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Editorial (febrero 2016)

17 febrero 2016

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de febrero de 2016.

«Belleza siempre antigua y siempre nueva»

Muchos de nuestros lectores habrán identificado, nada más leerla, al autor de la frase que da título a este artículo. Se trata de san Agustín, doctor de la Iglesia, obispo de Hipona y que vivió hace más de quince siglos. Sin embargo, es una máxima que nunca ha perdido actualidad, posiblemente porque se refiere a aquello que no pasa ni desaparece con el paso del tiempo: el anhelo de felicidad que anida en el corazón de cada ser humano, el deseo de una vida plena y realizada.


Si analizamos con profundidad aquello que más criticamos a nuestra sociedad, a los que nos rodean e incluso, aquello que no nos parece bien dentro de nosotros mismos, veremos esta raíz común: buscar la felicidad por caminos equivocados, quizá siguiendo senderos inhóspitos y lúgubres que no conducen a la vida sino que, por el contrario, más de una vez hacen daño a quien lo transita e incluso a quienes están a su lado.

El hombre es un ser en continua búsqueda. Y, curiosamente, también su Creador. Dios, a cada instante, se acerca al ser humano porque desea darle lo que tanto anhela. Los santos, en este sentido, se han distinguido porque nunca cejaron en su búsqueda y porque finalmente encontraron, no sin tropiezos, el camino hacia la felicidad plena, el de la Verdad.

El Año de la Misericordia que estamos celebrando quiere ser una posibilidad real de encaminar nuestros pasos por la senda hacia el que es el Camino, la Verdad y la Vida. Tal como lo ha expresado el papa Francisco, se trata de que podamos tener una «genuina experiencia de la misericordia de Dios, la cual va al encuentro de todos con el rostro del Padre que acoge y perdona, olvidando completamente el pecado cometido» (Carta con la que se concede la indulgencia con ocasión del Jubileo extraordinario de la Misericordia).

El camino hacia la felicidad, aunque nos cueste aceptarlo, pasa por conocernos a nosotros mismos y conocer al que nos ha creado con infinito amor. Conocer a Dios ha sido la meta del pueblo de Israel y la de todos los hombres y mujeres que han poblado el planeta. Solo el conocimiento de Dios es generador de libertad y propulsor de la paz personal, es decir, una existencia realizada.

Dios jamás pone trabas a este anhelo, al contrario, como el Padre de la parábola del hijo pródigo sale él primero a nuestro encuentro para mostrársenos, para dársenos. Sin embargo, Dios es mucho más de lo que podamos expresar con palabras, es inabarcable e inasible y, si bien mucho pueden ayudarnos las palabras de quienes se hayan encontrado con Él, es menester que tengamos nuestra propia experiencia de encuentro con el Señor.

La imagen que tengamos de Dios nos puede haber llegado de muchas formas: a través de la catequesis, de la enseñanza de nuestros familiares o amigos o por el testimonio de otros creyentes. Este Año de la Misericordia se nos presenta como ocasión propicia para que descubramos el verdadero rostro de Dios, el que realmente lo define y describe. Un rostro que, como afirmaba tan certeramente san Agustín, posee una hermosura que nos atrae y plenifica, una hermosura que es siempre antigua, existente desde siempre, y siempre nueva, porque para cada uno de nosotros, sus hijos amados, quiere darse por completo y acogernos con amor.

Que este Año de la Misericordia nos lleve a descubrir el verdadero rostro de Dios, el de la misericordia sin límites. Y nuestra vida se convierta, así, en perenne Magníficat. «

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