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Guión para la Hora Santa del 4 de enero

3 enero 2016

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CANTO DE EXPOSICIÓN

INTRODUCCIÓN
Nos hemos reunido en este día con el deseo de vivir la Navidad como verdadero encuentro con Jesús Sacramentado, porque lo bueno, verdadero y bello del nacimiento de Jesús es dejarse transformar por Él, el Hijo Encarnado, la Palabra definitiva de Dios a los hombres.
Muchos son los motivos que tenemos para alabar y agradecer al Señor, porque su amor para con nosotros es tan grande, que se desborda. Y el misterio de la Navidad, es un misterio de amor desbordado. La Navidad, es el gesto de la grandeza de Dios, que se nos acerca revestido de nuestra carne. Grandeza de Dios, en la pequeñez de un Niño.
Hoy, postrados a los pies de Jesús Eucaristía, con el corazón abierto, dejemos que Él nos mire con su mirada de amor. Una mirada que el Beato Manuel González supo reconocer y contemplar a lo largo de su vida; una mirada por la que se dejó transformar y que originó un encuentro que permanece aún hoy dando vida al carisma eucarístico reparador.
Celebremos con gozo la fiesta del Beato Manuel González, el nacimiento a la vida eterna de un hombre que supo acoger la Palabra hecha carne, alimentarse de ella y ofrecerla a todas las personas que se cruzaban en su camino.

INVOCACIÓN ESPÍRITU SANTO: Canto

SILENCIO

TEXTO BÍBLICO: Is 9,1
«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló».

SIGNO: Se colocan dos velas, una ante el pesebre y otra ante la custodia.

REFLEXIÓN
En lo más íntimo de cada ser humano hay un deseo de verdad, una sed de plenitud que lo orienta más allá de sí mismo, que lo mueve a buscar una luz que no pasa, que no se extingue.
Jesús es la luz que ha brillado en medio de la oscuridad, la luz de un nuevo amanecer, verdadera y eterna; luz que ha venido a iluminar al hombre desde lo más profundo de su corazón para que no camine ya en tinieblas sino que tenga la luz de la vida.
La Navidad, el nacimiento del Salvador, se nos presenta como luz que irrumpe y disipa la más densa oscuridad. La presencia del Señor en medio de su pueblo instaura el gozo y la alegría.
También nosotros, en este día, hemos venido a la casa de Dios atravesando las tinieblas que envuelven la tierra, guiados por la llama de la fe que ilumina nuestros pasos y animados por la esperanza de encontrar la «luz grande». Abriendo nuestro corazón, tenemos la posibilidad de contemplar el milagro de ese niño-sol que, viniendo de lo alto, ilumina el horizonte.

CANTO

SILENCIO

TEXTO BÍBLICO: Lc 2,12
«Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

SIGNO: Se colocan frente al Belén los dones de los Reyes Magos: oro, incienso y mirra.

REFLEXIÓN
La «señal» es la humildad de Dios, la humildad de Dios llevada hasta el extremo. Es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones. El mensaje que todos esperaban, que buscaban en lo más profundo de su alma, no era otro que la ternura de Dios: Dios que nos mira con ojos llenos de afecto, que acepta nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez.
Entramos hoy en los sentimientos del corazón de Dios, porque se ha hecho hombre para salvar al hombre: «Se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre», en la carne de un Niño, en la pobreza de un pesebre, en la debilidad de un recién nacido.
La contemplación de Cristo, pobre y humilde, en su Presencia eucarística, que es actualización de su Nacimiento, nos lleva a dejarnos transformar por Él, por la gracia que derrama.

CANTO

REFLEXIÓN
El Papa Francisco nos dice:
«Nosotros, ¿Cómo acogemos la ternura de Dios? ¿Nos dejamos alcanzar por él, nos dejamos abrazar por él? ¿Permitimos a Dios que nos ame?
Y más aún: ¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio?
¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy! La paciencia de Dios, la ternura de Dios».
Y, a su vez, El Beato Manuel González nos interpela:
«¿No os parece amigos, que sería buen aguinaldo y de muy subido valor en los tiempos que corremos de persecuciones y amenazas de despojos de bienes y de vida, dedicarnos a conjugar con todas las veras de nuestra alma los verbos dar, perdonar y esperar?
Dar… lo que se pueda, como dinero, aun del poco que va quedando, trabajo, cooperación, buena cara… ¿A quién? A quien lo necesite o le venga bien, sea quien sea.
Perdonar… de corazón, porque Dios lo manda y perdona. ¿A quién? A quien nos hace mal…
Esperar con alegría en la bondad y en el poder del Corazón de Jesús y en la intercesión de María, la Madre de todos».

SILENCIO

TEXTO BÍBLICO: Lc 2, 6-7
«Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada».

SIGNO: Se colocan junto a la imagen del Beato Manuel González García, unas flores.

REFLEXIÓN
La respuesta del cristiano al amor de Dios revelado en la humildad del Niño de Belén, no puede ser más que aquella que Él mismo da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre, con sencillez. Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle.
Así entendió y vivió el encuentro con Dios el Beato Manuel González, un alma pequeña que descubrió que Jesús desde el Sagrario lo miraba, con una mirada que le decía mucho y le pedía más. Una mirada que se detuvo en su pequeñez y le reveló un nuevo plan de misión dándole alas para llevarlo a cabo.
Así lo expresó: «Unas veces es la semilla más pequeña, la mostaza, que produce un árbol grande; otras el rebañito reducido; otras, el parvulillo, otras veces un poquito de levadura, y siempre lo pequeño, lo insignificante, lo despreciado, lo que lleva su preferencia para dar a conocer a los hombres el modo de ser, de nacer, de vivir, de engrandecerse su reino sobre la tierra.
¿Cuándo entrará en mi persuasión esta verdad, que para grande Tú y para chico yo, y que por un milagro y misterio de tu misericordia sólo a cambio de nuestras pequeñeces y ruindades Tú nos das tus grandezas?»

CANTO
Abramos nuestro corazón a Dios que está en medio de nosotros y que mora en el pesebre de nuestro corazón, y dejemos que nuestras palabras, hechas plegaria, sean intérpretes de la urgencia que tiene nuestro mundo de vivir en plenitud el misterio de la Navidad. A cada petición respondemos: “Concédenos tu luz, Señor”.

  • Para que la celebración del Misterio del Amor infinito de Dios, hecho cercanía en su Hijo que ha nacido, haga renacer a la Iglesia al Evangelio vivido, proclamado y compartido con todos los hombre de buena voluntad. Roguemos al Señor que no desdeña nuestra pobreza.
  • Para que Cristo, con su paz y luz, transforme nuestras tinieblas en bondad, nuestros odios en perdón, y nuestras desesperanzas en posesión de nuestro único tesoro. Roguemos al Señor, que se ha hecho débil por amor.
  • Para que Cristo hecho niño enseñe al mundo el poder de la paz y la alegría de sabernos amados y acogidos por Dios que viene hasta nosotros. Roguemos al Señor, que es nuestra esperanza.
  • Para que aprendamos de la Virgen María a recibir a Jesús, para que sepamos entregarlo sin egoísmos, y para que lo hagamos nacer en otras vidas. Roguemos al Señor, hecho ternura.
  • Para que, al acoger en nuestros corazones al que quiso asumir nuestra debilidad para transformarla en gracia, nos hagamos amor, alegría, comprensión y paz para cuantos nos rodean. Roguemos al Señor, nuestro hermano.
  • Para que Cristo, modelo de santidad, que eligió al Beato Manuel González para ser testigo de su vida eucarística, acoja la oración confiada que le presentamos por su pronta canonización. Roguemos al Señor, nuestro camino.
  • Para que la Familia Eucarística Reparadora, en este año de la misericordia, encarne en su vida y en sus obras la cercanía de Dios Padre. Roguemos al Señor, rostro de la misericordia.

SILENCIO

REFLEXIÓN
Nuestro pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos ayuda a redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne.
Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre por el amor del Padre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús. Su canto de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende «de generación en generación» (Lc 1,50). También nosotros estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María.
Dirijámonos a ella para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús. (cf. MV 24)

CANTO

ORACIÓN FINAL
Señor, Dios Todopoderoso, que has querido iluminarnos con la luz de tu Verbo hecho carne, con¬cédenos que nuestras obras concuerden siempre con la fe que ha iluminado nuestro espíritu.

CANTO

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