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Ponencia del Card. Angelo Amato en el I Congreso Eucarístico Internacional Beato Manuel González (II)

24 marzo 2016

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de marzo de 2016.

Guía y modelo de santidad eucarística (II)

La ponencia inaugural del I Congreso Internacional Beato Manuel González estuvo a cargo del cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Ofrecemos en este número de El Granito la segunda y última parte de su intervención.


La gran profusión de obras del beato Manuel y el modo con que sobrellevaba las dificultades se debían a su extraordinario ardor eucarístico. Dice un testigo: «Lo vi muchas veces y muchas horas delante del Sagrario… Cuando se le encontraba ante el Santísimo, edificaba muchísimo y aumentaba el espíritu de fe de quien lo veía. Decía la santa Misa con tal devoción, que de un modo especial se le veía endiosado desde el prefacio. Su Misa era algo especial, como si tocase o viese al Señor en las sagradas especies» («Informatio», en Positio super virtutibus, p. 123).

Otro añade: «Se pasaba largas horas delante del Sagrario, diciendo que iba a ver al Amigo. Para la santa Misa se preparaba con exquisito cuidado… la acción de gracias también era devota y a veces larga» (Id.).

Su espiritualidad eucarística
Impresionaba su espíritu de oración y la intimidad con Dios manifestada en la adoración del Santísimo y en la celebración de la santa Misa. Verlo celebrar era ya una homilía.

Este amor eucarístico lo transmitía a los fieles, invitados a hacer frecuentes visitas al Sagrario. Quería que el Señor no permaneciese nunca solo. Por ello organizaba turnos de vigilia eucarística reservados a los niños, a los jóvenes y a los adultos, y también adoraciones nocturnas. Invitaba a rezar mucho por los pecadores. Su vida parecía una continua adoración eucarística. Cuando era párroco de Huelva, después de haber abierto la Iglesia, iba a rezar ante el Sagrario y allí se pasaba muchas horas. Durante su estancia en Madrid, los que iban a visitarlo estaban seguros de encontrarlo en la iglesia, de encontrarlo allí. La misma pasión eucarística demostró como obispo de Palencia.

La piedad eucarística era su carisma, la constante de su vida. Parecía que viese y tocase al Señor. Su conversación eucarística la revertía en las palabras, en las fundaciones, en los escritos. Era un verdadero apóstol de la Eucaristía. Era verdaderamente el sacerdote y el obispo de los Sagrarios abandonados.

En una oración al Corazón de Jesús se expresa así: «Tu corona, mi corona; tu cruz, mi trono; tu palabra, mi ciencia; tu carne, mi comida; tu mirada, mi placer; tu mano, mi protección; tu Sagrario abandonado, mi nido de amor; tu vida, muerte de mi amor propio; tu muerte, mi vida, Corazón de Jesús Sacramentado»(Ib., p. 125).

La entrega total a la Eucaristía era una exigencia para encontrar a los hermanos con espíritu de donación, viendo en los rostros de los marginados y abandonados el rostro escondido de Cristo eucarístico.

Hacer compañía a Jesús era su compromiso cotidiano. En el coloquio con el Señor recibía iluminación y guía para la solución de los múltiples problemas pastorales, y apoyo y consuelo como alimento de su voluntad de bien. La Eucaristía era para él una obsesión saludable, un amor apasionado (cf. ib., p. 126; 129).

Lloraba lágrimas amargas cuando sucedían sacrilegios relacionados con la Eucaristía. Esta piedad eucarística no era una devoción inerte, sino dinámica, porque le daba extraordinarias energías espirituales para un apostolado a campo abierto. Tanto en la parroquia como en la diócesis su actividad y creatividad eran incansables. Se acercaba a los pobres, enseñaba el catecismo a los pequeños y a los grandes, predicaba, confesaba, aconsejaba, confortaba. Cuando no estaba ocupado en algo importante, se le encontraba rezando ante el Santísimo.

Amor a María y a la Iglesia
Un aspecto inseparable de una auténtica espiritualidad eucarística es la devoción mariana. El nexo entre María y la Eucaristía es el vínculo que hay entre madre e hijo: «Ave, verum corpus natum de Maria Virgine». Se trata de una relación profunda, porque María está siempre presente en la comunidad que celebra la Eucaristía. Si Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se debe decir del binomio María y Eucaristía.

En una famosa visión, san Juan Bosco vio al papa que guiaba la barca de la Iglesia en medio del mar tempestuoso de la historia. Muchos enemigos en pequeñas embarcaciones intentaban atacar la barca de Pedro para hundirla, pero sin lograrlo. De hecho, la barca de la Iglesia estaba anclada en dos sólidas columnas: la de la Eucaristía y la de María Inmaculada.

También nuestro beato, anclado en estas dos reales y eficaces presencias espirituales, pudo operar de modo particular en difundir la caridad de Dios entre el pueblo. De esta ejemplar espiritualidad eucarístico–mariana podemos extraer tres actitudes, tal como propuso san Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia.

La Eucaristía es ante todo una invitación a la obediencia a Jesús en la fe: «Si la Eucaristía es misterio de fe, que supera tanto nuestro intelecto que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser nuestro apoyo y guía en tal actitud» (EdE 54). En su vida, el beato Manuel González García recibió de la Eucaristía esa obediencia que lo hizo heroico en la fe. Hay una profunda analogía entre el fíat de la Virgen María y el amén del sacerdote y de los fieles en la Comunión, cuando están llamados a «creer que aquel mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano–divino en los signos del pan y del vino» (EdE 54).

Una segunda actitud eucarística es la del sacrificio. La Eucaristía es el sacrificio de nuestra redención. La heroica espiritualidad eucarística hizo a nuestro beato fuerte en las contrariedades y en las adversidades, logrando superar todo con una convencida comunión con el sacrificio de Cristo en la Eucaristía.

Una tercera actitud es la de la espiritualidad del Magníficat, desde el momento en que la Eucaristía es un cántico de alabanza y de acción de gracias. Como María, también el beato Manuel cantó en el Magníficat las maravillas del Señor. En la Eucaristía, de hecho, se tiene la anticipación de aquellos cielos nuevos y de aquella tierra nueva, meta última y gloriosa de la peregrinación terrena de la Iglesia. La espiritualidad eucarística del Magníficat hace desembarcar a los fieles en la orilla escatológica, dirigiendo nuestra mirada hacia la Jerusalén celestial.

La piedad eucarística, la conciencia de la presencia real de Cristo resucitado en el sacramento del altar, fue el paraíso en la tierra del beato Manuel.

Parecía que él viviera la experiencia de santa Teresa de Ávila, que decía: «Me parecía que Jesucristo caminase siempre a mi lado y, ya que no era una visión de la imaginación, no veía en qué forma, pero sentía claramente que estaba siempre a mi lado derecho y que era testigo de todo cuanto hacía, y nunca, si me recogía un poco o no estuviese muy distraída, podía ignorar que estaba cerca de mí» (Vida, 27,2).

Es la invitación que dirige a todos nosotros el papa Francisco cuando dice: «¡Qué dulce es estar ante el crucifijo o de rodillas ante el Santísimo, y simplemente estar delante de sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su nueva vida!» (EG 264).

Para el beato Manuel la mejor motivación para comunicar el Evangelio es contemplar a Jesús con amor, estar delante de Él presente en el Sagrario y leer en su corazón.

Para nosotros es urgente recuperar esta actitud contemplativa que permite donar con generosidad las riquezas del Corazón sacratísimo de Jesús. El sacerdote, el fiel, los miembros de la Familia Eucarística Reparadora, cada misionero del Evangelio «sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Siente a Jesús vivo junto a él en medio del compromiso misionero. Si uno no lo descubre presente… pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta la fuerza y la pasión» (EG 266).

Pero el beato Manuel González García era una persona convencida, entusiasta, segura, enamorada de Jesús Sacramentado y, por supuesto, era convincente y eficaz. Es esta la herencia, que deja a todos nosotros y, sobre todo, a sus hijos espirituales. Admirémoslo e imitémoslo.

Card. A. Amato, s.d.b.
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