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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (mayo 2016)

2 mayo 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2016.

«La santidad es el adorno de tu casa»

«¡Un santo más!, es decir, ¡la Iglesia sigue produciendo santos! ¡España sigue dando santos a la Iglesia de la tierra y del cielo! No cabe en unas breves cuartillas expresar cuánto de gloria, de honor, de esperanza, de estímulo, de gozo, de motivos de sano optimismo contienen y desbordan para un fiel católico y un buen patriota estas dos palabras: ¡Un santo más!» (OO.CC. II, n. 2943).

Estas palabras de nuestro actual beato Manuel González, con motivo de un sencillo homenaje escrito a santa Micaela del Santísimo Sacramento en los días posteriores a su canonización (marzo de 1934), las hacemos nuestras respecto de él: ¡Qué gozo, qué desbordante motivo de acción de gracias es para toda la Iglesia la aprobación del milagro atribuido a la intercesión de D. Manuel!

Este tiempo de adoración eucarística en esta Pascua del Año Jubilar de la Misericordia ha de ser una profunda y continua acción de gracias al Padre de la compasión y la piedad, que continuamente está haciendo maravillas en su Iglesia y en cada bautizado que se abre a su gracia.

¡Cuánta gloria se merece su Majestad, el Cordero degollado que quita el pecado del mundo, el Rey de reyes y Señor de señores, el Siervo que sigue lavándonos los pies como en la Última Cena! ¡Cuánto estímulo espiritual, esperanza desbordante, gozo inefable, supone para todo miembro de la Familia Eucarística Reparadora esta espera dichosa de la fecha de la canonización de nuestro fundador!

A la vez que gozo y esperanza, esta futura canonización es también rellamada y reto. Rellamada de Dios a la santidad, vocación que ya recibimos en el Bautismo. Y reto a dejarnos hacer por las dos manos del Alfarero (¡la Palabra y el Espíritu!) para ser santos: negarnos a nosotros mismos, cargar con la cruz de cada día, seguir a Jesús de manera incondicional, orar continuamente, construir Iglesia, ser hermanos en cada comunidad cristiana, servir a los más pobres y necesitados, acoger al emigrante o al refugiado (como lo hizo el papa Francisco, cuando el pasado mes de abril se llevó al Vaticano a tres familias sirias, familias de refugiados musulmanes, desde su visita a la isla griega de Lesbos).

Escuchemos al beato Manuel
Nuestro querido D. Manuel define muy bien quién es un santo y lo que significa en la vida de todo cristiano: «Un santo es la muestra de la vida suprema de la quintaesencia de la vida sobrenatural» (OO.CC. II, n. 2944). «Un santo no es ni más ni menos que un hombre con una gran suma de minutos aprovechados» (ib., 3537). «De modo que, ¿queréis de verdad salvar vuestra alma y ser santos? Pues mirad a qué se reduce todo: a santificar el minuto presente con el cumplimiento de la voluntad de Dios»(ib., 3539). «Como el Corazón de Jesús me quiere tanto, por ser tan miserable yo y tan misericordioso Él, espero firmemente que dentro de poco seré santo» (ib., 3041).

¿Serían estas palabras suyas una intuición en su alma de las maravillas que ya el Señor estaba obrando en Él y que ahora la Iglesia reconoce públicamente? Está claro que de sus escritos emana una y otra vez este deseo de santidad como presbítero y obispo. Deseo que hoy nos contagia fuerza e interpelación. ¿Está vivo en nosotros el deseo de santidad? Escuchémosle de nuevo: «Quisiera ser un alma que constantemente cante: Servir al Señor con alegría. Con la alegría no sentida, no gustada, sino creída. Que la fe sea quien alimente mi alegría sobrenatural» (ib., 2801). «Los santos no son los que nunca cayeron, sino los que siempre se levantaron» (ib., 3095).

«Jesús bueno, que la triste ciencia de mi barro, lejos de apartarme de Ti me haga más viva, más apremiante, la necesidad de Ti… Que nunca olvide yo que si barro con soplo de Dios fue padre Adán, barro con gracia tuya puede llegar a ser santo…» (ib., 3165).

Siendo arcipreste de Huelva, en noviembre de 1908, participa en la III Semana nacional de Acción Social, en Sevilla, con una ponencia sobre su tarea social como párroco. Pero él mismo la introduce señalando que se dirige a los seglares, porque la misión social de la Iglesia necesita seglares santos, que emprendan cada día ese viaje de ida y vuelta de Cristo al pueblo, del pueblo a Cristo, terminando siempre en quien es el Amo de nuestra existencia: «Es verdad que los hombres más aptos para la Acción Social Católica son los santos, ¡que ése es el verdadero tipo de chiflado! Pero ¡que no se alarmen los teólogos, ni se escandalicen los profanos! Puede darse el caso de estar uno chiflado por el Corazón de Jesús y no ser santo, ¿la razón? ¡Es tan bueno ese Corazón que se deja amar y hasta que se chiflen por él, con tal que se dé palabra formal de meterse en vereda y aspirar a ser bueno!» (ib., 1894).

Oración inicial
Te damos gracias, Padre de la misericordia, porque sigues llamando a todos tus hijos a una vida santa según tu voluntad; te damos gracias por el beato Manuel González y por este acontecimiento eclesial de haber sido reconocido entre la muchedumbre de santos que pueblan tu Iglesia triunfante; haz que su testimonio de vida, su entrega total, su alegría desbordante, su amor a la Eucaristía, su atención permanente al abandono que padece tu Hijo Sacramentado en tantos Sagrarios olvidados, sea para nosotros convocatoria tuya, estímulo y reto para ser también hoy adoradores de la Eucaristía, llamados a ser santos como él. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
1Pe 1,14-16; Ap 4,8-10.

Creo en Dios, tres veces Santo
Nuestro Dios es el Dios tres veces Santo. Así lo cantan los ángeles en el momento que Isaías va a ser convocado por Dios para la misión de profeta: «¡Santo, santo, santo, el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria!» (Is 6,3). Nos llama a ser santos como Él: «El Señor habló así a Moisés: “Di a la comunidad de hijos de Israel: Seréis santos porque yo, el Señor soy santo”… Yo soy el Señor, vuestro Dios» (Lv 19, 2).

El Padre es santo. Así lo nombra Jesús en la oración sacerdotal: «Padre Santo, guárdalos en tu nombre», (Jn 17,11). Así nos lo presenta san Pablo: «Para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede todo para el cual somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existe todo y nosotros por medio de Él» (1Co 8,6).

El Hijo Redentor es santo. Así lo reconoció Pedro, después del discurso eucarístico, cuando Jesús les pregunta si también ellos quieren marcharse, como lo habían hecho los que estaban en la sinagoga de Cafarnaún. El apóstol hizo esta confesión de fe: «Creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios» (Jn 6, 69). De esta misma manera lo volvió a proclamar después de Pentecostés y cuando ya había probado la cárcel y el interrogatorio en manos de los sumos sacerdotes y ancianos. Reunido con aquella primera comunidad cristiana, en Jerusalén, oró diciendo: «Pues es verdad, (los jefes)se aliaron contra tu santo siervo, Jesús, tu Ungido. Extiende tu mano para que se realicen curaciones, signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús» (Hch 4,24.27.30).

El Espíritu de Dios es santo. Tal como afirmamos en el Credo, «procede del Padre y del Hijo».

La Iglesia es santa: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: El se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra» (Ef 5,25-26). «Por ello, en la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: “Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación”» (LG 39).

Los discípulos de Cristo, por el Bautismo, son hijos en el Hijo, partícipes de su naturaleza divina y realmente santos: «Escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que Él llamó y a todos los que invocan el nombre de Jesucristo» (1Co 1,2).

Letanía pidiendo la santidad para todas las vocaciones
Respondemos a todas las invocaciones: Bendícenos y santifícanos, Señor

  • Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
  • Jesucristo, Cordero de Dios, Salvador de todos los hombres.
  • Jesucristo, Pan vivo bajado del cielo, que eliges hombres para ser tus sacerdotes.
  • Jesucristo, amor sin límites, que llamas a muchos a vivir en pobreza, castidad y obediencia.
  • Jesucristo, esposo de la Iglesia, que bendices el matrimonio cristiano.
  • Jesucristo, el hombre más bello de la tierra, que llevas a perfección a tus sacerdotes.
  • Jesucristo, buena noticia de salvación, que alientas la vocación de los seminaristas.
  • Jesucristo, pobre entre los pobres, que perfeccionas la disponibilidad y la entrega de novicios y novicias.
  • Jesucristo, la verdad inmutable y penetrante, que sostienes con tu Espíritu la vida consagrada.
  • Jesucristo, bondad humanada, que prolongas en los hijos la bendición de los padres.
  • Hijo de Dios, rostro de la misericordia, que no te cansas nunca de perdonar.
  • Hijo de Dios, buen samaritano, que cargas sobre ti a los que están caídos.
  • Hijo de Dios, buen pastor, que nos conoces y nos llamas por nuestro nombre.
  • Hijo de Dios, siervo de los siervos, que construyes tu Iglesia sobre la roca de Pedro.
  • 02Salvador de los hombres, príncipe de la paz, que convocas a todos los bautizados a ser instrumentos incansables de tu paz.

Oración final
Padre de misericordia y Dios de todo consuelo, que nos has constituido morada de tu Presencia amorosa en el Bautismo y nos sigues santificando cada vez que recibimos a tu Hijo Eucaristía en cada comunión de su Pan vivo, haz que los miembros de la Familia Eucarística Reparadora deseemos ardientemente la santidad de vida al modo de nuestro futuro santo, D. Manuel González. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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