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La liturgia, encuentro con Cristo (noviembre 2015)

23 noviembre 2015

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de noviembre de 2015.

Apuntes sobre Espiritualidad litúrgica en el beato Manuel González García (III)

Continuamos ofreciendo en las páginas de El Granito la ponencia sobre la espiritualidad litúrgica del beato Manuel González. En esta ocasión, presentamos el segundo y tercer punto, que llevan por título «El misterio eucarístico (Calvario/Tabor)» y «La sacramentalidad en la Iglesia» respectivamente.

Afirmaba el beato Manuel González: «Yo no puedo pensar qué sería un cristianismo sin Eucaristía. ¡Como si se pudiera vivir sin comer!» (OO.CC. I, n. 47). Ciertamente esta frase resume bien el pensamiento central de nuestro fundador sobre el misterio de la fe: él habla de «vivir la misa» conjugándose así, maravillosamente, el antiguo axioma lex credendi, lex orandi con la lex vivendi.

«Vivir la Misa es conocerla a fondo; estimarla en su valor; tomar por norma de conducta lo que Jesús hace en ella». Un anhelo desarrollado por extenso y escrito: «¡Si viviésemos nuestras misas!». Y lo resume así: «Y este conocer, estimar, imitar y gozar mi Misa, tan metido en mi pensar, querer, sentir y obrar de cada día y de cada hora y en cada ocupación, que se pueda decir perennemente: Está en Misa; esto es, está viviendo su Misa» (OO.CC. III, n. 5284).

«Esto es el centro» diría él. Y ante tanto descentramiento y desorientación «es menester orientarnos bien» para no perder el centro de la vida personal, de la piedad, del culto, de la actividad de la inteligencia, del corazón. «Ese centro no es ni puede ser otro que la Misa y la Comunión, o sea, el Sacrificio y su participación; por el primero, que es el acto central y esencial de la religión, damos gracias a Dios, unidos por la gracia a su Hijo Sacrificado, la mayor gloria, y por la segunda recibimos por medio de su Hijo Sacramentado la mayor gracia» (OO.CC. II, n. 2731). Notemos aquí, como también en la obra En busca del Escondido, la recepción de la doctrina de san Pío X sobre la comunión diaria y sobre el concepto «participación»; con su prolongación durante la jornada santificada por la Eucaristía: «Marías, ¡gozad todo el día de vuestra Comunión de cada mañana!» ; Comunión que es configuración con la misma entrega oblativa del Señor en la actio litúrgica: «¡Señor, que yo entienda lo bueno y lo necesario de mi cruz!» (OO.CC. II, n. 2860). Es el sentido de la experiencia tabórica.

La misma celebración la concibe como escuela: «Después de saber a Jesús, ¿queda algo más que aprender?» (OO.CC. I, n. 1235). Habría que recordar aquí que la misma actio celebrativa nos va enseñando, nos va haciendo crecer en el conocimiento del Señor para que más conociéndolo lo amemos más y más de cerca, es decir, lo sigamos mejor. Esta es la dinámica de la alianza. Un pacto, una relación que nos llena, es más, nos plenifica. Así lo expresa él hablando de los ritos conclusivos de la celebración: «¡Con cuánta razón la palabra con la que más frecuentemente mi Madre la Iglesia en su Liturgia define el fruto de la Comunión es esta: hartura! ¿Qué otra cosa significan las fórmulas oracionales de las postcomuniones de la Misa?» (OO.CC. I, n. 1236). Esta hartura por la que somos plenificados en la liturgia supera afanes, inquietudes, tristezas, desesperación, recelos, rutina y frialdad.

Solo una perla manuelina con respecto a superar escrúpulos jansenistas para los que dicen: «¿Cómo voy a comulgar todos los días con tantos defectos? –Procure usted que cada Comunión suya sea un punto y aparte y no un guión de sus defectos diarios» (OO.CC. II, n. 2729). La vivencia auténtica de la liturgia lleva a la configuración con lo celebrado y, por ende, a la continua conversión.

Una palabra solo, y esta breve, sobre la concelebración (que él tanto añora en su obra Arte y liturgia). Hemos de pensar que, aunque hable de ello con naturalidad, estamos en una época en la que en el Rito romano no se había restablecido aún. Lo mismo habría que decir del sacerdocio real: cuando no se hablaba corrientemente del sacerdocio común de todos los bautizados, el beato Manuel, profundizando en la obra de Cristo, Sacerdote y Víctima en la cruz, dice que en la actio: «el ministro que celebra, la Iglesia que ofrece y los fieles que asisten debidamente son cosacerdotes y covíctimas. Cada cual, en su medida y a su modo, sacerdotes son que ofrecen y se ofrecen; sacrifican a Cristo y se sacrifican con Él, y con Cristo, alaban, agradecen, expían e interceden» (OO.CC. I, n. 167). Todo esto tendrá carta de ciudadanía tras el Concilio Vaticano II.

Un aspecto muy interesante de este segundo capítulo sobre el misterio sacramental es el culto eucarístico fuera de la Misa. En efecto, el culto a la Eucaristía es una constante en la vida del fundador de la Obra reparadora. Y lo es con fidelidad o, lo que es lo mismo, con fe y perseverancia. Como ya hemos dicho, con unas características múltiples en las que sobresalen la compañía (estar con) y la reparación (por ellos y en lugar de ellos). Pero también es oración de latría, de intercesión y, sobre todo, experiencia de amor: ese sería el significado de la expresión «Corazón Eucarístico», refiriéndose a la relación de Jesús con nosotros. Un amor que se expresa en confidencia con el bendito Enmanuel.

En la exposición litúrgica breve o prolongada o en la visita al Sagrario se expresa nuestra fe en la Presencia: «El Maestro está aquí» (Jn 11,28). Un Maestro que elocuente y misteriosamente «enseña en el silencio». Concibe la adoración como escuela «de hablar callando», como experiencia de intimidad con «el entregado», con aquel que en el sacramento es pura donación. Por lo tanto, la auténtica adoración se expresa con una vida de entrega: «¡el estado de hostia!» (OO.CC. I, n. 317). Si en el Tabor se aprende a escuchar según el mandato del Padre, en el Calvario se aprende a entregarse con el Hijo. Es el Espíritu, en la nube del Tabor o exhalado en el Calvario, el que es invocado en cada actio sacramental de la Iglesia, para que nos convirtamos en discípulos como Juan. Este fue discípulo oblato en el Calvario, lo fue –como oyente– en el Tabor.

Como fruto granado de la espiritualidad eucarística del fundador, ¡cómo habrían ser de modélicas nuestras adoraciones al Sacramento! En la letra ritual y en el sentido espiritual. Habla el beato Manuel de la lectura de la Palabra: el santo Evangelio, leído, a ser posible, ante el Sacramento. El mejor libro de meditación ante el Sagrario es el Evangelio, ¿no está en uno y otro vivo, real y palpitante de amor el mismo Jesucristo? Sobran comentarios. Leyendo Sembrando granos de mostaza o Cartilla del catequista cabal se pueden encontrar algunas pepitas preciosas para mejorar estos apuntes sobre la espiritualidad litúrgica. De todo un florilegio elijo esta sentencia de la obra Oremos en el Sagrario como se oraba en el Evangelio: «Bien meditado, el Evangelio es todo él una oración» (OO.CC. I, n. 898).

Aquí vemos una neta diferencia con las prácticas de su época: es el paso de la devoción a la liturgia. En este ámbito, nuestro padre subraya la importancia del silencio, donde se hacen elocuentes la proclamación de la Palabra y el gesto sacramental.

Por último, ante el inminente Año de la misericordia (2016), recordemos que en la espiritualidad manuelina la adoración es fuente de misericordia divina. En el sacramento, Jesús «¿qué hace y qué dice?»: «me mira siempre… con un cariño omnipotente… El Corazón de Jesús está siempre mirándome» (OO.CC. I, n. 400). No es una mirada de reproche ni de condena, es una mirada desde su Corazón a nuestro corazón, parafraseando al beato J. H. Newman.

La sacramentalidad en la Iglesia
La vida espiritual supone la participación activa en los sagrados misterios y la vivencia de los siete sacramentos. Los sacramentos los vivimos como medios de santificación. Son la correspondencia visible de la vida mística.

En efecto, para nuestra santificación, para la santidad del pueblo santo de Dios, Cristo elige a hombres de ese pueblo: es el ministerio sacramental. Hombres para dar a Jesús y darse con Él; para actualizar la oblación de Jesús y entregarse con Él; para hacer presente a Jesús ante los hombres. Estas intenciones del Rosario sacerdotal de Manuel González sintetizan bien la vida del presbítero: hombres que rezan, transmiten la misericordia divina en la absolución de nuestros pecados, que celebran –en palabras del fundador– «los sagrados Misterios, o rezan su breviario» (OO.CC. II, n. 2477). El ministro es alguien que «hable, obre y proceda como sacerdote», que desde que «ha sido consagrado» todo lo suyo no es «del hombre, sino de Jesús» (OO.CC. II, n. 2448).

En su obra Artes para ser apóstol o en Lo que puede un cura hoy se exponen los rasgos que delinean la misión del ministro de Cristo Sacerdote: hombre de oración. «La oración del sacerdote es la oración de la Iglesia… la oración del sacerdote es la oración de Jesucristo» (OO.CC. II, nn. 1651-1652); hombre de la entrega pro eis. Y ello, para que los demás cristianos sean santos, sean auténticos. Es decir, sean lo que tienen que ser por su Bautismo. Esa es la misión de la que participamos los ministros. Preocupados por cada uno, no por la cantidad sino por la calidad.

«Ser santo es lo mismo que ser fiel». Conocedor el Señor de cuál es nuestro barro no se nos pide más que una coherencia mínima: «A más fidelidad en el cumplimiento del propio deber, más santidad». Y añade una máxima lapidaria: «Hay dos fidelidades, o mejor, dos modos para ejecutarla: la fidelidad de no caer nunca y la fidelidad de levantarse siempre… [esta] segunda la han tenido todos los santos y es la que los ha hecho santos. La finalidad de nuestras vidas es ser hostias divinizadas» (OO.CC. II, n. 3094).

Desde este altísimo ideal el fundador desciende a los pequeños detalles de la liturgia humana que expresan un corazón grande y agradecido y son expresión de la sacramentalidad celebrativa. Dice así: «Aprended bien que al Maestro, aunque esté callado… le duelen las descortesías de rúbricas desatendidas y las groserías de altares y ornamentos descuidados, y de modales inmodestos, de oraciones masculladas, de genuflexiones y posturas ridículas» . Esto podría haber sido escrito ayer por la tarde para ser dirigido a nosotros.

Manuel G. López-Corps, Pbro.
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