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Misión de la FER en Perú

19 noviembre 2015

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de noviembre de 2015.

Con el corazón lleno de nombres

En noviembre del año pasado, impulsados por las Misioneras Eucarísticas de Nazaret de Málaga y acogidos por la misma congregación en Lima y Huancayo, un grupo de jóvenes decidimos emprender un camino a lo profundo. Nueve meses después, doce de ellos tuvimos la suerte de hacer realidad un grupo misionero que trabajó en Perú, en pos del conocimiento de la Palabra de Dios, en favor del enriquecimiento de la sociedad a través de los valores humanos.

En la retaguardia estuvieron Belén, Cristina y Marta, que por inoportunos motivos no pudieron cumplir su deseo de viajar. Sí lo hicimos los siguientes: Eduardo, sacerdote de la Diócesis de Madrid; las hermanas Mª Antonia y Mª Elena; y los jóvenes José María, Tere, Antonio, Isabel, María y Jacobo, quien firma estas líneas. En suma, una comunidad, un verdadero equipo unido donde siempre reinó un ambiente alegre y de compromiso. ¿Nuestra labor? Llevar el Evangelio «donde falte la esperanza, simplemente por no saber de Ti», como dice la canción.

Para ello conocimos la realidad de los lugares donde desarrollamos la misión: los poblados de Shicuy y San José de Quero, fundamentalmente, aunque también Bella Vista, Ranra, Ricardo Palma, Chaquicocha… y las capitales Lima y Huancayo, visitando casas particulares, llevando la catequesis a los colegios, compartiendo en centros de acogida, jugando con niños, acompañando a adultos, celebrando misa –también bautismos y comuniones– donde se nos pidió hacerlo, exponiendo, ¡cómo no!, al Santísimo en Adoración eucarística; etc. En definitiva, acudiendo donde se nos requirió, haciendo cuanto estuvo en nuestra mano.

En las mañanas, la prioridad era acercarse a los niños, a los que tratamos en todos los cursos escolares, esto es, desde los tres años hasta los 17. Nos decía una profesora de un centro que son niños oprimidos, consecuencia de las dificultades que vivió tiempo atrás el país. ¡Pero eran alegres! ¡Daba gusto estar con ellos, hablar de la confianza, del respeto, de Dios y de nuestras familias!

Ya de tarde, los volvíamos a convocar y, entre canto, juego y baile, acabaron dominando el Padrenuestro y el Avemaría, rezábamos al Ángel de la Guarda y terminábamos en Misa todos juntos, contentos por lo realizado, y repitiendo día tras día. Lástima que solo haya sacerdote para ellos una vez al año. También los adultos querían de nosotros, y para ellos había reuniones, también catequesis y, cómo no, la Eucaristía, en la que nos acompañaban.

Ejemplos de vida
Y así, en ese estar con la gente, conocimos personas y situaciones que ya están en nosotros, de las que comentamos dos: Aurelia, quien desde su pobreza material demostró lo que nos decían las hermanas de Huancayo: «irá al Cielo con zapatos puestos». Hay días que no tiene para ella, nos decían, pero un día se presentó con «kiwis para los misioneros». El otro caso al que hacemos referencia es el de Lidia, madre de familia a quien sorprendió la viudez hace apenas unos meses. Trabajadora por contagio y obligación, desde la chacra ha conseguido destinar a sus hijos mayores a Lima para estudiar carrera universitaria (Paola, su mayor, ya trabaja en su tesis) y tiene a su chico en la escuela, que apenas tiene once primaveras. Una frase que nos dijo: «seremos pobres, pero hay que vivir bien». Bien conoce Lidia a quiénes quiere Dios en su Reino.

Lo que aquí contamos es una rápida panorámica de lo vivido durante el mes de agosto en plenos Andes, a casi cuatro mil metros de altura, donde las estrellas están a un salto y las nubes te rodean, donde las temperaturas bajan de cero en la noche y el sol quema de día, donde nos acogieron corazones abiertos, entregados, para que llenemos el nuestro con sus nombres, donde se unieron familias nazarenas, donde Dios quiso que fuésemos y donde volveremos cuando Él quiera, porque no hay nada que llene más que dar la vida por los demás, nada más hermoso que desprenderse de lo tangible y descubrir la esencia.

Jacobo Herrera

En primera persona: Isabel Romero
En Perú nuestra misión, que tanto tiempo nos ha llevado preparar, parecía que nunca llegaría y ahora, ya nos quedan solo recuerdos (¡que son muchos!). Mirando hacia atrás, ya no te acuerdas tanto del frío que hacía por la noche, de la sopa que no te gustó o de lo fino que era el colchón donde dormías; ahora eso son anécdotas divertidas.

A cambio de esto, te quedan grabadas en la mente otras muchas imágenes: el abrazo de un niño, un «gracias» de la señora con la que has estado hablando, un paisaje en concreto o alguna frase de esas personas a las que en algún momento hemos considerado incultas.

No son pocas las cosas que hemos aprendido allí; y no solo como cultura general (que también es genial saber cómo ordeñar una vaca), sino aprendizaje para la vida: lecciones de sencillez, de humildad, de perdón y de agradecimiento.

Por supuesto, un camino que habría sido casi imposible sin la ayuda de unos corazones que, desde el otro lado del charco, luchan a diario por llevar a Dios a los sitios más recónditos del Perú: las Misioneras Eucarísticas de Nazaret. ¡Tanto las limeñas como las huancaínas! Quizás ellas sean una de las mejores partes de mi viaje a Perú. Siempre atentas, disponibles y agradecidas. Desde aquí, un «gracias» a todas ellas por su labor diaria y por habernos hecho más fácil nuestra misión este verano. Ya algunas voces nos advirtieron que a pesar de llevar nuestras maletas llenas de ropa, regalos, medicinas y material escolar, estas volverían, aunque vacías de cosas materiales, llenas de recuerdos y vivencias inolvidables. Ahora, desde nuestras casas entendemos cuánta razón llevaban.

En primera persona: Antonio Romero
Nunca pensé que iba a estar en Perú y no me faltaron razones para quedarme en el último momento. Pero fui y viví una experiencia única. Todo lo que hicimos y vivimos me pareció importante, pero me gustó sobre todo estar con los niños, jugar con ellos y hacerme amigo de cada uno. Se me quedaron las caras de los niños del Hogar Santa Teresita cuando descubrieron que cada uno tenía su regalito. Guardo con cariño las tarjetas que nos hicieron de despedida con sus fotos. La frase «Gracias padrino por mi regalo. Te quiero mucho, vuelve pronto», mantiene fuerte el recuerdo de aquellos días. También la acogida de las familias, su cariño y sencillez, que nos hicieron sentirnos en casa. Gracias por la oportunidad que me brindaron.

En primera persona: Tere García
Desde niña soñé con irme de misiones cuando fuera mayor; y aunque el sueño se adelantó porque no estaba en mis planes cercanos, desde que vi la oportunidad de irme a Perú tuve claro que era un regalo de Dios.

No todo fue fácil al principio. Fueron muchos meses de preparación por fuera y por dentro. Todo iba resolviéndose poco a poco a pesar de algunas dificultades encontradas en el camino. ¡Por fin llegó la hora de marchar! Los nervios, la ilusión, el miedo, la alegría hacían un popurrí de sensaciones en mí pero podían más las ganas de llegar allí y la alegría. ¡Siempre en estas cosas ganará la alegría!

Como dice el salmo, el Señor estuvo grande con nosotros ¡y estamos alegres! (estuvimos, fuimos y estamos alegres). ¡Y es que no es para menos que estar alegres y felices! Él se hizo presente en lo pequeño, en los niños, en los ancianos, en los que menos tienen pero más te dan. Millones de anécdotas y vivencias que contar llenas de un Dios vivo presente entre nosotros y en los pueblos por donde íbamos.

La acogida, la sonrisa, el amor llamando a nuestro corazón constantemente en cada situación que nos encontrábamos. Frío, mucho frío, pero el corazón caliente y rebosando de amor.

Es cierto que no había grandes iglesias, ni tampoco gran formación, pero sí había algo que mueve montañas y era una gran fe en Papá Dios por todos los rincones.

«Dios es amor»: Esa frase sencilla era lo que más resonaba en todos lados; en los coches, en el mercado, en las escuelas… Por todos los sitios estaba escrito a modo de recordatorio algo tan sencillo que también decimos aquí pero no con tanta claridad como lo ven allí. Simplemente «Dios es amor». Y es que con esa frase sencilla y todo lo que conlleva conocían a lo más grande, y nosotros conocimos mejor a lo más grande viendo los rostros más sencillos y pequeños.

Me gustaría animar a los jóvenes y no tan jóvenes a que vivan una experiencia de misión, son muchas las posibilidades que nos dan desde muchas congregaciones y desde las diócesis y es una experiencia en la que recoges más que siembras.

Cuando te encuentras con el hermano y vives tu fe con personas tan distintas a ti, es enriquecedor y lleno de vida. Abres tu corazón, se llena de rostros, de nombres, que te acompañaran para siempre.

El Señor se compartió y repartió para quedarse con nosotros vivo y presente y lo hemos visto en cada acontecimiento vivido en esta misión de Perú.

En primera persona: María Rojas
No hay palabras que puedan describir tanto sentimiento, que puedan describir lo que ha significado encontrarse con Dios en los ojos, en la ternura, en las palabras que nos ha dedicado cada niño, cada joven, cada adulto que nos ha abierto las puertas de su corazón, que nos ha acogido como un hermano, que nos han escuchado. Hemos vivido la experiencia de compartir con gente de otro país, con otras costumbres muy distintas a las nuestras, desde la forma en que visten, la forma de trabajar sus ganados, sus tierras, su concepto de familia, su variedad gastronómica.

El vivir esta experiencia me ha hecho entrar en el movimiento del latido del corazón de Dios, el Dios de todos, el Dios Amor, vivo y presente en la Eucaristía, para dar lo mejor que cada uno tenemos dentro de nosotros, que ha sido dado como don, para compartirlo y multiplicarlo; para recibir aún más de lo que hemos podido dar o enseñar, acoger a cada uno que se ha acercado con una sonrisa, con un plato de comida, con un cubo para que pudiésemos asearnos, o con el hecho de vigilar durante la noche alrededor de nuestro lugar de estancia para velar por nuestra seguridad.

Vibrar al ritmo del amor, de ese amor que solo puede venir de Él, me ha enseñado que en lo más pequeño, en lo sencillo, inmersos en los Andes peruanos, alejados de toda civilización, ruido de coches o de cualquier tecnología que en nuestra vida tanta importancia damos, está Él, esperando a ser acogido, esperando a ser abrazado, esperando a ser escuchado, esperando para jugar. Nos estaba esperando. Esta experiencia misionera me ha enseñado que no con tener más se es más feliz, me ha enseñado a saber apreciar y saber valorar cada detalle, cada gesto, cada ofrecimiento. Es increíble cómo una persona que está pasando necesidad hace su mayor esfuerzo para comprar unas frutas para nosotros que llegábamos. Es increíble cómo sin conocernos, nos han acogido en su comunidad como uno más, dándonos tanto cariño, preocupándose por nosotros, por que estuviéramos bien. Es en esos gestos donde vemos el amor que Dios nos tiene. Íbamos con la incertidumbre del ¿qué pasará?, ¿cómo será?, ¿cómo estaremos? Pero Dios ha estado grande con nosotros y nos ha cuidado cada día. A nosotros y a nuestros padres, que estaban a miles de kilómetros sin noticias, con la incertidumbre de saber cómo estábamos, pero con la confianza en Él.

Hay tantos momentos que hemos compartido entre nosotros y con cada persona que Dios ha puesto en nuestro camino, momentos que aún siguen vibrando y no cesarán de latir en nuestros corazones por más que pase el tiempo; corazones que vienen cargados de rostros, de nombres, de abrazos, de risas, de «¿cuándo vuelves?», de miradas, de encuentro en la oración, en la Eucaristía. Momentos que nos han hecho crecer como personas, que nos han hecho crecer como grupo.

Agradecer a cada una de las hermanas Misioneras Eucarísticas de Nazaret que ha hecho posible esta misión, las hermanas de Lima y Huancayo que nos han acogido y tratado tan bien, a las hermanas María Antonia y María Elena, que han estado con nosotros, guiándonos, acompañándonos cada día, compartiendo con nosotros esta experiencia; agradecer a cada uno del grupo misionero «Sal de tu tierra», a Tere, Isabel, Jacobo, José María, Antonio, por darse en cada catequesis, por llevar el mensaje, por hacer y crear lazos de fraternidad, por ayudarme a crecer; y gracias al P. Eduardo, por haber acercado a cada hermano peruano más a Dios a través del Bautismo, de la Eucaristía, de cada bendición… Gracias le doy al Señor por haberme elegido para esta misión.

En primera persona: Jacobo Herrera
Son alegres, generosos, cálidos, pero, por encima de todo, son gente entregada. Te dan todo lo que tienen, lo que no tienen y lo que les falta. Te dan lo material y lo espiritual, lo que sale de sí, lo más humano, todo, se lo pidas o no, ahí están, te lo han dado.

Son enseñanzas continuas las que imparten desde su acción, pues son más de hacer que de hablar, mas cuando hablan, ¡cómo hablan! Son gente vivida, trabajada, con historias que llegan, que llenan.

Son gente que comparte, que no piden más que su familia esté bien y no les roben sus animales. Son grandes maestros de lo sencillo, y sin darse cuenta están impartiendo continua lección: la lección de los humildes. Estar con ellos fue un regalo.

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