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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (enero 2016)

8 enero 2016

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de enero de 2016.

«El que practicó misericordia con él»

«Si queremos que el Corazón de Cristo vuelva a ser el corazón del pueblo, si queremos que todas las cosas se restauren en el amor de ese mismo Corazón, si queremos poner un remedio a tanto escándalo público, a tanto mal espiritual, moral y material como aflige a la sociedad presente, es preciso, es urgente que los que nos preciamos de amar todavía un poco a ese Jesús tan perseguido, y a ese pueblo tan desgraciado (siempre la desgracia de éste ha seguido a la persecución de Aquél), es preciso, repito, que pongamos al servicio de aquella gran causa todo lo que tengamos. Los hombres, su fuerza, su resistencia, su cálculo, su espíritu luchador. Las mujeres su abnegación, su amor, su ingenio, su flexibilidad de carácter. Y así, con la acción combinada de unos y otros elementos, si la victoria no es nuestra, poco le faltará» (OO.CC. II, n. 3367).

Estas palabras del beato Manuel González poseen plena actualidad. Es como si estuvieran escritas por alguno de los valientes obispos de hoy para los católico de la España actual. Palabras de aliento y empuje, de arrimar el hombro para plantar fuerte el Reino de Dios y su justicia. Palabras de esperanza y compromiso: aportar cada uno lo mejor de sí mismo, para que transparentemos la vida y la verdad, la paz y la solidaridad de la acción social de la Iglesia.

En este Año Jubilar de la Misericordia la Iglesia celebra, con alegría desbordante, cómo Jesucristo vino a la tierra, enviado por el Padre, para anunciar la buena noticia a los pobres, llevar a cabo un tiempo de gracia del Señor, liberando a los cautivos, devolviendo la vista a los ciegos, liberando a los oprimidos, resucitando a los muertos, abriéndonos las puertas del Paraíso e intercediendo por nosotros –¡por cada uno!– como sumo y eterno Sacerdote.

Este tiempo de adoración eucarística que vamos a vivir nos adentra en el misterio de la Palabra hecha carne, que acampó entre nosotros. El Verbo Encarnado, presente en el Santísimo Sacramento, nos invita a adorarle postrados a sus pies y a descubrirle también presente en los excluidos de la tierra, los pobres más pobres, los que están en la cuneta del camino, los que nadie ama. Dejémonos mirar por Cristo Eucaristía, para que Él nos lance a ser buenos samaritanos, capaces de atender a los moribundos de cualquier tipo que están a nuestro lado. ¡Pidamos esa gracia de ser servidores suyos!

Oración inicial
Oh Dios, Padre de la Misericordia, rico en clemencia y piedad, que enviaste a tu Hijo como el verdadero buen samaritano para que socorriera a la Humanidad herida por el pecado y la muerte; concédenos, por la gracia del amor eucarístico y la fuerza del Espíritu Santo, atender a cuantos están caídos en las periferias de las ciudades y pueblos, lavándoles sus heridas, llevándoles a la posada de la Iglesia y ofreciéndoles lo mejor de nosotros mismos. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Lc 10,25-37

Heredar la vida eterna
La parábola quiere responder a la pregunta que el maestro de la ley le hace a Jesús: «¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». El jurista lo plantea «para ponerlo a prueba», ateniéndose a la religiosidad deuteronómica, donde para vivir hay que cumplir con la ley. «Heredar» era un término referido a la tierra. Ahora la verdadera tierra es la vida eterna. Jesús le devuelve la pregunta: «¿Qué está escrito en la ley?», porque Él no legisla, sino que urge al cumplimiento de esa ley.

Jesús obliga al maestro de la ley a definir cuál es el mandamiento más importante de la ley, mandamiento para heredar la vida eterna. El jurista responde bien, sintetizando la esencia de la ley: el amor a Dios y el amor al prójimo. Ahora bien, para el pueblo judío, ¿quién es el prójimo? ¿El hermano, un familiar, un amigo, un extranjero, el enemigo? ¿Se puede separar el amor a Dios y el amor al prójimo?

Jesús y el maestro de la ley coinciden en señalar cómo son inseparables ambos amores. Por eso, le dirá: «Haz esto y tendrás la vida eterna». Pero no basta estar de acuerdo en los grandes principios. Era necesario bajar a los detalles concretos sobre quién es el prójimo.

Quién es mi prójimo
El maestro de la ley quiere tender una encerrona a Jesús. Vuelve a preguntar: «¿Y quién es mi prójimo?». En la definición de quién es «mi prójimo» se debatían los distintos movimientos religiosos de aquella época. Jesús no responde con un discurso o un argumento religioso. Se sirve de una parábola ejemplar para mostrar quién es el prójimo.

El hombre que cae en manos de los bandidos es un personaje anónimo, víctima indefensa de los salteadores. Yace medio muerto en la cuneta de aquel camino. Representa a tantos hombres y mujeres que son víctima de tantos odios, injusticias, marginaciones o pobrezas.

Dar una respuesta valiente
El sacerdote y el levita representan a los funcionarios del culto. La ley de Moisés indica que tocar un cadáver suponía quedar impuro durante una semana. Pero también estaba mandado que era obligatorio atender a un moribundo. Ambos debieron preguntarse si estaría vivo o muerto ese que estaba caído al borde del camino. Se presenta una situación límite: si está moribundo, están obligados a cuidarlo; si está muerto, no lo pueden tocar, para no quedar impuros. Ellos prefieren lo más fácil: pasar de largo, darlo por muerto, y desentenderse de él. Ese no es su prójimo.

El beato Manuel González sabía poner el dedo en la llaga de los cristianos que pasan de largo ante los que sufrían. Era valiente. Denunciaba con audacia la indiferencia de tantos que frecuentaban los templos: «En el camino entre el hogar y la Iglesia hay mucha gente que ni tiene hogar, ni quiere a la Iglesia, y digo yo: ¿No podría la mujer católica, de paso para la iglesia, dar medios con que crear ese hogar y enseñar a amar a esa Iglesia? No se trata de apartar a la mujer de sus lugares tradicionales y santos, sino solo de darle ocupación en el camino que ha de recorrer para ir de uno a otra» (OO.CC. II, n. 3372).

Un samaritano se compadeció
El samaritano, en la mentalidad judía, es un impuro, un semipagano; debe ser considerado como un extranjero. Los samaritanos se habían separado del templo de Jerusalén y adoraban a Dios en el monte Garizim.

El samaritano tiene entrañas compasivas. Es solícito, generoso, servicial, desprendido. «Se compadeció» significa: entrañas compasivas, «padecer con» el otro, entrar en sus mismos sentimientos, sus mismos dolores. Se baja de su propia cabalgadura y se hace cargo de él.

El samaritano, a diferencia del sacerdote y el levita, piensa que el moribundo está vivo: se para, no pasa de largo, se preocupa del herido, se implica en el dolor del que está caído. Esta compasión entrañable «levanta» al moribundo, le dignifica y le salva de la muerte cierta. La verdadera compasión se compromete con el bien; es siempre ganadora: «Hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35).

D. Manuel González insiste en esa misión de las buenas mujeres cristianas de salir a los cruces de los caminos, siendo instrumento del amor de Cristo, con gestos concretos: «Mis estimadas unas cuantas, vosotras que gracias a Dios tenéis casas y vais a la iglesia, ¿no podríais llevaros en vuestro bolso un poco de dinero, en vuestras manos un rollo de buenas lecturas, en vuestros labios una sonrisa de agrado y en vuestros corazones un gran depósito de paciencia y caridad, para írselo repartiendo a los niños, a los jóvenes, a los pobrecillos, a todos los necesitados que os vayáis encontrando?» (OO.CC. II, n. 3373).

La preocupación por el herido está llena de detalles y cuidados: vendó sus heridas, echándole aceite (suaviza las heridas, imagen del aceite sagrado de la unción bautismal) y vino (desinfecta con su alcohol, signo de la limpieza de la sangre de Cristo); le carga en su propia cabalgadura (imagen del buen pastor que carga a la oveja perdida sobre sus hombros); lo llevó a una posada (icono de la Iglesia, casa de acogida a todo el que cree en Jesucristo y participa de los Sacramentos); cuidó de él (en la Iglesia, Jesucristo es el médico de cuerpo y alma, que hace nuevas todas las cosas, que atiende con toda delicadeza al que está caído y se siente solo).

Cuida de él
El samaritano entrega al posadero dos denarios, el jornal de dos días de trabajo, y le garantiza que, si hay otros gastos, los pagará a la vuelta. Son signos de generosidad en abundancia, en desbordamiento de amor compasivo por aquel herido. Signos de cómo la verdadera compasión se compromete hasta el final, se hace cargo de toda esta pérdida: de tiempo, esfuerzo y dinero. La verdadera compasión desborda gratuidad y gestos generosos. El buen samaritano es Jesús. La parábola describe los rasgos humanos de Jesucristo. Jesús sintió compasión al ver a la humanidad caída bajo el yugo del pecado. El Padre le envió como Salvador.

Jesús, como el buen samaritano, se sintió extranjero dentro de su propio pueblo: «Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Baja a la tierra, haciendo suyas las heridas de todo hombre apaleado y moribundo: «Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestro dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado» (Is 53,4). Se identificó de tal manera con el sufrimiento humano que cargó con los pecados de toda la humanidad: «Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados» (1P 2,24).

La universalidad del amor
Jesús da la vuelta a la pregunta que le formuló el maestro de la ley. No se trata de definir quién es mi prójimo, tal como lo establecía la ley judía, sino de exponer de manera gráfica la universalidad del amor cristiano. El amor agapé es gratuito, generoso, oblativo, servicial, sacrificado y capaz de perdonar siempre. El amor cristiano es universal, pero no genérico y abstracto. Es cercano y práctico, en la persona que el Señor te pone delante, persona con nombre y rostro concreto, en quien descubrimos al mismo Jesús.

La respuesta que da el maestro de la ley a Jesús muestra qué bien entendió la parábola; cómo la misericordia es la clave del amor al prójimo; cómo la misericordia expresa la compasión, ternura, ayuda, servicio, desprendimiento, universalidad, que nos pide Jesús: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

Así nos lo encarga el papa Francisco para este Año de la Misericordia: «En cada uno de estos más pequeños está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: “En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgamos en el amor”» (MV 15).

La conclusión final de la parábola está dicha también hoy para nosotros, cristianos del siglo XXI. Somos enviados por Él y por la Iglesia, cada día, en lo pequeño y cotidiano, a ser signo de la caridad de Cristo, a ser servidores de nuestros hermanos, a ser instrumento de su sanación, ayuda, cercanía, compasión y misericordia.

Nuestro querido D. Manuel sabía bajar a lo concreto de la ayuda a los más pobres cuando proponía a las Marías de los Sagrarios la unión inseparable entre la visita a Jesús-Sacramentado y la ayuda a los que lo pasan mal:

«¡Y mire usted que se pueden hacer cosas buenas en una hora bien empleada! ¡Cuántas puntadas en prendas para los pobres, cuántas visitas de enfermos, cuántas lágrimas enjugadas, cuántas lecciones de doctrina enseñadas, cuántos pecados evitados, etc., etc.,! ¿Y del gran desperdicio que hacen nuestras mujeres de esa gran facultad o bello don que Dios les ha dado de sacrificarse?» (OO.CC. II, n. 3414).

Padre nuestro

Oración final
Oh Padre de compasión infinita, que nos llamas en este Año Jubilar de la Misericordia a poner en práctica el amor gratuito de tu Hijo hacia quienes padecen hambre, sed, desnudez, migración, enfermedad o encarcelamiento; llénanos de tu luz, fuerza y consuelo para que sepamos dar gratis lo que tú no das gratuitamente, como servidores de cuantos lo necesitan. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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