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Con mirada eucarística (diciembre 2015)

25 diciembre 2015

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de diciembre de 2015.

La mayor de las tres es el amor

Dice san Pablo: «Ahora tenemos la fe, la esperanza y el amor. Pero la mayor de las tres es el amor» (1 Cor 13,13). El amor es el subsuelo de la naturaleza humana, sobre él se levanta todo lo demás, a partir de él y solo a partir de él es posible la construcción de la persona y su convivencia con los otros.


Acabamos de asistir a la clausura del Sínodo sobre la Familia. A no ser que nos detengamos en cuanto sobre ella se ha dicho y escrito –literalmente–, lo más que han recogido los medios generalistas de la comunicación de masas son los elementos secundarios y accidentales en torno a la estructura familiar, dándonos la impresión de que todos los obispos de la Iglesia –la Iglesia católica en su conjunto– pertenecen al anacronismo, a la cerrazón e incluso a la incomprensión. Nada más falso. Una vez más la doctrina de la Iglesia propone el amor como fundamento de la familia a partir del cual emergen con plenitud tanto la esperanza como la fe.

La familia es la célula de la vida. Su cromosoma es el amor. En la familia hemos nacido a este mundo, hemos aprendido a hablar y a relacionarnos con él, hemos crecido y desarrollado nuestra personalidad, en ella hemos recibido educación, cuidados en la enfermedad, asistencia en el desvalimiento, ayuda en la necesidad, comprensión en nuestras angustias, consejos para actuar, en ella hemos recibido alimento y ropa, somos lo que somos merced a nuestra familia. Y si ponemos proa hacia la organización social, podemos comprobar que la familia es la célula básica de la estructuración de la sociedad, sin ella no es posible la convivencia comunitaria en solidaridad y en paz. La familia es la base para el perfecto desarrollo del individuo y de la comunidad.

Y todo ello gracias al impulso gratuito del amor, el amor que no tiene precio. Por eso, en esta Navidad que se avecina los cristianos celebramos un año más el triunfo del amor en la familia, celebramos el nacimiento de un Niño que viene para amar, para amar infinitamente.

Un universal humano
La familia es un universal humano, va en nuestros genes. El universal es como un paradigma que hay que cumplir, que hay que desarrollar, que hay que realizar. Es como una cubitera, cuyos huecos hemos de rellenar cada uno de nosotros. La cubitera es el paradigma, el universal familiar, nosotros ocupamos según los tiempos el oficio de padre, madre, hijo, abuelo, nieto, tío, sobrino, primo…, incluso se ocupan sitios sin necesidad de parentesco, porque la familia tiene límites y al mismo tiempo no los tiene, nadie sabe con exactitud dónde empieza y termina la familia, aunque todos sabemos que los límites los pone el amor: hasta donde llega el amor llega la familia. Y el amor es universal. El ser humano ha nacido para amar y ser amado. Y a ser posible eternamente.

Es cierto que las familias a veces se desestructuran, se corrompen, desaparecen. En ocasiones presenciamos situaciones incomprensibles, como es el reciente caso de la condena a unos padres por el asesinato de su hija, comentado hasta la saciedad en los telediarios y los reality show de las televisiones. Pues bien, a pesar de ello la familia sigue existiendo. Los miembros desplazados o descolocados intentan recomponer el lugar perdido dentro de la misma familia o mediante la incorporación a otra nueva. La razón es que no es posible la vida sin el amor, y el amor se encuentra, se aprende (también se aprende a amar), se practica en el lugar natural que es la familia. La familia es escuela de solidaridad, comprensión, abnegación, entrega, consuelo, sacrificio… y de perdón.

La marca de Jesús Eucaristía
Jesús, el Hijo de Dios, nos propone una nueva relación con Dios, la relación del amor. Nos dice que Dios es nuestro padre, abba, nuestro papá que como tal nos quiere. Propone la relación paterno–filial (la relación familiar) como la más genuina de la relación amorosa entre los seres humanos. Somos la familia de los hijos de Dios.

Por eso no nos extraña que, cuando los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a orar, este les contestara que comenzaran así: «Padre nuestro…» (Lc 11,1-4). Defender al amor como la parte constituyente de la institución familiar es tanto como defender al amor como parte constituyente del Cristianismo. Y esto no es ningún anacronismo, esto es verdad universal, es precisamente lo que siempre ha defendido la Iglesia católica, incluido el reciente Sínodo sobre la Familia.

Más aún, cuando Jesús de Nazaret nos quiere mostrar la verdadera naturaleza de Dios, recurre a una parábola familiar, la más bella y mejor parábola que se haya escrito nunca. Evidentemente nos estamos refiriendo a la conocida como «parábola del hijo pródigo» (Lc 15,11-32). La relación del hombre con Dios es una relación de familia porque es una relación de amor. Dios es padre que ama a sus hijos, y también madre. Así lo interpretó magistralmente Rembrandt en su pintura cuando el padre abraza al hijo con dos manos diferentes y complementarias: la mano musculosa de padre y la mano delicada de madre. Ya antes, y en otro sentido, lo había expresado Miguel Ángel en su Piedad, cuando María, cara de joven y brazos femeninos, acoge a su hijo en sus rodillas fuertes y angulosas de padre. En fin, la familia es una cuestión de amor.

Y por si fuera poco, cuando Jesús en la última cena decide quedarse para siempre en la Eucaristía, lo hace por una razón exclusiva de amor. Fue un jueves que hoy llamamos Jueves Santo. Y por cierto, ¿por qué los cristianos también llamamos a este día con el nombre de «día del amor fraterno»?

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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