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Ponencia del Card. Angelo Amato en el I Congreso Eucarístico Internacional Beato Manuel González (I)

14 febrero 2016

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de febrero de 2016.

«Guía y modelo de santidad eucarística

La ponencia inaugural del I Congreso Internacional Beato Manuel González estuvo a cargo del cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Ofrecemos en este número de El Granito la primera parte de su intervención, que concluiremos el próximo mes.


Decía el sacerdote y mártir Saturnino durante una de las más feroces persecuciones cristianas, la de Diocleciano en el 304 d.C, «sine dominico non possumus vivere». Acusado de haber celebrado la Eucaristía para su comunidad, Saturnino admite sin titubeos: «Sin la Eucaristía no podemos vivir». Y una de las mártires de su grupo añadía: «Sí, he ido a la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiana». Por esta fidelidad eucarística, los 49 mártires norafricanos fueron condenados a muerte. Jesús eucarístico era la verdadera vida para Saturnino y para sus compañeros mártires de Abitine, en África proconsular. Prefirieron morir antes que privarse del alimento eucarístico, Pan de vida eterna.

Santo Tomás de Aquino, llamado por Pío XI «el máximo cantor de la Eucaristía», hacia mediodía, bajaba a la iglesia y con confianza y abandono apoyaba su frente en el Sagrario para tener un coloquio de tú a tú con Jesús Eucaristía. El gran teólogo medieval es también famoso por haber compuesto el Oficio de la Fiesta del Corpus Domini, en el que expresa toda su profunda devoción eucarística. Recordamos el himno Pange, lingua (Canta, o lengua); la antífona O sacrum convivium; la secuencia Lauda, Sion, Salvatorem (cf. S. Tommaso D’Aquino, Opuscoli spirituali, Edizioni Studio Domenicano, Bologna 1999, pp. 293-320).

También para Nicolás Cabasilas (siglo XIV), famoso teólogo ortodoxo, autor de la incomparable obra La vida en Cristo, la Eucaristía constituye la esencia del ser cristiano: «Cuando (Jesús) lleva al iniciado a la mesa y le da el alimento de su propio cuerpo, lo transforma enteramente y lo cambia en la propia sustancia. El barro ya no es barro: habiendo recibido la forma real, se convierte en el cuerpo mismo del Rey; y nada puede pensarse más bienaventurado que esto» (IV, 2).

Desde su institución el Jueves Santo en el cenáculo hasta hoy, la Eucaristía ha marcado los días y las obras de la Iglesia, trazando en la historia una huella luminosa de vida divina, que guía y sostiene con su gracia la existencia de todo bautizado, sacerdote, consagrado, laico. Dice Jesús: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Quien come de este pan vivirá para siempre y el pan que le daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6,51).

La Eucaristía es vida. Sin Eucaristía no hay vida: «En la santísima Eucaristía –afirma el Concilio Vaticano II– se encierra todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir el mismo Cristo, nuestra Pascua y pan vivo que, mediante su carne vivificada por el Espíritu Santo y vivificante, da vida a los hombres» (PO 5).

La Eucaristía es el corazón vibrante de la Iglesia. La Iglesia vive de Eucaristía. La Eucaristía edifica a la Iglesia, que irradia en el mundo su gracia redentora. Es la Eucaristía el fuego que enciende la caridad, afianza la esperanza y nutre la fe.

La Eucaristía, fuente de santidad
Para los santos, la Eucaristía era el alimento del entusiasmo espiritual y del dinamismo apostólico. En los Fioretti de santa Clara se lee que el pan, con un poco de aceite, era a menudo el único alimento de las monjas de San Damián. A veces faltaba hasta eso, si no intervenía Clara con algún milagro. Pero lo que no faltaba nunca era el pan de los ángeles, el pan de la Eucaristía. Clara podía estar sin el pan común, pero no sin el que el sacerdote consagraba sobre el altar y distribuía a través de la reja de hierro. También en esto la santa de Asís se mostraba buena discípula de san Francisco, el cual no se cansaba de decir y de escribir a sus frailes: «Ruego a todos vosotros, hermanos, besándoos los pies y con todo el ardor posible, que tributéis toda la reverencia y todo el honor que podáis al Santísimo Cuerpo y a la Sangre de nuestro Señor Jesucristo» (Carta al Capítulo general, 1, p. 56 . Cf. Fioretti di Santa Chiara, cap. 21).

Aquí en Ávila, durante el V centenario del nacimiento de santa Teresa, no podemos no referirnos a su Castillo interior. Con un análisis, que parece preceder en siglos a la introspección psicológica freudiana, Teresa habla de siete moradas del castillo, que constituyen sendas etapas del camino de perfección. Las primeras tres forman la parte ascética con la muerte del hombre viejo. Mediante la purificación del corazón, la oración, la confesión, las buenas lecturas, la penitencia, la lucha contra el pecado y el fortalecimiento de las virtudes, se prepara el encuentro con el Esposo. Las otras cuatro moradas conducen a la vida mística, en el noviazgo con Jesús y en el matrimonio espiritual con él en el sacramento de la Eucaristía. Es en el encuentro sacramental donde adviene el nacimiento del hombre nuevo. La larva se transforma en mariposa. Se realiza el evangélico «vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20). La comunión sacramental con el Señor en el hondón de la propia alma provoca la expansión y la explosión de las obras (Cf. Santa Teresa de Jesús, Castillo interior, VII, 2). Ella advirtió imperiosamente que la adoración eucarística y la comunión con Jesús Hostia no pueden reducirse a una experiencia intimista, sino que debe expandirse hacia afuera en la multiplicidad de las obras.

Entrando en la iglesia de Pietrelcina, donde el padre Pío celebró su primera Misa el 14 de agosto de 1910, se puede admirar una estatua del santo, que, de rodillas, tiene la mirada fija en el Sagrario. El gran taumaturgo parece extasiado en Jesús eucarístico, fuente de su ardor apostólico y de sus extraordinarios carismas. Como el padre Pío, cada cristiano es una persona eucarística, porque está continuamente nutrido, formado y transfigurado por la Eucaristía.

El famoso mártir de la persecución comunista en Polonia, el beato Jerzy Popiełuszko, capellán de Solidarnosc y defensor de los derechos de los trabajadores, fue asesinado por algunos sicarios del régimen en octubre de 1984, mientras volvía a Varsovia después de la celebración de la santa Misa. Asaltado en la calle, fue llevado a la cárcel, torturado y, atado de pies y manos, arrojado en vida a las aguas heladas del Vístula, encontrando así una muerte atroz. Su cuerpo desfigurado fue encontrado una semana después. Era la Eucaristía el alimento de su fortaleza. De seminarista, Jerzy Popiełuszko hizo el servicio militar en medio de muchas humillaciones y limitaciones de su libertad religiosa. Se le impedía asistir a la Misa cotidiana y recibir la Comunión. En una carta suya enviada a su padre espiritual en el Seminario de Varsovia, el joven seminarista escribía: «Ayer con el pretexto de ingresar dinero en el banco he ido a la ciudad. He ido a la iglesia y por primera vez después de un mes he recibido la Eucaristía» (Z. Malacki, Il Servo di Dio padre Jerzy Popiełuszko, Edizione Loretana, Varsavia 2003, p. 29). El consuelo de la Eucaristía era la fuerza que lo sostenía en su testimonio de Jesús.

Permitidme que cuente un curioso episodio de la madre de un obispo italiano. Se trata del arzobispo de Salerno, Italia, Nicola Monterisi (1867-1944), oriundo de Barletta. La señora, asidua a la Misa cotidiana, con fe profunda, después de haber recibido la santa Comunión, solía, vuelta a casa, amamantar a su niño, para hacerle partícipe de la Eucaristía. Cuatro hijos de esta santa mujer se consagraron al Señor. La Eucaristía había alimentado de pan divino, no solo a la madre sino también a los pequeños.

Para terminar con este repaso concreto sobre la indispensabilidad de la Eucaristía en la vida de los cristianos evoco la experiencia de cárcel en Vietnam del siervo de Dios cardenal François Xavier Van Thuan, del que se ha iniciado la causa de beatificación. No obstante el suplicio cotidiano, él lograba mantenerse sereno porque cada mañana podía decir Misa secretamente con tres gotas de vino y una de agua en la palma de la mano. Era este alimento divino clandestino la fuerza para él y para los otros prisioneros católicos. De noche, en efecto, a las nueve y media, en la oscuridad del dormitorio común, se inclinaba para celebrar de memoria la Misa, después pasaba bajo la mosquitera la Comunión a los otros cinco católicos que había allí. Al día siguiente recogían el papel de los paquetes de cigarrillos con el que fabricaban bolsitas para meter dentro el Santísimo. Era su santo Sagrario, que no abandonaban nunca.

El beato Manuel González García, custodio de los Sagrarios abandonados
Tampoco el beato Manuel González García permitía el abandono de los Sagrarios, hasta el punto de ser denominado el sacerdote y, después, el obispo de los Sagrarios abandonados. Era de hecho un enamorado de la Eucaristía y su persona, en continua adoración del Señor, irradiaba una luz eucarística que atraía y convertía al bien.

Conviene recordar brevemente su santa existencia. Nacido en Sevilla el 25 de febrero de 1877, fue ordenado sacerdote en 1901 por el cardenal Marcelo Spínola también beato. Fue párroco de Huelva en 1905, auxiliar de Málaga en 1915, obispo de Málaga en 1920, y, finalmente, obispo de Palencia en 1935. Murió en olor de santidad en Madrid el 4 de enero de 1940. Fue beatificado el 29 de abril de 2001 por Juan Pablo II.

Su existencia está llena de experiencias eucarísticas. De pequeño Manuel formaba parte del célebre grupo de niños sevillanos, que por antigua tradición cantan y bailan delante del Santísimo Sacramento. Son llamados los Seises, porque son seis pequeños cantores de la catedral de Sevilla. Manuel era uno de estos ángeles de la Eucaristía.

Una semana después de la ordenación sacerdotal, don Manuel celebró la Misa en la capilla de los Salesianos y desde aquel día, en señal de respeto por la Eucaristía, dejó de fumar para siempre.

Inició el ministerio en Palomares del Río. Aquí, encontrándose en una iglesita con un Sagrario desierto, tuvo la inspiración de convertirse en el apóstol de los Sagrarios abandonados. La Eucaristía se convirtió en el motor de su apostolado y sus obras tuvieron todas una impronta eucarística. Pasaba largas horas en adoración del Santísimo Sacramento, para reparar el descuido y negligencia del pueblo.

En 1910 fundó la Obra de las Tres Marías con el fin de encender en los fieles el espíritu reparador de las mujeres que acompañaron a la Virgen a los pies de la cruz. En 1915 las Marías eran más de 70.000 y se dedicaban a hacer compañía a Jesús Sacramentado. Hoy son muchísimas repartidas por el mundo entero. A las Tres Marías añadió la obra masculina de los Discípulos de San Juan y de los Juanitos, para los más pequeños. Fundó finalmente la congregación de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, con un carisma todo eucarístico. Dotado de sólida cultura teológica, don Manuel escribió muchas obras de espiritualidad eucarística.

Sacerdote y obispo con el Corazón de Cristo
El beato Manuel González García era un sacerdote santo. Cuando fue enviado como párroco a Huelva, en aquel tiempo dominio de los protestantes, el mismo cardenal Spínola le dijo que iba como al martirio. Pero conociéndolo bien estaba seguro de haber enviado a Huelva una verdadera alhaja, añadiendo que don Manuel habría salvado la ciudad (cf. Positio super virtutibus. Roma 1931, p. 31).

Un cambio en su vida sacerdotal fue la invitación de un obispo conocido suyo a trasladarse a León como canónigo y como secretario particular. Don Manuel consultó con el arzobispo Spínola, que le dijo: «Si quieres honores puedes ir a León; y si quieres ganar almas, en Huelva»(id.). Nuestro beato no tuvo dudas, prefería quedarse en Huelva, donde lo había enviado el Corazón Eucarístico de Jesús y su santo pastor.

Inicia así con un fervor verdaderamente excepcional su intenso apostolado: Misa cotidiana por la mañana; predicación y catequesis; iglesia siempre abierta a todos; escucha de las confesiones; oración y adoración del Santísimo. Era infatigable en el esperar a los penitentes. Durante el día visitaba a los enfermos y a los pobres de la parroquia. Sus preocupaciones –dicen los testigos– eran los marginados, los humildes, los niños de la calle. Hace de la Eucaristía el alma de su acción apostólica. Invita a los fieles a comulgar cotidianamente, a hacer frecuentes visitas a la iglesia, a participar en los turnos de adoración nocturna.

El 20 de junio de 1906 en Huelva tiene lugar la procesión de san Sebastián patrono de la ciudad. Durante el desfile, algunos muchachos comenzaron a blasfemar. Fue grande la molestia de don Manuel, el cual, sin embargo, se dio cuenta de que no era la malicia, sino la ignorancia religiosa el origen de aquella actitud sacrílega. Concibió entonces la idea de abrir una escuela para los niños de la calle. Restaura la iglesia de San Francisco, medio abandonada, y el 17 de noviembre de 1906 pone el Santísimo Sacramento, dando así inicio a la catequesis. Otras escuelas fueron abiertas en el santuario de Nuestra Señora de la Cinta (a dos kilómetros de Huelva), en el barrio del Polvorín (cerca del convento franciscano de La Rábida), en la cuesta del Carnicero. En poco tiempo recoge e instruye a más de mil niños.

Para sostener la iniciativa cuenta con un grupo de jóvenes, a los que provee económicamente, llamando a la puerta de ricos generosos. Distribuye hojas con la invitación a ir a la iglesia. En 1908 organiza escuelas dominicales para las chicas y escuelas nocturnas para los obreros. Se sirve de más de cuarenta maestros. Entretanto instituye casas de comida para los pobres.

Obviamente no faltaron dificultades de todo tipo, pero su lema era: «Trabajar como si el resultado dependiera solamente de ti; y tener confianza en Dios, como si el resultado dependiera exclusivamente de él» (ib., p. 33). Entre sus colaboradores, estaban los llamados «ángeles de la parroquia», que se dedicaban a visitar las casas, promover la frecuencia de los sacramentos y entronizar en las familias el sagrado Corazón de Jesús.

En las adversidades, como durante la larga huelga de los mineros de Riotinto o en las frecuentes inundaciones, es de los primeros en presentarse para ayudar; abre mesas de comida, distribuye ropa y limosnas, cuida a los pequeños. No descuida la pastoral vocacional y abre un pequeño seminario en una parte del campanario de la iglesia de San Pedro. Cuando fue obispo de Málaga sustituyó el costoso banquete oficial con la comida a más de tres mil niños pobres (cf. ib., p. 37).

Card. A. Amato, s.d.b.
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