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La liturgia, encuentro con Cristo (abril 2016)

11 abril 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2016.

La liturgia de los exorcismos:
la misericordia del Espíritu

Los cristianos, tres veces al día y de manera solemne, animados por la fuerza del Espíritu Santo, rezamos el Padrenuestro: por la mañana, en Laudes; luego, en la Eucaristía; y, finalmente, en Vísperas al caer la tarde. En la oración que nos enseñó Jesús decimos: «Líbranos del mal» (cf. Mt 6,13). Esta séptima petición expresa de manera cotidiana la plegaria del mismo Jesús al Padre: «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Jn 17, 15).


En la oración dominical, el mal no es una abstracción, sino que designa a un ser: Satanás, criatura angélica que, oponiéndose a Dios, pretende ser su adversario. Es llamado también «el que divide» (diablo), porque separa al hombre del plan del Creador (cf. Catecismo, 2852).

Expresión de la misericordia del Señor…
Pedir ser liberados del Maligno es solicitar la ayuda de la misericordia divina para ser «protegidos de toda perturbación» del antiguo enemigo. Así, confesamos y celebramos la victoria pascual sobre el «príncipe de este mundo que ha sido arrojado fuera» (Jn 12,31; 14,30) en aquella Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida, venciendo como León de la tribu de Judá (Ap 5,5). Pero, hasta la instauración del Reino, el enemigo del género humano pretende hacer la guerra a los hijos de la Iglesia (Ap 12,17). Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,17.20), ya que su venida nos librará definitiva y totalmente del Maligno. Por eso, rezamos en la Eucaristía del rito romano: «Líbranos de todos los males… para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo». La presencia del Espíritu nos proporciona esperanza en la victoria final contra los malos espíritus.

…ante el misterio de iniquidad…
«Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del Maligno y sustraído de su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó (Mc 1, 25ss), de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar» (Catecismo, 1673). Es decir, en su función de santificar, el exorcismo es la invocación que hace la Iglesia, en nombre de Jesucristo y a través de sus ministros, para proteger y ahuyentar al demonio de una persona o cosa. En esta celebración litúrgica se pide la fuerza del Espíritu del Señor para expulsar a los demonios o liberar del dominio demoníaco por la autoridad espiritual que Jesús ha confiado a su Iglesia.

Estrictamente hablando, los exorcismos se dividen en simples y solemnes. Los primeros, denominados también menores, tienen lugar en el itinerario catecumenal que precede al Bautismo. El óleo de los catecúmenos, denominado también óleo de exorcismo, se bendice en la Misa crismal con el objetivo de fortalecer en la lucha. Los fieles cristianos, aun renacidos en Cristo, están en el mundo y experimentan la tentación, la perturbación y las asechanzas del enemigo. Por tanto, deben vigilar, ya que su adversario «el Diablo, como un león rugiente, da vueltas buscando a quién devorar» (1 Pe 5,8), y por ello hay que resistir siendo fuertes en la fe y confiando en el poder de Cristo (cf. Ef 6,10). La Iglesia ruega para que sus hijos estén a salvo de cualquier perturbación y, repitiendo la doctrina de su Señor sobre el ayuno y la oración, enseña que por la gracia de los sacramentos, especialmente el de la Reconciliación, van siendo fortalecidos hasta el momento en que lleguen a la plena libertad de los hijos de Dios (cf. Rom 8, 21).

… en la súplica solemne de la Iglesia
No nos es dado entender fácilmente la presencia de este misterio de iniquidad. Sin embargo, todos experimentamos la forma habitual de potestad del demonio: el pecado, que se da en el hombre desde la caída original. También, aunque sea muy difícil, pueden darse casos de alguna especial vejación o posesión por parte del diablo en miembros del pueblo de Dios. Pero ni siquiera en esos casos el demonio puede traspasar los límites que Dios le haya impuesto. Cuando esto ocurre, la Iglesia implora a Cristo, Señor y Salvador, confiada en su poder, y ofrece ayudas al fiel vejado o poseído para que sea liberado: es la súplica que denominamos exorcismo mayor o solemne.

En la certeza de una presencia del Maligno, y no de una enfermedad cuyo cuidado pertenece a la ciencia médica, el Ordinario del lugar –normalmente el Obispo– concede licencia peculiar y expresa a un presbítero para la súplica litúrgica del exorcismo solemne (CIC, c. 1172). Si bien todo bautizado ha recibido una vocación irrevocable de hijo de la luz para caminar hacia la vida eterna y elevar súplicas al Padre, por medio de Cristo, para que conceda el Espíritu de fortaleza y de verdad, solo al presbítero delegado para ello le es lícito realizar exorcismos sobre personas posesas.

En el Ritual de la Iglesia (1998), renovado por mandato del Concilio Vaticano II, se encuentran, además del rito del exorcismo solemne, una serie de oraciones que debe decir públicamente un sacerdote, con el permiso del obispo, cuando se juzga prudentemente que existe un influjo de Satanás sobre lugares, objetos o personas, sin llegar al nivel de una posesión propiamente dicha. Contiene, además, una serie de plegarias que, implorando la misericordia divina, pueden ser recitadas privadamente por los fieles cuando sospechan con fundamento que están sujetos a influjos diabólicos. Nuestra fe es fuente de esperanza y, como dice el Misal, seguridad en el amor de Dios «para que, superados los ataques del enemigo, nos gocemos de ser acogidos en el regazo del Padre».

Manuel G. López-Corps, Pbro.
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