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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (noviembre 2015)

5 noviembre 2015

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de noviembre de 2015.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti (Sal 33,22)

La misericordia es la forma más bella y honda que tiene Dios de amarnos. La misericordia es la esencia de Dios. Es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro: Jesús de Nazaret es el Enviado del Padre, el Cordero que quita el pecado del mundo, el Salvador de la Humanidad, quien nos revela quién es el Padre.
Dios es Amor. Amor que salva, redime, cura, libera, transforma, nos hace partícipes de su vida divina.

Este amor misericordioso, esencia de las entrañas del Padre, manifestado en su Hijo, refleja la multiforme manera de amar que tiene Dios. Misericordia significa: compasión hacia los necesitados, fidelidad de Dios a la Alianza y a sus promesas, obra salvífica en Cristo, Cordero Inmolado, entrañas interiores de verdadero Padre, ternura en abundancia, capacidad de perdonar siempre, disposición para ayudar al pobre y al enfermo,…

Hoy, en la Adoración Eucarística, nos postramos a los pies de quien nos ha liberado de la oscuridad del pecado, de quien ha roto las cadenas de la muerte, de quien ha vencido para siempre al diablo, de quien ha ido delante de nosotros a prepararnos sitio en la morada eterna. Le decimos con el salmista: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti» (Sal 33,22). Y también: «Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres» (Sal 107,31).

Hoy, con la mirada puesta en Jesús Eucaristía, rostro misericordioso del Padre, adoramos a quien nos alimenta como Pan de vida, nos lleva a la plenitud humana, nos hace gozar de su amistad íntima, nos envía a ser sus testigos en medio de los hombres, nos compromete a ser continuadores de su misión, nos enseña a amar como Él amó: amar sirviendo a pobres, excluidos, enfermos, sufrientes, marginados,… porque el servir amando es signo distintivo de la misericordia. Todo en Jesús habla de misericordia. Todo Él manifiesta compasión, entrañabilidad, donación sin límites.

«Misericordia, Dios mío, misericordia, que mi alma se refugia en ti; me refugio a la sombra de tus alas mientras pasa la calamidad» (Sal 57,2).

Oración inicial
Oh Padre compasivo y bondadoso, que enviaste a tu Hijo como Salvador, que revelas tu omnipotencia sobre todo en tu perdón y tu misericordia, sigue llamando a la puerta de tantos que te han cerrado su corazón y muéstrate cercano, providente, sencillo, santo y misericordiosos con todos los que te buscan con sincero corazón. PNSJ.

Escuchamos la palabra
Jesús de Nazaret, con su palabra, sus gestos y su Persona, nos revela la misericordia de Dios:«¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo. No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad» (1 Jn 5,5-7).

Un amor que salva
Gracias al infinito amor del Padre hacia la humanidad, amor sin límites y eterno, la misericordia es superior al juicio: hemos sido salvados por la Pasión y Muerte de Jesús, en el madero de la Cruz, y por su victoria gloriosa: la Resurrección. Jesús ha derramado hasta la última gota de su Sangre para darnos vida, su Vida. El Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, descendió sobre los apóstoles y los discípulos, en compañía de María, en Pentecostés: «se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados […]. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse» (Hch 2, 2.4).

«Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo –estáis salvados por pura gracia–». (Ef 2,4-5).

Esta remisión de nuestros pecados se logró a precio de la sangre de Cristo, Dios hecho hombre, a precio de su Corazón traspasado por la lanzada del soldado, Corazón del que brotó sangre y agua (cf. Jn 19,34), Corazón que manifiesta el carácter ilimitado de ese amor misericordioso del Padre en favor de los hombres, dando muerte a la muerte con la muerte de su Hijo: «Ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredad de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con la Sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los último tiempos por vosotros» (1 Pe 1,18-20).

Escuchemos al beato Manuel
D. Manuel González, cuando contempla el triunfo de la Cruz y se dirige a los sacerdotes, pone en boca de Jesucristo estas palabras que expresan la infinita misericordia del Hijo, dando la vida por toda la humanidad y quedándose con nosotros en la Eucaristía para siempre, para que participemos de su Vida divina: «Yo no he reinado en la tierra más que así. La cruz llevada por mí y los míos es la única que puede destrozar a esos enemigos. Las pasiones, la soberbia, la lujuria, la pereza, no tienen más enemigo serio y de verdad que mi cruz, es decir, la cruz llevada a ejemplo mío y con la gracia mía… Sacerdote mío, compañero de la cruz, ¿caes ahora en la causa de tus desencantos y desilusiones, tus desmayos y quejas, tus tinieblas y desorientaciones…?

Insensiblemente te dejas llevar del espíritu humano que no quiere la cruz, que odia a muerte y te empeñas en trabajar sin cruz, en triunfar sin cruz… y ¡lo que es peor, en glorificarme a mí y santificarte a ti sin cruz…!

No olvides nunca que desde el Calvario y desde el Altar de tu Misa gané y doy la mayor gloria a mi Padre y la mayor gracia a los hombres, y en el Calvario y en el Altar, ¡fíjate, sacerdote mío!, ¡estoy en cruz!

¡Qué contento quedaría yo en tus Misas si de cada una de ellas sacaras ganas de estar en tu cruz un poquito mejor que el día anterior!» (OO.CC. I, n. 599).

«Los dominios del Rey de la infinita misericordia. Un alma ha venido a decirme: “En medio de la enorme angustia que me producen mis pecados, peligros y flaquezas, tengo un gran consuelo: el de poder ofrecer al Corazón de Jesús los dominios más extensos para que ejerza su reinado. ¿No es sobre la miseria en donde se ejercita la misericordia?, y ¿no es infinita la de nuestro Rey crucificado y sacramentado Jesús?

Pues no es vano ni infundado mi consuelo cuando desde el océano del barro y aun del cieno en que me sumergen mis miserias, exclamo: ¡Rey de infinita misericordia, ven a reinar en la infinita miseria mía!».

Traslado aquí ese grito de esperanza y de consuelo para que encuentre eco y repetición en muchas almas que viven bajo el peso de la desconfianza y bajo la persecución del miedo ¡porque tienen muchas miserias!

Andad, andad con ellas al Sagrario y presentadlas como dominios suyos al Rey de la misericordia infinita que allí os espera» (OO.CC. II, nn. 3065-3066).

«Mis propiedades: Tengo cuatro cosas sobre las que puedo poner el mi de la propiedad más rigurosa: mi Crucifijo, mi Sagrario, mi amor propio y mi barro.

¡Corazón de mi Jesús, que yo me acabe de enterar de lo que me estás diciendo muerto en mi Crucifijo y callado en mi Sagrario!

¡Ah! ¡Si mi amor propio acabara de enterarse! ¡Él, tan vivo y tan charlatán!

¡Corazón de Jesús, en vista de los malos ratos que te da y me da ese charlatán inquieto, yo quiero renunciar con gusto a la propiedad de mi amor propio; me basta la propiedad de las miserias de mi barro! ¿No son estas las que me aseguran la propiedad y la posesión del Amor misericordioso entronizado en mi Crucifijo y en mi Sagrario?» (OO.CC. II, nn. 3272-7273).

Letanías a Cristo Rey
Respondemos: Señor, ten misericordia de nosotros.

  • Señor, ten misericordia de nosotros.
  • Cristo, ten misericordia de nosotros.
  • Cristo, óyenos.
  • Cristo, escúchanos.
  • Dios, Padre celestial.
  • Dios, Hijo, Redentor del mundo.
  • Dios, Espíritu Santo.
  • Trinidad Santa, un solo Dios.
  • Jesús Rey, verdadero Dios y verdadero hombre.
  • Jesús, Rey de cielo y tierra.
  • Jesús, Rey, Principio y Fin de todo lo creado.
  • Jesús, Rey, reinando en todos los corazones.
  • Jesús, Rey, esposo fiel de nuestras almas.
  • Jesucristo, Rey del Universo y Salvador de todos.
  • Jesucristo, Rey del Universo y Sumo Sacerdote.
  • Jesucristo, Rey y Maestro de toda Sabiduría.
  • Jesucristo, Rey y Señor, Soberano de todo.
  • Jesucristo, Rey y Pontífice entre el Padre y la Humanidad.
  • Jesucristo, Rey y Juez sumamente Misericordioso.
  • Jesucristo, Rey de la Gloria e impronta del amor del Padre.
  • Jesucristo, Rey invencible y pacientísimo.
  • Jesucristo, Rey coronado de espinas.
  • Jesucristo, Rey que mueres dando la vida por todos.
  • Jesucristo, Rey Crucificado entre dos malhechores.
  • Jesucristo, Rey gloriosamente resucitado.
  • Jesucristo, Rey de amor en el Santísimo Sacramento.
  • Jesucristo, Rey de paz que siembras comunión en la Iglesia.
  • Jesucristo, Rey de perdón que intercedes por los pecadores.
  • Jesucristo, Rey de consuelo que alivias el sufrimiento de muchos.
  • Jesucristo, Rey que lavas los pies a los tuyos haciéndote Esclavo.
  • Jesucristo, Rey del Universo, que eres Señor de la historia.

V. Bendecid a vuestro pueblo, oh Jesús Rey: gobernadnos y protegednos.
R. Vivid y reinad en nuestros corazones y en los corazones de todos los hombres.

Oración final
Oh Dios, Padre de la misericordia, que constituiste a tu Hijo Rey del Universo, vencedor del pecado y de la muerte, haz que su Reino nos alcance, para que podamos experimentar que, gracias a la acción del Espíritu, su vida y verdad, su bendición y amor, su justicia y paz, su ternura y salvación llenan por completo toda la tierra. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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