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Lectura sugerida (mayo 2016)

16 mayo 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2016.

Vivir en armonía con la creación

Ioannis Zizioulas nació el año 1931 en Katafigió (Grecia). Estudió teología en las Universidades de Tesalónica y Atenas y en el Instituto ecuménico de Bossey (Suiza). De 1955 a 1957 completó estudios de patrística y filosofía en Harvard (Estados Unidos). En 1965, en Atenas, presentó su tesis doctoral: «La unidad de la Iglesia en la divina Eucaristía y en el obispo durante los tres primeros siglos» y comienza entonces su tarea docente, que compagina con la participación en la Comisión Fe y Constitución, del Consejo Ecuménico de las Iglesias. Ha sido profesor de teología en las Universidades de Edimburgo, Glasgow, Tesalónica y Londres.

Lo creado como Eucaristía

Subtítulo: Aproximación teológica al problema de la ecología

Autor: Ioannis Zizioulas
Año: 2015 (2ª edición)
Páginas: 92
Editorial: Centro de Pastoral Litúrgica. Colección Emaús
Precio: 8,50 €

Este teólogo laico es elegido en 1986 metropolita titular de Pérgamo con la misión de supervisar el diálogo teológico interconfesional y las relaciones eclesiales ortodoxas. Actualmente es el obispo metropolitano de la iglesia ortodoxa griega de Pérgamo y miembro del Sínodo Permanente del Patriarcado Ecuménico. Ha participado en la elaboración de algunos importantes documentos ecuménicos. El ser eclesial es su obra más conocida e influyente. Se dice que ha tenido una importante influencia en la encíclica del papa Francisco Laudato si’.

Lo creado como Eucaristía. Aproximación teológica al problema de la ecología está compuesto por cuatro capítulos que progresivamente nos van ofreciendo una interesante relación entre teología y ecología.

Teología y ecología
A lo largo del primer capítulo nos introduce en los primeros siglos del cristianismo, pasando por la Edad Media, la Reforma y llegando hasta la Época Moderna, exponiendo el concepto de ecología de las diferentes épocas. Expresa con énfasis la seriedad de la situación que la humanidad debe afrontar debido a la cuestión ecológica, y que abarca a nuestro planeta en su totalidad.

En el segundo capítulo nos introduce en el mundo como creación: los límites y los peligros de la naturaleza creada. Debemos descubrir un vínculo entre Dios y el mundo que asegure la comunicación de la vida sin eliminar la alteridad natural entre Creador y creación. Es en el ser humano donde debe buscarse el puente, por ello le hizo Dios colaborador responsable. ¡Qué terrible responsabilidad y qué gloriosa misión para el ser humano!

El tercer capítulo ofrece la visión del hombre como sacerdote: esperanza y espera impaciente de la creación. En Cristo, el mundo tiene al sacerdote de la creación, el modelo de la correcta relación del hombre con el mundo natural. La creación adquiere una sacralidad que no es inherente a su naturaleza, sino poseída, recibida del mismo Creador, de ahí nuestra actitud, lejos de ser pagana, está llamada a ser responsable de la supervivencia de lo creado. Esto conforma un ethos (manera de ser y actuar) del que, en nuestros días, el mundo tiene mucha necesidad. Se nos invita a no actuar desde una ética sino desde un ethos; no un programa, sino una actitud y una mentalidad; no una legislación, sino una cultura (cf. p. 71).

Caminos en la historia
La crisis ecológica es causa de una crisis de cultura, una crisis vinculada a la pérdida de sacralidad de la naturaleza en nuestra cultura. El autor nos presenta dos posibles vías para superar este problema: el recorrido por el paganismo (cree sagrado el mundo; lo respeta y no le hace daño pero nunca se preocupa por su destino; piensa que el mundo es tal como es y en su naturaleza posee todo lo que necesita para sobrevivir) y la vía cristiana (el mundo es sagrado; está en relación con Dios, lo respeta sin adorarlo; considera al ser humano como el único vínculo posible entre Dios y la creación). Está claro que el modelo que prevé el dominio del hombre sobre la naturaleza, tal como está presente cada día en el ethos tecnológico (manera de ser y actuar), ya no tiene la capacidad de garantizar la supervivencia de la creación obrada por Dios.

En el cuarto y último capítulo, «Eucaristía y mundo», se va desglosando la Eucaristía como liturgia, como ofrenda del mundo, como lugar de la integridad del hombre, primicia de las realidades últimas. En la Comunión eucarística la Iglesia, el hombre, encuentra su ser.

«El hombre moderno parece rechazar totalmente y con indignación las reglas morales que la tradición cristiana propone. Nos preocupa el problema de la caída de valores y estamos atónitos porque nuestra palabra (la de los cristianos) cae en el vacío. Nos refugiamos en los sermones sobre argumentos racionales y éticos, para convencer al mundo, y nos damos de bruces con el fracaso. Nos servimos de sermones dogmáticos y no nos escuchan. La palabra es ofrecida y el mundo “no la recibe” (Jn 1,11). Y en nuestra autocrítica olvidamos que la palabra del cristianismo no es un decir, sino una Persona; no es voz, sino Presencia viviente; una presencia que se encarna de forma eminente en la Eucaristía, que es reunión y comunión. No basta hablar al mundo para cambiarlo. Nuestra Iglesia, como presencia en el mundo, a veces parece que se ha convertido en un púlpito sin altar y en una reunión sin unidad. No tomamos nuestra disciplina moral de la vida nueva, que se saborea en nuestra asamblea eucarística; y la comunidad parece haber perdido el fermento de la comunión teológicamente fundamentada, levadura que podría suscitar un auténtico renacimiento moral» (cf. p. 90).

El autor, con lenguaje directo, sencillo y valiente, ejerce como profeta que denuncia, anuncia e incluso propone la vuelta a la Eucaristía, a vivir la vida inserta en una liturgia eucarística: «Todo el universo es una liturgia cósmica que eleva al trono de Dios la creación entera. La Iglesia vive en la Eucaristía y por medio de la Eucaristía»

Que la lectura de este libro nos lleve a saborear nuevamente el número 236 de la encíclica del papa Francisco, Laudato si’: «En la Eucaristía ya está realizada la plenitud y es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable».

Mª del Valle Camino Gago, m.e.n.
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