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Con mirada eucarística (octubre 2015)

21 octubre 2015

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de octubre de 2015.

A Dios hay que amarlo sin hacer preguntas

Diana y Almudena acaban de ser bautizadas. Son dos niñas mellizas de apenas seis meses de edad que no han hecho ascos al agua de la vida que les corría por su rostro sonriente.

La sonrisa de los niños sabe a fe. Es una fe pura, no contaminada, que apunta al origen de donde vienen, sin duda alguna de los brazos del Dios bueno que los deposita en los límites de esta tierra nunca del todo comprendida y con mucha frecuencia desolada. Es una fe que apunta al futuro, un futuro que tienen que contestar con su libertad bajo el brazo y las oportunidades que les ofrece el recorrido del viaje, el viaje que les ha tocado ya hecho y que tendrán que hacer en lo que puedan. El misterio de la fe es el misterio del ser humano.

La sonrisa de la fe
Son felices, están rodeadas de los seres queridos, sus padres que han pedido su bautismo, los familiares que las miran embobados, los abuelos que recuerdan a unos niños que, hoy adultos con destino, hace ya años sonreían de igual forma y con los mismos pliegues de ternura entre los labios.

Recuerdan que hay otros niños que nunca serán bautizados en tantos lugares del planeta Tierra, que serán niños soldado, que abrazarán contra su pecho un arma de más estatura que la suya y dispararán muerte por sus cañones porque así han sido enseñados, serán niños explotados que trabajarán horas y horas sin luz, sin distinguir día de noche, en sitios cochambrosos porque también así han sido enseñados, niños que pasan hambre y sed, sucios como el barro, que incluso encontrarán su final buscando un mundo algo mejor que el suyo, el que les ha tocado en suerte.

Después del bautizo nos iremos tranquilamente a comer en familia. Daremos gracias a Dios por tantas gracias. Diana y Almudena siguen sonriendo, como cualquier niño del mundo que ha tenido la suerte de nacer.

Hijos del mismo Dios
Porque todos los niños son hijos de Dios. Jesús de Nazaret los amaba con locura: «Dejad que los niños se acerquen a mí. ¿Por qué se lo impedís? El Reino de Dios es para los que se parecen a los niños y os aseguro que quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él» (Mc 10, 14-15). Estas niñas que estamos bautizando tienen la dicha de poder conocer algún día a Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios.

Pedro, un sacerdote bueno (y amigo), acaba de convocar en torno a él a todos los niños asistentes al bautizo. Quiere mostrarles lo que significa cuanto estamos contemplando, quiere rememorar con ellos su propio bautismo, quiere decirles que hay dos niñas que, como ellos en su día, pertenecen a la Iglesia de Jesús de Nazaret, quiere explicarles que son hijos de Dios aunque no lo entiendan del todo o entiendan poco o no entiendan nada, quiere decirles que un día se preguntarán por el sentido de su existencia, de su vida y de su muerte. Sobre todo, quiere manifestarnos a todos, a los niños y a los que un día lo fuimos, que hay un modelo que se llama Jesús de Nazaret, un modelo de carne y hueso que se puede ver, que se puede tocar.

Blancos o morenos, hayamos nacido en la cristiana Europa o en la cristianizada América, creyentes o ateos, vestidos con gala o con harapos, hartos de comer o muertos de hambre, felices o desdichados, queridos u odiados, todos somos hijos del mismo Dios aunque nos cueste saberlo, aunque no nos lo creamos, el Dios que nos espera al final con sus brazos de eternidad abiertos. Por cierto, la iglesia del bautizo se llama Iglesia de la Resurrección.

El agua de la vida
El evangelista Marcos termina el pasaje citado con estas palabras: «los abrazaba[Jesús] y luego ponía sus manos sobre ellos [los niños] para bendecirlos» (Mc 10, 16). Cuando el sacerdote vierte el agua sobre estas dos niñas y pronuncia las palabras «yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», en ese mismo instante se está produciendo un abrazo bendecido de Jesús de Nazaret con ellas, en ese momento el agua toma la corriente de la vida auténtica, la vida que consiste en ser niño y comportarse como un niño en el camino que se empieza a recorrer.

Sabemos que hay otros caminos, que hay caminos tortuosos, ásperos, mortíferos, incomprensibles. Como bien sabéis, hace poco un niño sirio de tres años, de nombre Aylan, apareció en las primeras páginas de todos los periódicos, abrió las portadas de todos los noticiarios, estremecedora imagen de un niño muerto en brazos de su padre que buscaba para él un espacio mejor para su vida. El agua en este caso se convirtió en agua de muerte y sacudió las conciencias de nuestra comodidad y nuestra distendida compostura. Hay preguntas incómodas que tienen difíciles respuestas. Pero el agua de Dios, agua de Dios que existe en Jesús de Nazaret, es siempre agua de vida.

Celebramos el abrazo de dos niñas con el Jesús de los niños. Podemos hablar de nuestra alegría y de nuestro contento porque afortunadamente el amor está presente entre nosotros. El abrazo con Dios es un abrazo con el Amor, sí, escrito con mayúsculas. En su nombre nos hemos reunido más de dos. Desgraciadamente hay muchos niños Aylan que obligan a preguntas que no tienen respuesta o al menos no tienen respuesta desde nuestra contextura humana.

Almudena y Diana son nuestras nietas. Se han dormido. Su cara de porcelana sonrosada se parece a la presencia de Jesús en la Eucaristía. Pensamos que la vida consiste sencillamente en amar, amar a todos, amar a Dios sin hacer preguntas.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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