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Con mirada eucarística (abril 2016)

19 abril 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril 2016.

En las orillas de Málaga

Es una buena noticia: El beato Manuel González va a ser canonizado. Se ha confirmado el milagro que ha sido posible merced a su intercesión. El milagro, como tal, no tiene ninguna explicación científica, va más allá de la naturaleza humana, es sobrenatural. Si bien tengo que deciros que hay muchas clases de milagros, aunque estos no tengan reconocimiento oficial.

Corría el mes de abril de 2007. Desde Albacete comenzamos a preparar nuestra asistencia a la Asamblea Nacional de la UNER que iba a tener lugar en Málaga a finales de ese mismo mes. No sé exactamente cómo ocurrió, pero Lucrecio, mi marido, se ofreció a llevarme en nuestro coche, eso sí, con la advertencia previa de que él iba exclusivamente de conductor y como mucho de observador. Jamás me había acompañado a ningún acto de la UNER. Como muestra un botón: En la Asamblea celebrada en Fátima yo estaba en Fátima y él en Berna con no sé qué asuntos de los Juegos Olímpicos. Cada cual a lo suyo con respeto, tolerancia y amor.

Y así nos presentamos en Málaga, con el coche cargado de todas las maletas, el conductor y yo. De este modo el resto de Marías de Albacete podían más libremente viajar en el tren.

Un observador y un lapicero
Tampoco sé exactamente lo que ocurrió, pero es el caso que Lucrecio, por su cuenta y riesgo, no se perdió la asistencia a ningún acto. Lapicero en mano (él siempre escribe con lapicero) iba tomando nota de cuanto ocurría alrededor, cosa que es costumbre en él.

El ambiente, el paisaje, la explanada, las estatuas, la lápida, los símbolos, la Iglesia, el Seminario, las charlas, las procesiones, los encuentros… todo era objeto de la punta de su lápiz. No sé lo que pasó, tan solo sé que me dijo que había tenido una conversación interesante, mano a mano con Mª Esther, entre las sombras que deja la ciudad de Málaga en la noche y por el camino que asciende desde la Casa de Nazaret a la explanada del Seminario.

Un libro dedicado
Cuando regresamos a nuestra casa de Albacete me dijo: Mira lo que he escrito. Se trata de un libro que contiene 24 poemas y que me lo dedica a mí, a las Marías de los Sagrarios, a los Juanes y a las Misioneras Eucarísticas de Nazaret. Toda la Asamblea de Málaga recreada en un poemario que se titula En las orillas de Málaga. En su prólogo dice D. Antonio Dorado (q.e.p.d.), Obispo de Málaga: «Allí acudió también el 27 de abril de este año 2007 Lucrecio Serrano Pedroche, en compañía de su esposa Teresa, María de los Sagrarios. Venía como “observador”, y se dejó encontrar por Dios, pues cuando creemos ser nosotros quienes le buscamos, es porque Él se nos ha anticipado. Por eso puso san Agustín en los labios del Señor estas atinadas palabras: “No me buscarías si yo no te hubiera encontrado”». Desde ese día Lucrecio, mi marido, me acompaña siempre y comenzó a acercarse a la Eucaristía, cosa que no había hecho desde los 15 años.

Yo siempre le digo a mi marido que fue un milagro de don Manuel. Él dice que no, que fue un reencuentro con su fe dormida. Si bien se piensa, ¿qué más da?

Poema n. 7: Manuel González García
Te conozco en el ruido de las fuentes
que manan de un Sagrario abandonado,
te conozco en el vuelo de las piedras
que elevan hasta el cielo sus cimientos,
sobre todo, Manuel, te he conocido
en tu amor encendido por el Amo.
Me han hablado de ti, todos me hablaban,
y todo en esta Málaga celeste
habla de ti, por ti, conmigo, aquí,
todos tienen sabida la memoria
de un loco por amor, un más que loco.
Qué diera yo, qué hubiera yo haber dado
por sentarme a la vera de tu sede,
de humilde piedra y de locuaz espera,
y escuchar las palabras que me faltan
y contarte el secreto que me sobra
y enlazar con mi espíritu tu sombra.
¿Qué sendero me trajo hasta tu iglesia,
qué pánico de ti me has contagiado
a solas con tu mies y con tu estatua?
Cómo esparce el silencio de tu fe
cosechas como lluvia, que no falte
en este monte de espaciosa cumbre
ninguno de los montes del Amado,
cómo cruza la mies de tu mirada
más allá, donde no figura el tiempo.
Maestro de los símbolos del alma
que apuntalas la cruz del Buen Pastor,
que abrazas al Sagrario de tu vida,
entorna los aljibes y las puertas,
porque quiero escuchar en tu morada
las hojas solo del rumor de Dios.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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