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Formación carismática (noviembre 2015)

9 noviembre 2015

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de noviembre de 2015.

Las dimensiones de todo catequista

Cuando hablamos de la formación de los catequistas, el Directorio General para la Catequesis (DGC) distingue tres dimensiones que están llamadas a vivirse armónicamente: el ser, el saber y el saber hacer. Estas dimensiones pueden aplicarse a cualquier agente de pastoral o evangelizador que se toma en serio su misión y busca formarse.

El catequista ha de tener clara su identidad y su vocación (ser), al igual que tiene que formarse en conocimientos y tener clara la doctrina de la Iglesia (saber), y también estar actualizado en metodología y técnicas (saber hacer). Un buen catequista es aquel que vive en perfecta coherencia estos tres pilares de su hacer catequesis, dando especial importancia a la dimensión del ser que es la que le configura como persona llamada por el Señor a transmitir la fe.

Una vocación
El ser catequista es una vocación y como tal exige una respuesta generosa del llamado para ir configurando su propia identidad con la del que llama. Así pues, el catequista comienza a ejercer su ministerio en la comunidad en el momento en el que busca profundizar en su vida espiritual y actualiza constantemente su encuentro con Cristo.

La vocación del catequista fue bellamente comentada por el papa Francisco en el encuentro de catequistas que se celebró en Roma con motivo del Año de la fe, cuando dijo: «Se trata de estar en la presencia del Señor, de dejarse mirar por Él. Y les pregunto: ¿Cómo están ustedes en la presencia del Señor? Cuando vas a la Iglesia, miras el Sagrario, ¿qué hacéis? Sin palabras… Pero yo hablo y hablo, pienso, medito, siento… ¡Muy bien! Pero ¿te dejas mirar por el Señor? Dejarse mirar por el Señor. Él nos mira y esta es una manera de rezar. ¿Te dejas mirar por el Señor? ¿Cómo se hace? Miras el Sagrario y te dejas mirar… Así de sencillo. Es un poco aburrido, me duermo… ¡Duérmete, duérmete! De todas formas Él te mirará, igualmente te mirará. Pero tienes la certeza de que Él te mira. Y esto es mucho más importante que el título de catequista: forma parte del “ser” catequista. Esto caldea el corazón, mantiene encendido el fuego de la amistad con el Señor, te hace sentir que verdaderamente te mira, está cerca de ti y te ama» (27/9/2013).

La catequesis es el catequista
Estas palabras del papa Francisco parecen salidas de la pluma de don Manuel González cuando, en las primera páginas de Cartilla del catequista cabal, invita a los catequistas a ser catequistas de verdad, catequistas vocacionados y les invita a priorizar la dimensión del ser: «Dadme un catequista con vocación, ya sea por deber, ya por caridad, con la preparación intelectual adecuada, que trate primero con el Corazón de Jesús en el Sagrario lo que va a tratar después con los niños y que, sobre todo, ame a estos con el amor que se saca del Sagrario, dadme un catequista así y no me digáis ya que ese catequista no puede enseñar, no puede cumplir su oficio, porque le falta material docente como cuadro murales, proyecciones cinematográficas, valiosos premios, jiras atrayentes…» (p. 17).

Tres principios pedagógicos
El obispo de la Eucaristía continúa animando a los catequistas a ser maestros de fe con tres refranes populares que resumen a la perfección otras tres convicciones del ser evangelizador: vida interior y coherencia, atención a los destinatarios y testimonio.

Nadie da lo que no tiene. El catequista está llamado a vivir intensamente la oración, para llenarse de Dios y así darle a conocer, a gustar y a amar.

No hay que pedir peras al olmo. Aquellos que se dedican a educar a los niños han de recordar siempre que los niños son niños y que han de presentar la doctrina, no en tono de sermón, sino conectando con el alma del niño.

Ojos que no ven, corazón no quiebran. Los niños han de ver el contenido de la catequesis presentado de manera testimonial, desde el Evangelio y la vida misma de Jesús pasando por la vida del catequista.

Si la vocación del catequista nos recuerda la importancia de cuidar su ser, identidad y misión, don Manuel no olvida el fin último de la catequesis, que es procurar el encuentro con Cristo: «Poner los niños tan cerca de Jesús que aprendan de Él, en el Evangelio y en el Sagrario, todo el catecismo, no ya de memoria, sino de conocimiento, de cariño y de imitación» (p. 25).

A esto ha de dirigirse todo el hacer de la catequesis como nos dice el DGC: «el fin definitivo de la catequesis es poner a uno no solo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo» (DGC 80).

Trabajemos y oremos para que, como Familia Eucarística Reparadora, ahondemos en este curso, al releer el texto de don Manuel, en aquello que es constitutivo de nuestra vocación: conocerlo y darlo a conocer.

Sergio Pérez Baena, Pbro.
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