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Cordialmente, una carta para ti (mayo 2016)

20 mayo 2016

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de mayo de 2016.

La caridad: corazón y brújula

Apreciado lector: Es probable que en alguna ocasión hayas leído algo de lo que nos dejó escrito Concepción Arenal. En cualquier caso, estoy seguro de que habrás oído hablar de ella y de que recordarás su célebre frase «odia el delito y compadece al delincuente». Pues bien, Concepción Arenal tenía una idea muy acertada de lo que se ha de entender por caridad.

La insigne escritora consideraba a la beneficencia como compasión oficial, a la filantropía como compasión filosófica y, sin embargo, reservó para la caridad el calificativo de compasión cristiana. La caridad es así una ayuda que se da por amor de Dios y del prójimo. Aquí está la gran diferencia entre caridad cristiana y beneficencia o filantropía: el amor. Ni en la beneficencia ni en la filantropía ella encontraba amor. Solo en la caridad, en la compasión cristiana, hallaba el verdadero amor, el amor de Dios. Sabía muy bien Concepción Arenal que, ante todo, Dios es caridad, es amor.

Como recordarás, estimado lector, a finales del pasado mes de febrero el papa Francisco pronunció un interesante discurso, dirigido a los participantes en el Congreso Internacional promovido por Cor Unum, con motivo del décimo aniversario de la publicación de la encíclica Deus caritas est de Benedicto XVI.

La historia del amor de Dios
Destacó el santo padre en su discurso que esta encíclica trata un tema que nos permite recorrer toda la historia de la Iglesia porque, entre otras cosas, esta historia es una historia de caridad. «Es la historia –dijo el pontífice– del amor que hemos recibido de Dios y que debemos llevar al mundo: esta caridad recibida y dada es el fundamento de la historia de la Iglesia y de la historia de cada uno de nosotros».

Las anteriores palabras nos permiten ver claro que la caridad no es algo secundario o accesorio en la vida de la Iglesia, sino que es su mismo fundamento. Y aún precisó más el papa: «La caridad, por tanto, está en el centro de la vida de la Iglesia y es verdaderamente su corazón, como decía santa Teresa del Niño Jesús». Ya no nos cabe la menor duda, apreciado lector, de que la caridad, que es amor, es el corazón palpitante de la vida de la Iglesia. En este amor, y en las innumerables obras de caridad que de él brotan, deberían fijarse más quienes atacan y critican a la Iglesia sin más razones que su propio odio.

Y aprovechando la circunstancia de que estamos viviendo el Año Jubilar de la Misericordia, el santo padre resaltó que es una buena ocasión para «volver a este corazón palpitante de nuestra vida y de nuestro testimonio, al centro del anuncio de fe: Dios es amor». Hay en estas palabras un llamamiento a todos los cristianos para que nos acerquemos al verdadero corazón de nuestra fe, es decir, a Dios que es amor, que es caridad.

Más que un deseo divino
Precisamente por ello, destacó el papa Francisco que no se trata de que Dios tenga sencillamente el deseo o la capacidad de amar. No es solamente esto, sino que se trata de algo mucho más profundo. Se trata, apreciado lector, de que el mismo Dios es amor, es caridad. Y de tal manera es así que el amor, la caridad, es su esencia, es su propia naturaleza.

Ahora bien, la caridad no solo es el corazón de nuestra vida, sino que también es el Norte, la brújula que nos guía y orienta. Este es otro importante aspecto que destacó el papa cuando puso de relieve que la encíclica Deus caritas est nos recuerda el Dios que podemos encontrar en Cristo y cuán fiel e insuperable es su amor. En este punto recordó las palabras del evangelista: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Después de destacar que Dios derrama su caridad sobre nosotros y que nosotros estamos llamados a ser testigos de ese amor, dijo el pontífice: «Por eso, debemos ver la caridad divina como la brújula que orienta nuestra vida antes de encaminarnos en cualquier actividad: en ella encontramos la dirección, de ella aprendemos cómo mirar a los hermanos y al mundo». Importante enseñanza para nuestra vida diaria y para nuestras relaciones con el prójimo.

A la vista está, amigo lector, que la caridad es el centro, el corazón de la vida de la Iglesia, pero también es la brújula que orienta nuestra vida. La caridad o, como la llamaba Concepción Arenal, la compasión cristiana es algo de suma importancia tanto en la vida de la Iglesia como en nuestra propia vida. La razón está en que carecer de caridad sería carecer de corazón y de la guía necesaria para caminar por la vida.

Cordialmente,

Manuel Ángel Puga
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