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Editorial (diciembre 2015)

11 diciembre 2015

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de diciembre de 2015.

Tiempo para la verdad. Tiempo para el optimismo

El pasado 28 de noviembre la Iglesia ha comenzado un nuevo Año Litúrgico. Una vez más, las cuatro semanas de Adviento nos invitan a la oración, a la reflexión, a serenar nuestros días apresurados para centrarnos en Aquel que es nuestra paz, el que viene a devolver la serenidad y la alegría a nuestros corazones desgarrados y a vendar todas sus heridas (cf. Sal 147,3).

En esta ocasión, además, la Iglesia nos introduce, como madre que vela por sus hijos, en otro acontecimiento de especial relevancia: el Año de la Misericordia. Desde este 8 de diciembre hasta el 20 de noviembre de 2016 todos estamos invitados a tener una «genuina experiencia de la misericordia de Dios» (papa Francisco, Carta con la que se concede la indulgencia con ocasión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia), de ese Dios que es Padre y que olvida completamente el pecado cometido.

Es tan grande el amor de Dios que escapa a nuestros estrechos razonamientos humanos. Por más que queramos comprenderlos, sus designios son inabarcables, como tantas veces rezan los Salmos. Sin embargo, su designio de amor no tiene como intención permanecer como un oscuro y quizá incierto plan que logrará un final feliz gracias a su omnipotencia. Dios es el Dios de la luz, de la verdad y de la comunión. Dios desea darse y que lo contemplemos. Más aún, quiere estar tan dentro nuestro que se deja comer cada vez que lo recibimos en la Eucaristía.

Para adentrarnos en ese plan salvífico, el Adviento nos ofrece un camino iluminador y lleno de esperanza. Un camino que nos hará avanzar por la verdad más profunda de nosotros mismos. En la oración colecta del I domingo de Adviento hemos rezado: «Dios Todopoderoso… aviva en tus fieles… el deseo de salir al encuentro de Cristo… acompañados por las buenas obras». Lo hemos escuchado en Misa, hemos asentido con nuestro «amén», lo hemos rezado en Laudes y Vísperas varias veces.

Estas cuatro semanas se nos ofrecen como un tiempo propicio para que descubramos que también en nuestro corazón, a veces encogido por el egoísmo queda sitio para el amor, para la entrega desinteresada, para la solidaridad. Dios sabe de nuestras pequeñeces. También conoce nuestros esfuerzos y sacrificios. Y quiere que seamos conscientes del inmenso amor que mora en nuestro corazón, porque él mismo ha puesto esa semilla en nuestro interior. Jesús lo sabía, por eso no dudó en decir: «si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos» (Mt 7,11).

Adviento, hoy más que nunca en este Año de la Misericordia, quiere ser tiempo propicio para contemplar todo aquello bueno que hay en nuestro interior. Solo así podremos vivir en la verdad.

Adviento es una invitación a huir tanto de la alegría inconsciente de quien cierra los ojos para no ver lo malo que hay a su alrededor, como del pesimismo oscurantista que se vuelve ciego ante tantas semillas de bondad, tantos milagros cotidianos que ocurren a nuestro alrededor gracias a la acción cierta, operante y misericordiosa del Padre.

Que la contemplación del Príncipe de la Paz, que pronto nacerá, nos dé la verdadera luz y sane nuestra mirada para vivir en la verdad, la de saber que el Amor de Dios no conoce límites, la que reconoce en nuestro interior la acción del Padre que nos permite ser buenos. «

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