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Viaje apostólico a México, 12-18 de febrero

18 marzo 2016

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de marzo de 2016.

Es posible escribir una nueva historia

«He querido celebrar con ustedes (los detenidos en el Centro de Readaptación social de Ciudad Juárez) el Jubileo de la misericordia para que quede claro que eso no quiere decir que no haya posibilidad de escribir una nueva historia, una nueva historia hacia delante». Estas palabras del papa Francisco en la última jornada de su viaje pastoral a México condensan el mensaje que deseaba hacer llegar a cada corazón.


Un viaje enmarcado dentro del Año jubilar de la misericordia; un viaje inaugurado con una escala significativa: Cuba, a donde acudió para reunirse con el Patriarca Kiril de Moscú y de todas las Rusias. Ciertamente, este encuentro esperanzador proclama que «es posible escribir una nueva historia» entre los cristianos.

¡Es posible! Sí, es posible hacer todo nuevo porque «Con Jesús y en Jesús es posible un reino que sabe a vida compartida», dijo a las familias. «De la mano de Jesucristo es posible vivir a fondo, de su mano es posible creer que la vida vale la pena, que vale la pena dar lo mejor de sí, ser fermento, ser sal y luz en medio de los amigos», dijo a los jóvenes.

Unidad en camino
Parecía que nunca iba a llegar. Una vez más, tomamos conciencia de que Dios tiene sus tiempos y, además, tiene en cuenta el lento caminar del hombre. Para los cristianos el 12 de febrero de 2016 ha quedado marcado por el deseado encuentro entre el sucesor de Pedro y el patriarca de Moscú en La Habana, «encrucijada entre el Norte y el Sur, el Este y el Oeste; símbolo de las esperanzas del “Nuevo Mundo” y de los dramáticos acontecimientos de la historia del siglo XX». Después del encuentro, el papa Francisco expresó así sus sentimientos ante los periodistas:

«Con el Patriarca Kiril ha sido una conversación entre hermanos. Hemos hablado de puntos claros, que nos preocupan a los dos. Con toda franqueza. Yo me he sentido en la presencia de un hermano, y él también me ha dicho lo mismo. Dos obispos que, en primer lugar, hablan de la situación de sus Iglesias; y en segundo lugar, de la situación del mundo, de las guerras y de la situación de la Ortodoxia. Les digo que sentía una alegría interior que era precisamente del Señor. Él hablaba libremente y también yo hablaba libremente. Se ha hecho un programa de posibles actividades en común, porque la unidad se hace caminando… que al menos el Señor, cuando venga, nos encuentre caminando. Después, hemos firmado esta Declaración. No es una Declaración política, no es una Declaración sociológica, es una Declaración pastoral… de dos obispos que se han encontrado con inquietud pastoral».

Mirada de ternura
Al atardecer del día 12, el pueblo mexicano, gozoso y agradecido, acogió de modo entrañable al «misionero de la misericordia y de la paz», como rezaba el lema de este viaje. La intensa jornada siguiente se inauguró con la Ceremonia oficial de bienvenida; siguió la visita al Presidente de la República, el encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático, el encuentro con los obispos de México y culminó con la Santa Misa en la Basílica de Guadalupe.

A sus hermanos obispos les pidió, ante todo, una mirada de ternura. Así les dijo: «La Virgen Morenita nos enseña que la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, aquello que abre y desencadena no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia».

Silencio ante la Morenita
Ante la Virgen de Guadalupe el papa se postró largamente en silencio orante. Era el encuentro con la Madre. La miró y se dejó mirar por Ella. Tenía tanto que confiarle. Luego, durante la homilía, exhortó a todos: «Escuchamos cómo María fue al encuentro de su prima Isabel. Sin demoras, sin dudas, sin lentitud va a acompañar a su pariente que estaba en los últimos meses de embarazo.

El encuentro con el ángel a María no la detuvo, porque no se sintió privilegiada, ni que tenía que apartarse de la vida de los suyos. Al contrario, reavivó y puso en movimiento una actitud por la que María es y será reconocida siempre como la mujer del “sí”, un sí de entrega a Dios y, en el mismo momento, un sí de entrega a sus hermanos. Es el sí que la puso en movimiento para dar lo mejor de ella yendo en camino al encuentro con los demás. (…)

¿Acaso no soy yo tu madre? ¿Acaso no estoy yo aquí?, nos vuelve a decir María. Ayúdame a levantar la vida de mis hijos, que son tus hermanos».

Padre de una gran familia
El domingo 14 celebró la Eucaristía el Centro de Estudios de Ecatepec, visitó el Hospital pediátrico y tuvo un encuentro con el mundo de la cultura. En la homilía, comentando las lecturas del I Domingo de Cuaresma, les dijo:

«Nuestro Padre es el Padre de una gran familia, es nuestro Padre. Sabe tener un amor único, pero no sabe criar “hijos únicos”. Es un Dios que sabe de hogar, de hermandad, de pan partido y compartido. Es el Dios del Padre nuestro, no del “padre mío” y “padrastro vuestro”.
En cada uno de nosotros anida, vive, ese sueño de Dios que en cada Pascua, en cada Eucaristía lo volvemos a celebrar, somos hijos de Dios. Sueño con el que han vivido tantos hermanos nuestros a lo largo y ancho de la historia. Sueño testimoniado por la sangre de tantos mártires de ayer y de hoy. (…)

Que en esta Eucaristía el Espíritu Santo renueve en nosotros la certeza de que su nombre es misericordia, y nos haga experimentar cada día que “el Evangelio llena el corazón y la vida de los que se encuentran con Jesús”, sabiendo que con Él y en Él “siempre nace y renace la alegría” (EG 1)».

Nueva lógica de Dios
Particularmente esperada era su visita al sur del país. El día 15 celebró la Eucaristía con las comunidades indígenas de Chiapas en San Cristóbal de las Casas; al final de la celebración se presentaron las nuevas traducciones de la Biblia a tres de las lengua indígenas.

Ese mismo día, en la tarde, tuvo lugar el encuentro con las familias en Tuxtla Gutiérrez. A ellas les animó así: «Nuestro Padre Dios no sabe hacer otra cosa que querernos y echarnos ganas, y empujarnos, y llevarnos adelante, no sabe hacer otra cosa, porque su nombre es amor, su nombre es donación, su nombre es entrega, su nombre es misericordia. Eso nos lo ha manifestado con toda fuerza y claridad en Jesús, su Hijo, que se la jugó hasta el extremo para volver a hacer posible el Reino de Dios.

Un Reino que nos invita a participar de esa nueva lógica, que pone en movimiento una dinámica capaz de abrir los cielos, capaz de abrir nuestros corazones, nuestras mentes, nuestras manos y desafiarnos con nuevos horizontes. Un reino que sabe de familia, que sabe de vida compartida. En Jesús y con Jesús ese reino es posible. Él es capaz de transformar nuestras miradas, nuestras actitudes, nuestros sentimientos, muchas veces aguados, en vino de fiesta. Él es capaz de sanar nuestros corazones e invitarnos una y otra vez, setenta veces siete, a volver a empezar. Él es capaz de hacer siempre todas las cosas nuevas».

No huir ante los desafíos
Morelia, capital del Estado de Michoacán y antigua Valladolid (1545-1828), fue el escenario de dos grandes eventos el día 16: la Santa Misa con sacerdotes, consagrados y seminaristas, y el encuentro con los jóvenes.

Durante la homilía, les recordó: «Nuestra primera llamada es a hacer experiencia del amor misericordioso del Padre en nuestra vida, en nuestra historia. Su primera llamada es a introducirnos en esa nueva dinámica de amor, de filiación. Nuestra primera llamada es aprender a decir “Padre nuestro”. Ay de nosotros si no la compartimos, ay de nosotros si no somos testigos de lo que hemos visto y oído, ay de nosotros… No queremos ser funcionarios de lo divino, no somos ni queremos ser nunca empleados de la empresa de Dios, porque somos invitados a participar de su vida, somos invitados a introducirnos en su corazón, un corazón que reza y vive diciendo: “Padre nuestro”. ¿Y qué es la misión sino decir con nuestra vida “Padre nuestro”?

A este Padre nuestro es a quien rezamos con insistencia todos los días. Y, ¿qué le decimos en una de esas invocaciones? No nos dejes caer en la tentación. El mismo Jesús lo hizo. Él rezó para que sus discípulos —de ayer y de hoy— no cayéramos en la tentación. ¿Cuál puede ser una de las tentaciones que nos pueden asediar? ¿Qué tentación nos puede venir de ambientes muchas veces dominados por la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, el desprecio por la dignidad de la persona, la indiferencia ante el sufrimiento y la precariedad?

¿Qué tentación podemos tener nosotros, una y otra vez, frente a esta realidad que parece haberse convertido en un sistema inamovible? Creo que la podríamos resumir con una sola palabra: resignación. Y frente a esta realidad nos puede ganar una de las armas preferidas del demonio, la resignación. Una resignación que nos paraliza, una resignación que nos impide no solo caminar, sino también hacer camino; una resignación que no solo nos atemoriza, sino que nos atrinchera en aparentes seguridades; una resignación que no solo nos impide anunciar, sino que nos impide alabar, nos quita la alegría, el gozo de la alabanza. Una resignación que no solo nos impide proyectar, sino que nos frena para arriesgar y transformar. Por eso, Padre nuestro, no nos dejes caer en la tentación».

La mano de Jesucristo
También a los jóvenes les habló con determinación, invitándoles a no soltarse de la mano de Jesucristo y a tenderse la mano unos a otros.

«Me han pedido una palabra de esperanza, la que tengo para decirles, la que está en la base de todo, se llama Jesucristo. Cuando todo parezca pesado, cuando parezca que se nos viene el mundo encima, abracen su cruz, abrácenlo a Él y, por favor, nunca se suelten de su mano, aunque los esté llevando adelante arrastrando; y, si se caen una vez, déjense levantar por Él.

Los alpinistas tienen una canción muy linda, que a mí me gusta repetírsela a los jóvenes: “En el arte de ascender el triunfo no está en no caer sino en no permanecer caído”. Ese es el arte, y, ¿quién es el único que te puede agarrar de la mano para que no permanezcas caído?: Jesucristo, el único. Jesucristo que, a veces, te manda un hermano para que te hable y te ayude. No escondas tu mano cuando estás caído… solamente, déjate agarrar la mano y agárrate a esa mano.

Nunca se suelten de la mano de Jesucristo, nunca se aparten de Él; y, si se apartan, se levantan y sigan adelante, Él comprende lo que son estas cosas. Porque de la mano de Jesucristo es posible vivir a fondo, de su mano es posible creer que la vida vale la pena, que vale la pena dar lo mejor de sí, ser fermento, ser sal y luz en medio de los amigos, en medio del barrio, en medio de la comunidad, en medio de la familia.

Por esto, queridos amigos, de la mano de Jesús les pido que no se dejen excluir, no se dejen desvalorizar, no se dejen tratar como mercancía. Jesús nos dio un consejo para esto: “Sean astutos como serpientes y humildes como palomas”. Las dos virtudes juntas. A los jóvenes viveza no les falta, a veces les falta la astucia para que no sean ingenuos. Las dos cosas: astutos pero sencillos, bondadosos».

Frenar la violencia
La última jornada, el miércoles 17, transcurrió en el norte del país, en los confines con Estados Unidos. En Ciudad Juárez: emblema de dolorosos acontecimientos por la violencia que allí se vive, además de visitar el Centro de Readaptación Social, tuvo un encuentro con el mundo del trabajo y celebró la Santa Misa.

A los detenidos los alentó con estas palabras: «Ustedes sufren el dolor de la caída, sienten el arrepentimiento de sus actos y sé que, en tantos casos, entre grandes limitaciones, buscan rehacer esa vida desde la soledad.

Han conocido la fuerza del dolor y del pecado, no se olviden que también tienen a su alcance la fuerza de la resurrección, la fuerza de la misericordia divina que hace nuevas todas las cosas. Ahora les toca la parte más dura, más difícil, pero que posiblemente sea la que más fruto genere, luchen desde acá dentro por revertir las situaciones que generan más exclusión.

Hablen con los suyos, cuenten su experiencia, ayuden a frenar el círculo de la violencia y la exclusión. Quien ha sufrido el dolor al máximo, y que podríamos decir “experimentó el infierno”, puede volverse un profeta en la sociedad. Trabajen para que esta sociedad que usa y tira a la gente, no siga cobrándose víctimas».

Por y para nuestros hijos
Asimismo, a los trabajadores les animó así: «¿Qué mundo queremos dejarles a nuestros hijos? Creo que en esto la gran mayoría podemos coincidir. Este es precisamente nuestro horizonte, esa es nuestra meta y, por ello, hoy tenemos que unirnos y trabajar.

Siempre es bueno pensar qué me gustaría dejarles a mis hijos; y también es una buena medida para pensar en los hijos de los demás. ¿Qué quiere dejar México a sus hijos? ¿Quiere dejarles una memoria de explotación, de salarios insuficientes, de acoso laboral o de tráfico de trabajo esclavo? ¿O quiere dejarles la cultura de la memoria de trabajo digno, de techo decoroso y de la tierra para trabajar?

Las tres “T”: Trabajo, Techo y Tierra. ¿En qué cultura queremos ver nacer a los que nos seguirán? ¿Qué atmósfera van a respirar? ¿Un aire viciado por la corrupción, la violencia, la inseguridad y desconfianza o, por el contrario, un aire capaz de generar alternativas, generar renovación o cambio? Generar es ser co-creadores con Dios. Claro».

Rostro sufriente del hermano
Como colofón, en torno al altar, el papa Francisco invitó a todos a la conversión para acoger la misericordia de Dios Padre: «Que esta palabra suene con fuerza hoy entre nosotros, esta palabra es la voz que grita en el desierto y nos invita a la conversión. En este Año de la misericordia, y en este lugar, quiero con ustedes implorar la misericordia divina, quiero pedir con ustedes el don de las lágrimas, el don de la conversión.

Aquí, en Ciudad Juárez, como en otras zonas fronterizas, se concentran miles de migrantes de Centroamérica y otros países, sin olvidar tantos mexicanos que también buscan pasar “al otro lado”. Un paso, un camino, cargado de terribles injusticias: esclavizados, secuestrados, extorsionados, muchos hermanos nuestros son fruto del negocio del tráfico humano, de la trata de personas. Esta tragedia humana que representa la migración forzada hoy en día es un fenómeno global.

Esta crisis, que se puede medir en cifras, nosotros queremos medirla por nombres, por historias, por familias. Son hermanos y hermanas que salen expulsados por la pobreza y la violencia, por el narcotráfico y el crimen organizado. Frente a tantos vacíos legales, se tiende una red que atrapa y destruye siempre a los más pobres. No solo sufren la pobreza sino que además tienen que sufrir todas estas formas de violencia.

Pidámosle a nuestro Dios el don de la conversión, el don de las lágrimas, pidámosle tener el corazón abierto a su llamado en el rostro sufriente de tantos hombres y mujeres. ¡No más muerte ni explotación! Siempre hay tiempo de cambiar, siempre hay una salida y siempre hay una oportunidad, siempre hay tiempo de implorar la misericordia del Padre».

Benedicto XVI y Juan Pablo II
Durante el vuelo de regreso a Roma, de nuevo el papa se reunió con los periodistas de todo el mundo que le acompañaron en este viaje. Respondió a todas sus preguntas, sin eludir ningún tema. En ese contexto, respondiendo a cómo ha actuado la Iglesia en casos de abusos, hay que destacar sus palabras sobre el papa emérito Benedicto XVI:

«Me permito rendir un homenaje al hombre que luchó en momentos que no tenía fuerza para imponerse hasta que logró imponer… el cardenal Ratzinger (aplausos), sí, un aplauso para él. Es un hombre que tuvo toda la documentación. Siendo prefecto de la Doctrina de la Fe tuvo todo en sus manos. Hizo las investigaciones y llegó… y no pudo ir más allá en la ejecución. Pero, si ustedes se acuerdan, diez días antes de morir san Juan Pablo II, en aquel Vía Crucis del Viernes Santo le dijo a toda la Iglesia que había que limpiar las porquerías de la Iglesia. Y en la Misa pro Eligendo Pontifice dijo exactamente lo mismo. O sea, fue el valiente que ayudó a tantos a abrir esta puerta. Así que lo quiero recordar porque a veces nos olvidamos de estos trabajos escondidos que fueron los que prepararon los cimientos».

También le preguntaron sobre la amistad entre san Juan Pablo II y una filósofa, a raíz de la correspondencia entre ellos recientemente publicada. Igualmente claro y directo fue al respecto: «Conocía esta relación de amistad… Era una cosa que se sabía. Juan Pablo II era un hombre inquieto y diré que un hombre que no sabe tener una buena relación de amistad con una mujer es un hombre que le falta alguna cosa.

Y yo, por experiencia propia, cuando pido un consejo a un colaborador o a un amigo, me gusta también escuchar el parecer de una mujer. Y te da mucha riqueza. Miran las cosas de otro modo. (…) Una amistad con una mujer no es pecado. Es amistad.

También el papa puede tener una amistad sana, santa con una mujer. Hay santos amigos: Francisco y Clara, Teresa y san Juan de la Cruz. No hay que asustarse, pero las mujeres todavía no están bien consideradas. No hemos entendido totalmente el bien que una mujer puede hacer a la vida del cura y de la Iglesia, en un sentido de consejo de ayuda, de sana amistad».

Ana Mª Fernández Herrero, m.e.n.
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