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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (abril 2016)

3 abril 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2016.

«Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre»

«Cuando nuestro Sacerdote sumo, Jesús, consuma su Sacrificio en el altar de la Cruz, el Sacrificio que deja totalmente satisfecho a su Padre Dios, es Dios mismo quien se pone a agradecer y a glorificar e invita a sus criaturas a que agradezcan y glorifiquen a su Sacerdote y a su Hostia. “Te glorifico y siempre te he glorificado”» (OO.CC. II, n. 2563).

Es tiempo de Pascua, paso de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz, de la esclavitud a la libertad, de la mentira a la verdad… Cristo es nuestra Pascua. Lo que celebramos y vivimos en la Vigilia Pascual se prolonga durante cincuenta días, hasta Pentecostés. Es tiempo de cantar la gloria de Dios.

Cantar la gloria de Dios
El misterio del hombre solo se ilumina a la luz del misterio de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. El Señor Jesús, con su Resurrección, ha derrotado el pecado y la muerte, ha ido delante de nosotros para prepararnos sitio en la morada eterna, está sentado a la derecha del Padre intercediendo por nosotros, y, a la vez, se ha quedado con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Unidos a Él, nuestra Pascua y nuestra Paz definitiva, nuestra existencia adquiere sentido, luz, horizonte y meta. Sentido de dónde venimos y a dónde vamos; luz de quien es la Luz de los hombres, con su presencia y su victoria sobre la muerte; horizonte, porque Él camina a nuestro lado iluminándonos y sosteniéndonos: ¡Él es el Camino!; meta, porque Él es el Principio y el Fin de cuanto existe. Jesucristo, Víctima Pascual, Cordero que quita el pecado del mundo, nos invita a unirnos a Él en la glorificación permanente del Padre, como Él es glorificado por el Padre: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado» (Jn 17,1-2).

En este Año Jubilar de la Misericordia estamos llamados a glorificar al Padre en el Hijo, porque es eterna su misericordia. La glorificación que pide el Hijo al Padre en la oración sacerdotal es poder entregarse hasta la muerte, en obediencia a su voluntad y como sacrificio redentor en favor de todo el género humano: «Porque también Cristo sufrió su Pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conducirnos a Dios» (1P 3,18). En cada Eucaristía se actualiza este misterio de amor, este gesto único e irrepetible del sacrificio redentor de Cristo en la Cruz. Sí, ¡qué maravilla de amor hasta el extremo, qué negocio el del Padre: el Inocente por los culpables para conducirnos a la Vida Eterna!

Escuchemos al beato Manuel González
«Sí, sí, que se abran de par en par las puertas eternales, que el Cristo pontífice de los bienes futuros, después de habernos ganado (no por la sangre de los becerros, sino por su propia Sangre) la eterna redención, va a entrar por ellas» (OO.CC. II, n. 2561).

«Jesús dejó instituida la Misa, que no es otra cosa que el sacrificio de alabanza, o sea, la glorificación máxima de Dios por la alabanza que recibe de la oblación real del sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de su propio Hijo. Jesucristo ha confiado a su esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual en el cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria venidera» (OO.CC. I, n. 986).

Ante tanta belleza desbordada, ante tanto asombro por la entrega del Hijo en favor de los hombres, ante esa presencia vivísima del Resucitado en el pan eucarístico, ante tanto amor que se nos da cuando le recibimos al comulgar, solo cabe cantar sus maravillas:

«Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre. ¡Aleluya!» (Sal 116).

Oración inicial
Oh Dios de la gloria, que resucitaste a tu Hijo de entre los muertos, envía tu Espíritu para que no dejemos nunca de alabarte y bendecirte, de reconocer tu gloria en la entrega sacrificial de Jesucristo en la Cruz; gracias, Padre, porque tu amor es inagotable, tu justicia llega a todos los pueblos, tu fidelidad permanece para siempre, tu misericordia colma de ternura y compasión. PJNS.

Escuchamos la Palabra
«Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, poned al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido. Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén» (1P 4,10-11).

En gratuidad
Todo es don de Dios: la vida, la tierra, la familia, la fe, la pertenencia a la Iglesia, los sacramentos, la vocación a la que cada uno ha sido llamado. Si todo es don y todo lo hemos recibido gratis, así hemos de darlo: en pura gratuidad, poniendo nuestra vida, por entero, al servicio de los demás.

La fuerza de Dios capacita a todo bautizado para dar lo mejor de sí mismo. Dios no elige a los capaces, sino que capacita a los que elige. Pero nos pide dejarnos hacer, dejarnos modelar por sus dos manos: la Palabra y el Espíritu. Así recibe gloria el Padre: al cumplir nosotros su voluntad y poner todo nuestro ser al servicio de la familia de los hijos de Dios y de los más humildes (el hambriento, el sediento, el desnudo, el emigrante, el enfermo, el encarcelado).

Dar siempre gloria a Dios
Siguiendo los pasos del Maestro, negándonos a nosotros mismos, cargando con la cruz de cada día, damos gloria a Dios, como le dio gloria su Hijo entregado hasta la muerte, y muerte de cruz. El Hijo se anonadó para levantarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte, haciéndonos partícipes de su vida divina: «Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí» (Jn 6,57).

Participando de esa vida eucarística, vida divina, damos gloria al Padre en el Hijo y por el Hijo: «Porque la gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios. La vida divina entregada en el Hijo, en cada Eucaristía, nos adentra, más y más, en el misterio divino: «En efecto, si la revelación de Dios a través de la creación es causa de vida para todo los seres que viven en la tierra, mucho más lo será la manifestación del Padre por medio del Verbo para los que ven a Dios» (San Ireneo).

Escuchemos nuevamente al beato Manuel
«Gracias a Ti, gracias a tu Gracia, que se compadece de mi miseria, a pesar de todas esas excitaciones de mi naturaleza a que me ponga lejos de Ti, sé verte oculto con mis ojos cerrados; sé oírte callado con mis oídos sordos a todo ruido del mundo y de mis pasiones; sé sentirme a gusto a tu lado sin verte ni oírte; sé conocerte cada vez más y meterme más dentro de Ti y aficionarme más a vivir dentro que a volver a salir; sé que el Jesús callado, invisible e inmóvil del Sagrario es el Jesús mío, el Jesús de todos los que lo quieren buscar.

Jesús bueno, que la triste ciencia de mi barro, lejos de apartarme de Ti, me haga sentir más viva, más apremiante, la necesidad de Ti… Que nunca olvide yo que si barro con soplo de Dios fue mi padre Adán, barro con gracia tuya puede llegar a ser santo» (OO.CC. III, nn. 3164-3165).

Letanías a Jesús misericordioso

  • Señor, ten piedad.
  • Cristo, ten piedad.
  • Señor, ten piedad.
  • Cristo, óyenos.
  • Cristo, escúchanos.

Respondemos a cada invocación: «Jesús, en ti confío».

  • Jesús misericordioso, cuando el dolor se adueña de mi alma.
  • Jesús misericordioso, cuando el horizonte se oscurece como la noche.
  • Jesús misericordioso, cuando el corazón está desgarrado en la tribulación.
  • Jesús misericordioso, cuando te contemplo crucificado por mí.
  • Jesús misericordioso, cuando tu Palabra me llena de esperanza.
  • Jesús misericordioso, cuando me encuentro sin respiro ni paz.
  • Jesús misericordioso, cuando me asalta la tristeza y la angustia.
  • Jesús misericordioso, cuando tu Luz me hace ver la luz.
  • Jesús misericordioso, cuando Tú me iluminas cual aurora luciente.
  • Jesús misericordioso, cuando bebo el cáliz de la incomprensión y el desprecio.
  • Jesús misericordioso, cuando me asalta la duda, el miedo, la desesperanza.
  • Jesús misericordioso, cuando en Ti apoyo mi defensa.
  • Jesús misericordioso, cuando canto jubiloso tus maravillas.
  • Jesús misericordioso, cuando cambias mi debilidad en tu omnipotencia.
  • Jesús misericordioso, cuando transformas mi pecado en lluvia de gracias.
  • Jesús misericordioso, cuando me cuesta soportar los defectos de los demás.
  • Jesús misericordioso, cuando solo deseo cumplir tu voluntad.
  • Jesús misericordioso, cuando vivo en esperanza contra toda esperanza.
  • Jesús misericordioso, cuando tu mirada me cambia el corazón.
  • Jesús misericordioso, cuando dejas que mis lágrimas rieguen tus pies.
  • Jesús misericordioso, cuando me permites tocar tus llagas y tu costado.

Oración final
Oh Dios, Padre de la gloria, que resucitaste a tu Hijo de entre los muertos y lo constituiste sumo y eterno sacerdote, mediador de la Nueva Alianza, haz que caminemos en tu luz por la fuerza del Espíritu Santo, para cantar tu gloria, alabar tu grandeza de Padre, adorar la presencia eucarística de Cristo y servir a nuestros hermanos desde el desprendimiento, la humildad y la alegría. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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One Comment leave one →
  1. francisco morillas fernandez permalink
    3 abril 2016 21:50

    Espero me notifiqueis la fecha de canonización de nuestro padre Manuel pues aunque aquí en Granada estoy solo, me encuentro vinculado como discípulo de San Juan a la familia Eucarística y si es posible quisiera ir a la Canonización a Roma con la frategnidad española. Gracias

    Date: Sun, 3 Apr 2016 08:10:11 +0000 To: alconrojo63@hotmail.com

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