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Lectura sugerida (octubre 2015)

29 octubre 2015

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de octubre de 2015.

El antídoto del miedo

Giovanni Cucci, es jesuita, licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Milán. Después de estudiar Teología se licenció en Psicología e hizo el doctorado en Filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde actualmente enseña.

El sabor de la vida
Autor: Giovanni Cucci
Año: 2015
Páginas: 101
Tamaño: 13,6 x 21 cm
Editorial: Narcea
Precio: 15,60 €

Colabora asiduamente en la revista La Civiltá Cattolica y es autor de varios libros, entre ellos el que hoy presentamos en la lectura sugerida de nuestra revista, El sabor de la vida.

Partes del libro
Contiene una introducción, tres amplios capítulos y una conclusión. Nos presenta algunos signos característicos de la experiencia humana, que pueden ser reconocidos en la base de la experiencia religiosa: los afectos, las relaciones, el deseo, la narración, la imaginación, el símbolo.

Según el p. Cucci, es irrenunciable la lectura de aquellos signos que expresan la condición esencialmente corporal de la experiencia religiosa. No en vano la vía bíblica por excelencia para el encuentro con Dios es la Encarnación. Y es que entrando en uno mismo se puede reconocer la presencia del misterio en la historia. Presentamos su libro deteniéndonos en algunos de los términos que él desarrolla en profundidad, para hacernos gustar el sabor de la vida.

La escucha
El p. Cucci explica que hay un elemento importante en la vida espiritual que nos viene dado por el mundo de los afectos. Cuando uno se decide por Dios, aunque la decisión requiera un alto coste, se verá siempre acompañada por la alegría de haber encontrado un bien de inestimable valor (cf. Mt 13,44). Este sentimiento, esta sensación de paz, es típica de la experiencia religiosa profunda, capaz de adentrarse en lo íntimo, unificando mente y corazón. Es algo que cambia radicalmente la vida. El ejemplo de san Ignacio, santa Edith Stein y tantos otros dan fe de ello.

La Biblia reconoce la necesidad de integrar sentimientos, conocimiento y voluntad, unificados en lo que se llama corazón-entendimiento como la sede central de la valoración y decisiones humanas.

La base de todo cambio
El deseo es la situación que está en la base del profundo cambio de vida, el punto central del encuentro con Dios. Es como una especie de bisagra que une conocimiento, afecto y voluntad, presentes en el acto de decidir. Del latín desidus, significa falta de estrella, evoca una carencia y una tensión dinámica para alcanzar el bien correspondiente. El deseo empuja a vivir según una continua expansión y revela a la persona su infinito potencial. Abre las puertas a otros deseos, desconociendo la palabra fin. Es propio de él expansionarse. Por su poderosa capacidad para mover a la acción puede constituir también un peligro. El simple sentimiento, aunque sea fuerte e invasivo, de por sí no es sinónimo de verdad. Es necesario aprender unos criterios de interpretación: paz profunda, alegría interior, duración en el tiempo.

Giovanni Cucci nos dice que un deseo auténtico, capaz de afectar en profundidad a nuestro ser, comporta unidad, afecto y paz entre pensamiento y afecto, intelecto y voluntad, y además no se apaga con el pasar del tiempo, sino que por el contrario, crece cada vez más como el grano de mostaza (cf. Mc 4,31).

Las dificultades y los fracasos no suelen sofocar el deseo profundo, al contrario, lo refuerzan y sucede como cuando se tiene sed, que aunque no se encuentra bebida no por eso se renuncia a buscarla, sino que llega un punto en que la sed ocupa todo el pensamiento y los proyectos.

San Gregorio Magno afirmaba que «una señal de que no son verdaderos los deseos es cuando se debilitan en la espera», de ahí la importancia de la «determinada determinación» que enseña santa Teresa de Jesús, en libertad interior, que nace de la plena confianza en Dios y que permite que no reaccione con desánimo ante los obstáculos de modo demasiado humano y violento, sino con serenidad y paz, signos que invitan a obedecer sin temor, con seguridad de que el proyecto se realizará puesto que viene de Jesús.

La virtud y el miedo
El crecimiento de la virtud es otro criterio importante para reconocer el deseo profundo de reformar la propia vida, reafirmándose en el bien. Se experimenta gozo de vivir, fruto de una belleza inesperada, que es característica propia del deseo. En este sentido, desear es apostar por lo que es hermoso y merece ser vivido en plenitud. La belleza atrae por su capacidad para expresar lo que hay en el fondo del ser.

El autor expresa ideas muy concretas sobre la capacidad de vivir la renuncia, la motivación, el valor y el conocimiento, hasta llevarnos al capítulo central en el que nos sumerge en la decisión como mediación de la tierra. En la decisión nos vemos llamados a poner a prueba el deseo y, por tanto, a elegir.

Nos describe el miedo como el gran enemigo del deseo. Justamente en la Biblia, el miedo es el sentimiento que con mayor frecuencia caracteriza el estado de ánimo del que está lejos de Dios. Es el sentimiento dominante de Adán, Pilatos o los apóstoles antes de la resurrección. El verdadero enemigo es el miedo a la fragilidad que no se quiere afrontar, a la intimidad que no se atreve a compartir, miedo a otorgar confianza sin saber si valdrá la pena hacerlo. Ante esto santo Tomás nos invita al coraje, al valor, a mirar de frente al peligro en su verdadera dimensión para poderlo afrontar adecuadamente. Miedo y valor son los reflejos afectivos de la dimensión corpórea de la existencia que tiene como objetivo ponernos en guardia ante posibles peligros, límites y fragilidades, que son situaciones ordinarias de la vida cuando son asumidas conscientemente como factores de riesgo presentes en toda decisión y pueden transformarse en ayuda que nos fortalece. La decisión es el antídoto del miedo.

«Quién decís que soy yo»
Giovanni Cucci, en la conclusión de su obra nos lanza una pregunta ¿En qué Dios creemos? Y nos confiesa que «si tuviera que escoger un símbolo para representar a Dios habría elegido una concha, uno de esos fósiles marinos que, pese a haber estado sepultado millones de años, cuando se acercan al oído traen el eco del mar lejano. Del mismo modo, Dios es una voz que me habla de un misterio más grande y que nada puede borrar porque está impreso en el fondo del alma y aflora cuando menos se lo espera» (pp. 100-101). Como dice un gran filósofo y santo: «Está más íntimo a mí que yo mismo» (S. Agustín, III, 6,11). Que la lectura de esta obra nos haga gustar y disfrutar el sabor de la auténtica vida.

Mª del Valle Camino Gago, m.e.n.
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