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Con mirada eucarística (noviembre 2015)

21 noviembre 2015

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de noviembre de 2015.

Prefiero el Paraíso

Dice el poeta Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre que «nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir». Si bien el escritor fija más su mirada en la caducidad de la vida que en el curso mismo de las aguas que la lleva.

Es normal al conocimiento y sentimiento humano el distinguir y diferenciar, también en las cuestiones elevadas de la santidad. Así no es extraño escuchar expresiones del tipo «nuestro santo patrón», «el santo de mi devoción» o contemplar escenas en donde cada cual se acerca a rezar a la imagen preferida o simplemente recordar las advocaciones innumerables con que se llama a la Virgen o al mismísimo Cristo. Mi Santo, mi Virgen, mi Cristo. Y evidentemente el «mío» es mucho más interesante que el de los otros, que el de los demás. Esto, humanamente hablando, es así.

Todos los santos son iguales
Aunque por poco que lo pensemos, sabemos que no es así. Todos los santos son iguales a los ojos de Dios, que es lo único que importa, incluidos los santos anónimos cuya memoria celebramos todos los años el día primero del mes de noviembre. También los santos conocidos obedecen a modas, a circunstancias específicas, a tiempos determinados y pasan a ser venerados en más o en menos según las épocas, según la geografía, hasta según los medios de comunicación como sucede hoy en día. La importancia de la santidad, el ranking de la santidad –dicho con palabras actuales– únicamente la establecemos los humanos. Para Dios todos los santos están en el mismo altar y gozando al unísono eternamente de su presencia.

La diferenciación es cosa inherente a la limitación de la razón humana; la igualdad absoluta es una pertenencia a la infinitud de Dios.

El único sacerdote filipense
Pensando en estas cosas, sabemos que el pasado día 15 de octubre hemos celebrado la fiesta de Santa Teresa, nuestra santa de Ávila, española y universal, Doctora de la Iglesia. Como bien sabéis, nació por el año de 1515 y a lo largo de todo el presente año, el 2015, hemos conmemorado los quinientos años de su nacimiento. Por tal motivo han tenido lugar numerosísimos actos que nos han recordado la inmensidad, la grandeza y la locura divina de nuestra santa. En España ha sido todo un acontecimiento.

Al lado de nuestra casa de Albacete, donde vivimos, sin bajarnos de la acera, nos tropezamos con un templo que tiene escrito en su frontispicio, en letras mayúsculas: «Esta es la Casa de Dios. Iglesia de San Felipe Neri». Evidentemente Felipe Neri no es el propietario, sino el santo al que está dedicada esta iglesia o casa de Dios. También Felipe Neri, como Teresa de Jesús, nació el año 1515, cumpliéndose por lo tanto, así mismo en el presente año, los quinientos años de su nacimiento. A san Felipe Neri se le conoce como el Apóstol de Roma y es patrón de Italia. Filippo Romolo Neri, san Felipe Neri, nació en Florencia, fue un hombre comprometido y eucarístico, un santo contemplativo en la acción que nos recuerda en muchos aspectos al Apóstol de la Eucaristía, el beato Manuel González García. Suponemos que en su ciudad natal, también en Italia, habrá tenido actos de reconocimiento. Reconocimiento humano, claro.

Aquí en Albacete todos los actos los ha presidido el padre Jesús, el único sacerdote filipense que queda en Albacete. Nos invitó a merendar en el salón anexo a la iglesia y nos mostró escritos de Felipe Neri colgados en las paredes. Y eso fue todo. Nos invitó a merendar el padre Jesús, que vive en la absoluta pobreza, que viste camisa y pantalón humildes, que dice Misa todos los días y lee sus homilías con cariñoso esfuerzo, que visita a los enfermos y necesitados, que da una palabra de aliento a todo el mundo, que está dispuesto para todo aquel que lo solicite, que vive la alegría elemental del Evangelio, que huele a oveja, como quiere el papa Francisco, y como puso en práctica durante toda su vida el mismísimo Felipe Neri.

La fuerza viene de la Eucaristía
Felipe Neri conoció personalmente a Ignacio de Loyola, cuya intercesión pidió para irse de misionero a Asia, si bien su destino Dios se lo tenía reservado en Roma. En esta ciudad atendió a niños desamparados, a pobres e indigentes, a peregrinos sin techo, a enfermos sin recursos, llegando a fundar la Confraternidad de la Santísima Trinidad, conocida como la Cofradía de los Pobres. Nos recuerda a Manuel González, arcipreste de Huelva.

En una Roma en plena Contrarreforma, con una jerarquía eclesiástica relajada, acompañado de seglares, visitaba las iglesias, predicando las raíces evangélicas de la pobreza y el amor, haciéndole compañía a Jesús Sacramentado. Nos recuerda a las Marías de Manuel González.

Por si hubiera alguna duda sobre de dónde le venía la fuerza, la alegría de vivir, estableció la adoración de las cuarenta horas. Durante cuarenta horas, en los templos de Roma, se exponía el Santísimo, la Sagrada Hostia bien visible en el altar mayor para que fuera adorada por los fieles, estableciendo los turnos pertinentes. Apóstol de Roma, Apóstol de la Eucaristía, es lo mismo.

Y por si fuera poco, fue calumniado y perseguido, como Manuel González tuvo su noche oscura. También fue fundador, como lo sería Manuel González, fundador del Oratorio, encuentro del hombre con Dios, el Dios de todos, su particular Paraíso. Por eso cuando el papa Sixto V le propuso hacerlo cardenal, Felipe Neri, con humildad y respeto, con sonrisa abierta contestó: «Prefiero el Paraíso». Bien sabía él de dónde le venía la fuerza de su respuesta.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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