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La alegría del amor en la familia

10 mayo 2016

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de mayo de 2016.

Exhortación apostólica postsinodal

El pasado 8 de abril se hizo pública la anhelada exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia, fruto de las dos últimas asambleas sinodales. No obstante, el santo padre la firmó varios días antes, el 19 de marzo, en la significativa fiesta de San José, custodio silencioso e incondicional de la familia de Nazaret, de toda la familia humana y de cada familia concreta.

Este nuevo documento pontificio del papa Francisco lleva su impronta: sencillo, directo, que interpela y alienta. Se percibe el deseo de entrar delicadamente en cada hogar para tender una mano en aquello que cada familia necesite en su situación particular.

En proceso
Los varios años de reflexión y trabajo que han culminado en este documento no significa que se ha alcanzado el fruto definitivo. Más bien constituye un momento singular de gracia en el camino de la vida de la familia, siempre en proceso ante los nuevos desafíos que ha de afrontar. Siempre en proceso. Siempre en camino. Como la Iglesia. Tal vez esta sea una de las claves para adentrarnos en el corazón de la familia y en el hilo conductor de Amoris laetitia (AL).

Así lo expresa el papa: «El matrimonio no puede entenderse como algo acabado. La unión es real, es irrevocable, y ha sido confirmada y consagrada por el sacramento del matrimonio. Pero al unirse, los esposos se convierten en protagonistas, dueños de su historia y creadores de un proyecto que hay que llevar adelante juntos. La mirada se dirige al futuro que hay que construir día a día con la gracia de Dios y, por eso mismo, al cónyuge no se le exige que sea perfecto. Hay que dejar a un lado las ilusiones y aceptarlo como es: inacabado, llamado a crecer, en proceso» (AL 218).

Y en otros números insiste en la misma idea: «Los recién casados tienen que completar ese proceso que debería haberse realizado durante el noviazgo» (AL 217). «El matrimonio como signo implica un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios» (AL 122).

Lógica de la misericordia
Sin forzar el contexto, es fácil constatar la sintonía de este documento con el Jubileo de la Misericordia. Con entrañas de misericordia, la Iglesia samaritana busca a la familia allí donde esté, con el deseo de colaborar para que alcance su vocación más genuina: vivir la belleza del amor conyugal y familiar.

Durante la presentación del documento, el card. Christoph Schönborn, o.p., arzobispo de Viena (Austria), señalaba: «El papa Francisco ha puesto su exhortación bajo el lema: “Se trata de integrar a todos”, porque se trata de una comprensión fundamental del Evangelio: ¡Todos necesitamos misericordia! Todos, independientemente de la situación familiar en la que nos encontramos, estamos en camino.

Ha conseguido hablar de todas las situaciones sin catalogar, con esa mirada fundamental de benevolencia que tiene algo que ver con el corazón de Dios, con los ojos de Jesús, que no excluyen a nadie, que acogen a todos y a todos conceden la alegría del Evangelio. Por eso la lectura de Amoris laetitia es tan reconfortante. Nadie debe sentirse condenado ni despreciado. En este clima de acogida, la enseñanza de la visión cristiana del matrimonio y de la familia se convierte en invitación, estímulo, alegría del amor en la que podemos creer y que no excluye a nadie».

Discernir y acompañar
Dos palabras claves de la exhortación son discernir y acompañar, de hondo calado ignaciano. Sobre ellas afirmó el arzobispo de Viena: «No se aplican únicamente a las situaciones llamadas irregulares, sino que valen para todas las personas, para cada matrimonio, para cada familia. Todas, de hecho, están en camino, y todas necesitan discernimiento y acompañamiento. Mi gran alegría ante este documento reside en el hecho de que, coherentemente, supera la artificiosa, externa y neta división entre regular e irregular y pone a todos bajo la instancia común del Evangelio».

El santo padre dice: «Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas». El cardenal Schönborn especifica al respecto: «La gran cuestión obviamente es esta: ¿cómo se forma la conciencia?, ¿cómo llegar a aquello que es el concepto clave de todo este gran documento, la clave para comprender correctamente la intención del papa Francisco: el “discernimiento personal”, sobre todo en situaciones difíciles y complejas? (…) Es el discernimiento el que hace a la persona madura, y el camino cristiano quiere ayudar a lograr esta madurez personal. Solo allí donde ha madurado este discernimiento personal es también posible alcanzar un discernimiento pastoral, el cual es importante sobre todo ante situaciones que no responden plenamente a lo que el Señor nos propone».

Por ello, para el papa los capítulos cuarto y quinto son centrales por su contenido: «No podremos alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si no estimulamos el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar» (AL 89).

Y así lo comenta el arzobispo de Viena: «Como experto pedagogo, el papa Francisco sabe bien que nada atrae y motiva tan fuertemente como la experiencia positiva del amor. Recomiendo a todos la meditación de estas páginas. Ellas nos animan a crecer en el amor y a tener confianza en su fuerza. Es aquí donde “crecer”, otra palabra clave del Amoris laetitia, tiene su sede principal: en ningún otro lugar se manifiesta tan claramente como en el amor, que se trata de un proceso dinámico en el cual el amor puede crecer, pero también puede enfriarse… y aquí se hace también dolorosamente visible cuánto mal hacen las heridas de amor. Cómo son lacerantes las experiencias de fracaso en las relaciones.

Así pues, no sorprende que sea sobre todo el octavo capítulo el que llama particularmente la atención y el interés. De hecho, la cuestión de cómo la Iglesia trate estas heridas, de cómo trate los fracasos del amor se ha vuelto para muchos una cuestión–test para entender si la Iglesia es verdaderamente el lugar en el cual se puede experimentar la misericordia de Dios».

Estructura del documento
La extensa exhortación está desarrollada en nueve capítulos, precedidos de unos números introductorios. Lógicamente, parte iluminando la realidad familiar con la Palabra de Dios (cap. I). Sigue una mirada a la realidad (cap. II); la vocación de la familia desde la mirada puesta en Jesús (cap. III); el amor en el matrimonio, en concreto según 1 Co 13,4-7, (cap. IV); la fecundidad como expresión del amor (cap. V); diversas perspectivas pastorales (cap. VI); la insustituible misión de educar a los hijos (cap. VII); el desafío de acompañar, discernir e integrar la fragilidad (cap. VIII); y concluye con la espiritualidad matrimonial y familiar(ca. IX), que se cierra con una oración al mejor modelo: la Sagrada Familia.

Este recorrido panorámico ya nos indica que se trata de un documento radicalmente pastoral. Con una pastoral positiva, realista, acogedora, en continuo proceso de discernimiento y con un lenguaje renovado. No por ello se desliga del magisterio precedente, de la gran tradición de la Iglesia. En cuanto al título de la exhortación, el p. Antonio Spadaro, s.j., en la presentación que hace de la misma en la revista La Civiltà Cattolica, revela que es una expresión usada por su predecesor, Benedicto XVI, mostrando de este modo la sintonía y continuidad entre ambos. En efecto, la expresión Amoris laetitia la encontramos en la carta apostólica Porta fidei: «La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de la Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su Resurrección» (n. 13).

Con la mirada de Cristo
Imposible realizar aquí una síntesis de sus 325 números, que requieren una lectura pausada. Baste como pórtico para adentrarse en el documento, las palabras del papa en la introducción: «El camino sinodal permitió poner sobre la mesa la situación de las familias en el mundo actual, ampliar nuestra mirada y reavivar nuestra conciencia sobre la importancia del matrimonio y la familia. Al mismo tiempo, la complejidad de los temas planteados nos mostró la necesidad de seguir profundizando con libertad algunas cuestiones doctrinales, morales, espirituales y pastorales. La reflexión de los pastores y teólogos, si es fiel a la Iglesia, honesta, realista y creativa, nos ayudará a encontrar mayor claridad. Los debates que se dan en los medios de comunicación o en publicaciones, y aun entre ministros de la Iglesia, van desde un deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión o fundamentación, a la actitud de pretender resolver todo aplicando normativas generales o derivando conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas.

Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales. Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13), es decir, cuando nos introduzca perfectamente en el misterio de Cristo y podamos ver todo con su mirada» (nn. 2-3).

Este es el gran deseo de todos, dejar a Cristo crecer en nosotros para ver con su mirada la verdad y la belleza de la familia, la alegría del amor que se vive en la familia.

Ana Mª Fernández Herrero, m.e.n.

Eucaristía: fuente para crecer en el amor
En varios números de la exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia el papa Francisco reflexiona sobe la Eucaristía en la vida familiar. Ofrecemos a continuación una selección de estos textos; entre ellos, es particularmente incisivo el n. 186.

«El espacio vital de una familia se podía transformar en iglesia doméstica, en sede de la Eucaristía, de la presencia de Cristo sentado a la misma mesa» (n. 15).

«La familia está llamada a compartir la oración cotidiana, la lectura de la Palabra de Dios y la comunión eucarística para hacer crecer el amor y convertirse cada vez más en templo donde habita el Espíritu» (n. 29).

«La Eucaristía reclama la integración en un único cuerpo eclesial. Quien se acerca al Cuerpo y a la Sangre de Cristo no puede al mismo tiempo ofender este mismo Cuerpo provocando escandalosas divisiones y discriminaciones entre sus miembros. Se trata, pues, de “discernir” el Cuerpo del Señor, de reconocerlo con fe y caridad, tanto en los signos sacramentales como en la comunidad, de otro modo, se come y se bebe la propia condenación (cf. 1 Cor 11, 17-29). Este texto bíblico es una seria advertencia para las familias que se encierran en su propia comodidad y se aíslan, pero más particularmente para las familias que permanecen indiferentes ante el sufrimiento de las familias pobres y más necesitadas. La celebración eucarística se convierte así en un constante llamado para “que cada cual se examine” (v. 28) en orden a abrir las puertas de la propia familia a una mayor comunión con los descartables de la sociedad, y, entonces sí, recibir el Sacramento del amor eucarístico que nos hace un sólo cuerpo. No hay que olvidar que “la mística del Sacramento tiene un carácter social”. Cuando quienes comulgan se resisten a dejarse impulsar en un compromiso con los pobres y sufrientes, o consienten distintas formas de división, de desprecio y de inequidad, la Eucaristía es recibida indignamente. En cambio, las familias que se alimentan de la Eucaristía con adecuada disposición refuerzan su deseo de fraternidad, su sentido social y su compromiso con los necesitados» (n. 186).

«Es preciso resaltar la importancia de la espiritualidad familiar, de la oración y de la participación en la Eucaristía dominical, y alentar a los cónyuges a reunirse regularmente para que crezca la vida espiritual y la solidaridad en las exigencias concretas de la vida. Liturgias, prácticas de devoción y Eucaristías celebradas para las familias, sobre todo en el aniversario del matrimonio, se citaron como ocasiones vitales para favorecer la evangelización mediante la familia» (n. 223).

«Hay que alentar a las personas divorciadas que no se han vuelto a casar –que a menudo son testigos de la fidelidad matrimonial– a encontrar en la Eucaristía el alimento que las sostenga en su estado» (n. 242).

«Si la familia logra concentrarse en Cristo, él unifica e ilumina toda la vida familiar. Los dolores y las angustias se experimentan en comunión con la cruz del Señor, y el abrazo con él permite sobrellevar los peores momentos. En los días amargos de la familia hay una unión con Jesús abandonado que puede evitar una ruptura. Las familias alcanzan poco a poco, “con la gracia del Espíritu Santo, su santidad a través de la vida matrimonial, participando también en el misterio de la cruz de Cristo, que transforma las dificultades y sufrimientos en una ofrenda de amor”. Por otra parte, los momentos de gozo, el descanso o la fiesta, y aun la sexualidad, se experimentan como una participación en la vida plena de su Resurrección. Los cónyuges conforman con diversos gestos cotidianos ese “espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado” (VC 42)» (n. 317).

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