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Con mirada eucarística (marzo 2016)

9 marzo 2016

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de marzo 2016.

Yo soy María de los Sagrarios

La preocupación por el Sagrario abandonado le llevó al beato Manuel González, entre otras cosas, a una ingente labor fundadora. Así, el 4 de marzo de 1910 fundó las Marías de los Sagrarios. Acabamos de celebrarlo un año más y nos seguimos preguntando, después de tantos años de existencia, qué sentido tiene ser hoy, en 2016, María del Sagrario.


La historia nos demuestra que no hay pueblo sin religión. El ser humano es, por naturaleza, un ser religioso que busca explicación a su vida y a su muerte en otra dimensión distinta a la que alcanza su razón. Para muestra, un botón: la civilización egipcia que nos ha llegado nos afirma su fe incontestable en la trascendencia.

El rostro de Dios
El hombre, creado por Dios, ha buscado apasionadamente las respuestas definitivas a sus preguntas, imaginando a Dios de una u otra forma, creando incluso a sus propios dioses. Pero un día Dios quiso manifestarse, quiso revelarse al género humano a través de un diminuto pueblo elegido, el pueblo de Israel. Y nació en Belén.

Tal nacimiento fue el acontecimiento más transformador, y lo sigue siendo, porque gracias a él conocemos el rostro de Dios y sabemos cómo se llama: Jesús de Nazaret. Dios ha tenido la gentileza, queríamos decir la gracia, de que nosotros los humanos lo conozcamos sin tapujos, sin intermediarios, sin sombras. Y esta experiencia de conocerlo es la experiencia más reconfortante, más bella, más vital.

Quien conoce a Dios posee la mayor fuerza. Y aquí nos aparecen las Marías, las que siguieron a Jesús en toda la geografía de Palestina escuchando sus enseñanzas, las que le lavaban los pies, las que le daban hospitalidad en Betania, las que le acompañaron siempre y nunca lo abandonaron, como demuestra su presencia en la terrible agonía del Calvario.

Conocen a Jesús presente en la Eucaristía, donde muere y resucita eternamente, conocen a Jesús que habita por siempre en un Sagrario. Y porque conocen a Jesús, las Marías del Sagrario lo aman.

Testigos del amor
Es nuestra sociedad una sociedad secularizada, en el sentido de que prescinde cada vez más de Dios como motor de las actuaciones. Incluso se inventan términos como el laicismo activo para mostrar, bajo el señuelo de una sana tolerancia, la superioridad del hecho laico con respecto al hecho religioso, siendo así –y este es su gran contrasentido– que la base en que se fundamenta nuestra organización social es la herencia cristiana. Curioso: nuestra sociedad occidental europea aparta al Cristo que, en sus cimientos, la sustenta y da sentido.

Todos los valores de las democracias han sido y son posibles merced a la ideología judeo–cristiana. Entre ellos, el valor de la libertad que hace posible la práctica de los distintos credos religiosos, aunque hay algo todavía más peligroso. Lo peligroso es que se quiera relegar la práctica religiosa al ámbito de lo privado, al ámbito de la intimidad, borrando cualquier vestigio cristiano de toda actividad pública. Otro contrasentido más que propugna más o menos esto: tú puedes ser cristiano en privado, pero en público hay que ser laico.

Y aquí aparece claramente, más que nunca, el sentido de las Marías de los Sagrarios: ser testigos públicos de lo que ellas conocen tan bien porque lo han experimentado, ser testigos del amor de Dios. El amor no es cosa privada, es el motor que mueve al universo entero, y hay que proclamarlo a tiempo y a destiempo, cada cual en la ciudad o en el pueblo donde vive, el sitio donde trabaja, en la casa, en la plaza, en las calles, en los centros comerciales, en el tren o el autobús, en todos los lugares…incluso aunque estemos cansados y sin fuerzas. Ellas, las Marías, saben que la fuerza viene de un Sagrario.

Dar testimonio
Y puesto que se es testigo, como consecuencia hay que dar también testimonio. Esta sociedad descreída está necesitada de que alguien le dé algún puñadico de fe. Hemos avanzado muchísimo, sobre todo desde el punto de vista de la técnica. Tenemos los mejores y más rápidos medios de transporte, estamos en posesión de los móviles de última generación que nos comunican al instante con todos, tenemos hospitales con el instrumental más novedoso para la exploración y las operaciones…Pero curiosamente no sabemos exactamente a dónde ir; en lugar de comunicarnos somos presa de la soledad más espantosa, y encima nadie nos cura de la angustia de vivir. Y ahí están las Marías de los Sagrarios, para llevar la fe que da consuelo, la fe en el más allá.

Es esta una sociedad que no se soporta (hay más divorcios que matrimonios), una sociedad que se mata (se mata por creencias, por raza, por sexo, hasta sin motivo), una sociedad que los humanos hacemos injusta (media humanidad pasando hambre por régimen de adelgazamiento y la otra media también, pero por no tener qué comer), una sociedad que no atisba finales felices, que vive en hipocresías continuas, una sociedad, en fin, desesperanzada… Si conocieran el amor de Dios, si conociéramos el amor de Dios. Y ahí están las Marías de los Sagrarios, para dar una palabra al que lo necesita, acompañar al que está solo, llevar un bocado de alimento a una boca hambrienta, proporcionar una razón al que no tiene ninguna, poner con humildad la verdad en la mentira, llevar un vientecillo de esperanza… Ellas saben que todo esto se encuentra gratis encerrado en un Sagrario.

«Yo soy María de los Sagrarios», dice Teresa. Y Lucrecio contesta: «Y yo María consorte».

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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