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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (marzo 2016)

8 marzo 2016

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de marzo de 2016.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad por tu inmensa compasión borra mi culpa

«La Cuaresma de este Año Jubilar ha de ser vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios. ¡Cuántas páginas de la Sagrada Escritura pueden ser meditadas en las semanas de Cuaresma para redescubrir el rostro misericordioso del Padre!» (Misericordiae vultus, 17).


Entre esas páginas de la Sagrada Escritura que hemos de meditar con hondura y familiaridad en esta Cuaresma destaca el Libro de los Salmos. El Salterio está repleto de salmos que cantan la misericordia divina; salmos que comunican la experiencia orante del pueblo de la Antigua Alianza; salmos que expresan toda la riqueza de la palabra misericordia: compasión, clemencia, perdón, ternura, gracia, bendición, indulgencia, benevolencia, amor. Muestran las entrañas maternas de Dios; un Dios que se conmueve ante sus hijos, hasta el punto de perdonar siempre cuando se acude a Él con un corazón quebrantado y humillado.

Entre todos los Salmos penitenciales destaca el Miserere (Salmo 51), que la Iglesia reza todos los viernes del año en la oración de Laudes. El Miserere, salmo penitencial por excelencia, es una de las oraciones más bellas del Salterio, un canto al perdón que recibe el pecador arrepentido. Es la más profunda meditación sobre la culpa y la gracia.

«La tradición judía puso este salmo en labios de David, impulsado a la penitencia por las severas palabras del profeta Natán, que le reprochaba el adulterio cometido con Betsabé y el asesinato de su marido, Urías. Sin embargo, el salmo se enriquece en los siglos sucesivos con la oración de otros muchos pecadores, que recuperan los temas del corazón nuevo y del Espíritu de Dios infundido en el hombre redimido, según la enseñanza de los profetas Jeremías y Ezequiel», decía san Juan Pablo II, comentando este salmo (Audiencia, 24/10/2001).

En esa catequesis, el papa polaco presenta los tres términos hebreos utilizados en este salmo para definir qué es el pecado: el pecado es una aberración que nos lleva lejos de Dios y, por consiguiente, también del prójimo; el pecado es una desviación tortuosa del camino. Es la inversión, la distorsión, la deformación del bien y del mal; el pecado es la rebelión del súbdito con respecto al soberano, y, por tanto, un claro reto dirigido a Dios y a su proyecto para la historia humana.

Ante esta realidad del pecado, el salmista expresa la convicción del perdón divino que «limpia mi pecado; borra del todo mi delito; lávame: quedaré más blanco que la nieve». La misericordia de Dios transforma al pecador en una criatura nueva, con lengua, labios y corazón transfigurados: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme».

La espiritualidad de este salmo de la misericordia se ha prolongado hasta hoy en la Iglesia. El papa Francisco, en la bula Misericordiae vultus, nos pide «que nuestra plegaria se extienda también a tantos santos y beatos que hicieron de la misericordia su misión de vida. En particular, el pensamiento se dirige a la gran apóstol de la misericordia, santa Faustina Kowalska» (MV 24).

Oremos juntos
«Oh Dios de gran misericordia, bondad infinita, hoy toda la humanidad clama, desde el abismo de su miseria, a tu misericordia, a tu compasión, oh Dios. Y grita con la potente voz de la miseria. Dios indulgente, no rechaces la oración de los desterrados de esta tierra.

Oh Señor, bondad inconcebible que conoces perfectamente nuestra miseria y sabes que por nuestras propias fuerzas no podemos descender hasta ti, te imploramos, anticípanos tu gracia y multiplica incesantemente tu misericordia en nosotros para que cumplamos fielmente tu santa voluntad a lo largo de nuestra vida y a la hora de la muerte.

Que la omnipotencia de tu misericordia nos proteja de las flechas de los enemigos de nuestra salvación, para que con confianza, como tus hijos, esperemos tu última venida, ese día que conoces solo tú.

Y a pesar de toda nuestra miseria, esperamos recibir todo lo que Jesús nos ha prometido, porque Jesús es nuestra esperanza. A través de su Corazón misericordioso, como a través de una puerta abierta, entramos en el cielo» (Santa Faustina Kowalska, Diario, n. 1570).

Para meditar
«Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado» (vv. 3-4).

Estas palabras expresan el estado de ánimo de la persona orante que se sabe pecador, cuántas veces se ha alejado de Dios y cómo ha necesitado volver a Él reconociendo su miseria, invocando su misericordia, experimentando su perdón. Esta exclamación nos adentra, también hoy, a cada uno de nosotros en el reconocimiento del mal cometido, en la realidad de esclavitud que trae el pecado, en la ruptura con el amor divino. Esta primera estrofa del salmo nos impulsa a confiar en la infinita misericordia de Dios, porque la experiencia del perdón no es meramente psicológica, sino mucho más profunda. Es una transformación total del penitente que acude con humildad ante la grandeza y la compasión de Dios: ¡por tu inmensa compasión borra mi culpa! El pecado es traición a Dios. El arrepentimiento es camino de vuelta a los brazos del Padre, como lo expresa el hijo pródigo en la parábola: «Padre, he pecado contra el cielo (es decir, contra Dios) y contra ti» (Lc 15,21).

«Renuévame por dentro con espíritu firme; no me quites tu santo espíritu; afiánzame con espíritu generoso» (vv. 12.13.14).

Tres veces resuena la palabra «espíritu», don de Dios acogido por el penitente arrepentido de su pecado; invocación del Espíritu que penetra en el alma del fiel, infundiendo en él una nueva vida, elevándolo del reino del pecado al cielo de la gracia.

Esta triple mención del Espíritu obra en el creyente una nueva creación; renueva, transfigura y transforma al pecador arrepentido en una persona llena de alegría, fruto de la conversión que ha actuado en él. «El hombre, animado por el Espíritu divino, se encamina ya por la senda de la justicia y del amor, como reza otro salmo: “Enséñame a cumplir tu voluntad, ya que tú eres mi Dios. Tu espíritu, que es bueno, me guíe por tierra llana” (Sal 142,10)» (san Juan Pablo II, Audiencia, 4/12/2002).

Escuchemos al beato Manuel González
Crear un corazón puro, nuevo, transformado, que renueve enteramente al pecador que suplica perdón, solo puede ser obra de Dios: «Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne» (Ez 36,26). Toda la iniciativa la lleva Dios; toda la acción es suya. De nosotros espera que nos dejemos purificar, limpiar, convertir, para ser criaturas nuevas. Así lo vivía el beato Manuel González:

«Corazón puro, conciencia buena y fe no fingida, he aquí en frases de san Pablo, las tres raíces del fruto más rico y duradero que un cristiano y un apóstol deben dar de sí.

Corazón puro, es decir, corazón que todo lo ama por Jesús y para el y que a través de todos los amores pasa para descansar solo en el de Jesús, ¡no quiere amores opacos!

Conciencia buena, que inclina al alma a no tener más normas de acción que esta: hacer lo que gusta a Jesús, no hacer lo que le disgusta, cueste lo que cueste.

Fe no fingida, que cree sinceramente en todo el catecismo vivo; esto es, creer en un “creo en Dios Padre vivo, en un Dios Hijo vivo en el cielo, en el Sagrario y en la Iglesia, y en un Espíritu Santo vivo y vivificante en todos los dogmas”» (OO.CC. II, n. 3141).

D. Manuel, como tantos otros santos, nos invita a mirar a Cristo Crucificado y contemplar cuántas maravillas ha obrado el Cordero de Dios muriendo en la Cruz, dando la vida por todos los hombres, liberándonos del pecado y de la muerte, abriéndonos las puertas del Paraíso como le prometió al buen ladrón en el Calvario: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). La Cruz es la fuente inagotable de la misericordia divina:

«Si dedicáramos los ratos que llamamos perdidos a mirar a nuestro crucifijo o a la Cruz que en tantas ocasiones nos salta a la vista, oiríamos que nos pide a nosotros, tan rebeldes y tan locos por la libertad, una triple sumisión: la del entendimiento por la fe, la de la voluntad por la abnegación y la de la sensibilidad por el sacrificio. Bien mirada la Cruz, representa toda una doctrina de la que ella es su rúbrica de sangre, una ley de la que es sanación y un sacrificio del que es altar… ¡Si miráramos y oyéramos despacio y en paz nuestro crucifijo! ¡Lo que aprenderíamos!» (OO.CC. II, n. 3146).

Oración final (de santa Faustina Kowalska)
«Oh Jesús mío, vida de mi alma, vida mía, Salvador mío, mi dulcísimo esposo y a la vez mi juez, tú sabes que en esta última hora no contaré con ningún mérito mío, sino únicamente con tu misericordia. Ya desde hoy me sumerjo toda en este abismo de tu misericordia que siempre está abierta para cada alma».

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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