os rodeen la soledad y el silencio del abandono; que vuestra boca no deje de abrirse para hablar del Evangelio, aunque nadie os oiga, y que vuestras manos no dejen de extenderse para ofrecer con la una la Eucaristía que alimenta las almas, y con la otra el pedazo de pan de vuestra pobreza que sostiene el cuerpo, aunque no tropiecen con bocas ni manos que os reciban.

Seguid en vuestros puestos, pase lo que pase; que por lo pronto vosotros dais gloria al Padre celestial que os envía, os cerráis la entrada a los remordimientos y a la responsabilidad de las conciencias infieles, aminoráis y retardáis, sin duda alguna, el triunfo del mal, dais ejemplo, el ejemplo de que tanto necesita el mundo en estos momentos, de que las batallas se ganan, no desertando del deber, sino cumpliéndolo, y…» (OO.CC. III, n. 4783).

Puntos de meditación

Los presbíteros, con su historia y su debilidad, fueron llamados de en medio de la comunidad cristiana para ser constituidos pastores del Pueblo de Dios. Conviven, como hermanos, con los otros hombres. Son elegidos por Cristo y consagrados por el sacramento del Orden, en cierto modo, segregados, del seno de ese Pueblo. Pero, a la vez, están en medio de los hombres, para que sean verdaderos testigos y dispensadores de la vida divina, y servidores de los hombres, estando muy cerca de los gozos y esperanzas, las angustias y los problemas de la gente, en especial, de los pobres.

El ministerio de los presbíteros, para que sea sal de la tierra y luz del mundo, exige que sean del mundo, pero libres de todo lo mundano; viviendo en esta realidad de hoy, como buenos pastores, que conocen a sus ovejas, las llaman por su nombre, las llevan a prados de verde hierba (Eucaristía) y a fuentes de agua viva (oración y Palabra), las defienden del lobo (el enemigo) y dan la vida por ellas.

Es esencial que el presbítero, con la gracia del Espíritu, cultive todas esas virtudes que favorezcan su pastoreo: el trato humano, de tú a tú; la bondad del corazón; la sinceridad; la fortaleza de alma; la constancia; el continuo afán de justicia; la urbanidad y otras.

El verdadero pastor cuidará al máximo ser hombre de Dios, hombre de oración, para que su pensamiento irradie todo lo que es verdadero, puro, noble, justo, santo, amable, bondadoso en el Evangelio, habiéndolo hecho suyo. El auténtico pastor sabe desaparecer él para trasparentar solo al único y verdadero Buen Pastor, Jesucristo, imitando a san Juan Bautista: «Él tiene que crecer y yo tengo que menguar» (Jn 3,30).

Estar en el mundo sin ser del mundo exige a los sacerdotes de hoy conocer muy a fondo la realidad (en lo cultural, económico, educativo, político, social) donde han sido enviados: pueblo o ciudad, situación de las familias y de cada persona, para responder a esa búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza que lleva dentro todo ser humano.

En palabras del Sínodo de 1971: «Los presbíteros están obligados, en la medida de sus posibilidades, a adoptar una línea clara de acción cuando se trata de defender los derechos humanos fundamentales, de promover integralmente la persona y de trabajar por la causa de la paz y de la justicia, con medios siempre conforme al Evangelio. Todo esto tiene valor no solamente en el orden individual, sino también social; por lo cual los presbíteros han de ayudar a los seglares a formarse una recta conciencia propia» (palabras citadas por Juan Pablo II, 28/7/1993).

Oración a la Virgen María por los sacerdotes y seminaristas

Oh María, Madre de Jesucristo y Madre de los sacerdotes,
gracias por tu maternidad espiritual,
tu protección y cobijo, hacia aquellos
que son representación sacramental de tu Hijo.
Gracias porque contemplando a Jesucristo
custodias y auxilias en el seno de la Iglesia a los sacerdotes.
Oh María, Madre de Cristo y Madre de la fe,
gracias por tu «Sí» a la voluntad del Padre
dando un cuerpo de carne
por la unción del Espíritu Santo
al Mesías Sacerdote para que trajera la salvación
a los pobres y arrepentidos.
Oh María, Madre de la Iglesia, Reina de los Apóstoles,
presenta hoy a los sacerdotes de tu Hijo
ante el Padre para su santificación y gloria,
para que sean hombre de Dios, de oración.
servidores de cuantos les necesitan,
de los niños, los pobres y los enfermos.
Oh María, Madre de la Nueva Evangelización,
tú que estuviste con Jesús
al comienzo de su vida y de su misión,
tú que lo buscaste como Maestro
entre la muchedumbre
y lo acompañaste en la cruz,
cuando una espada de dolor te atravesaba el alma,
intercede por todos los seminaristas de la Iglesia
para que sean fieles y perseverantes en su vocación,
dóciles y disponibles en su proceso formativo,
generosos y desprendidos en la vida comunitaria,
entregados y serviciales en su tarea pastoral,
constantes y disciplinados
en el estudio de la teología.
Así, Madre buena,
podrán llegar a ser viva imagen del buen Pastor,
santos y sacrificados en su ministerio.
Gracias, Madre, Virgen María. Amén.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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