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Editorial (enero 2016)

9 enero 2016

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de enero de 2016.

Santa obsesión por la paz

El 1 de enero de 1968 el papa Pablo VI pedía a todos, «posiblemente juntos en nuestras iglesias y en nuestras casas», que orásemos por la paz, para que «no falte la voz de nadie en el gran coro de la Iglesia y del mundo que invoca a Cristo, inmolado por nosotros».
Desde entonces, todos los años, la Iglesia católica invita a sus fieles y también a quienes trabajan por la paz, a unirse en la oración y el trabajo, en el deseo y en el diálogo, para que la paz, que es don de Dios, sea llevada a la práctica, para que los hombres y mujeres, conscientes de este gran regalo, la hagan fructificar.


Este anhelo de paz no es característica exclusiva de los católicos ni los cristianos. Es deseo que está en todo corazón humano. Es una cuestión genética inherente a nuestra condición creatural. Así lo entiende el papa Francisco cuando, 48 años después, en una nueva Jornada Mundial de la Paz pide en su Mensaje que no se pierda «la esperanza en la capacidad del hombre de superar el mal». El hombre tiene la fuerza y las herramientas para construir un mundo en armonía porque es capaz de «actuar con solidaridad, más allá de los intereses individualistas, de la apatía y de la indiferencia ante las situaciones críticas».

Hace unos días se dio a conocer que al papa Francisco le había sido otorgado el Premio Carlomagno, una noticia no tan sorprendente por el honor que implica sino por la aceptación del mismo. En efecto, el santo padre no suele aceptar ninguna condecoración. Sin embargo, en esta ocasión sí lo ha hecho y, según afirmó en rueda de prensa el p. Federico Lombardi, portavoz vaticano, ha sido porque es una forma de lanzar un nuevo mensaje a favor de la paz, de orar por la concordia, de animar al trabajo conjunto para que cesen las guerras y todos estemos dispuestos a trabajar por un mundo más fraterno, más humano, más acogedor.

El gesto del papa es, a la vez, un aliciente para todos los católicos. El santo padre nunca se cansa de predicar, de orar, de suplicar, de comprometerse para que la paz germine en nuestro suelo, crezca, comience a florecer sobre todo en las zonas más violentas de nuestro planeta. Para muchos recordará a Juan Bautista, aquel que era «una voz que clama en el desierto» (Mc 1,3), que no calla ni ante la indiferencia ni ante la aparente inacción de los poderosos.

También nosotros, pueblo de Dios, tenemos una misión en esta tarea de hacer fructificar el don de la paz que Dios nos ha regalado y que sigue ofreciéndonos a cada instante. Una misión doble: orar y actuar, «ora et labora» en palabras de san Benito. Los responsables de los gobiernos tienen una tarea urgente en la búsqueda del bien común. También los que no ocupamos puestos de gobierno tenemos un deber. El trabajo a escala internacional no exime del trabajo a nuestro alrededor, en nuestro entorno. Si comenzamos a ser constructores de paz en lo pequeño esa paz se extenderá y crecerá de una forma insospechada, porque es buena semilla, germen divino.

El papa debe seguir alzando su voz, en el desierto o ante las multitudes, en audiencias privadas o en grandes foros internacionales. También nosotros debemos seguir alzando nuestra voz, incluso cuando la mejor forma de hacerlo sea callar, sea aceptar, sea acompañar en silencio el grito de quienes sufren por la falta de paz y de justicia. Más que un deber que asumir, es un deseo de nuestro corazón que, con ayuda de nuestra voluntad, podemos hacer realidad. Que el Príncipe de la Paz, que hemos adorado hecho Niño, nos ilumine en este 2016. «

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