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Con mirada eucarística (mayo 2016)

25 mayo 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo 2016.

Y Jesús se apareció a su madre

Jesús de Nazaret ha resucitado. Este acontecimiento sucedió con casi toda probabilidad un 9 de abril, domingo, si bien los historiadores no se ponen de acuerdo en el año exacto. Es una verdad histórica (o meta histórica) que Jesús resucitó hace casi ya dos mil años.

La muerte de cada uno de nosotros es una certeza que está cada día al alcance de la mano. Lo que ocurre es que la caducidad del ser humano en esta vida puede interpretarse en términos de finitud o en términos de trascendencia: o somos un ser para la nada o un ser para la eternidad. Ahí está el problema de la duda, la lucha entre dos opuestos, entre los dos extremos de una contradicción; ya decía Unamuno que duda tiene la misma raíz etimológica que dúo (dos) y que duelo (combate).

Uno de ambos polos contradictorios resulta ser absurdo. Nos referimos a la nada, al caos. ¿De verdad que hemos venido a este mundo para nada? El otro polo opuesto, la eternidad, es mucho más apetecible, está más acorde con la propia naturaleza humana. ¿Conocéis a alguien que en el fondo de su alma no aspire a ser para siempre?

El hecho de la resurrección de Jesús, conocerlo en profundidad, meditarlo con detenimiento, nos puede alejar de la posible duda y aproximarnos a la creencia, a la fe. La presencia de Jesús resucitado puede encontrarse en las cosas más sencillas, más elementales, en los acontecimientos más pequeños, más humildes. La experiencia nos demuestra que la verdad es asequible en las circunstancias más insospechadas, en los momentos menos inesperados. Es cuestión de buscar y de tener paciencia.

Es cierto que existen personas agraciadas por una fe sólida, aunque no es menos cierto que otras personas –seguramente la mayoría– conquistan día a día su fe sublimando sus dudas en el encuentro personal con Jesús resucitado, la Verdad.

Jesús se encuentra con María
Siempre Jesús se encontró con María, su madre: Cuando se perdió en el templo, en las bodas de Caná, camino del Calvario…, también después de su resurrección, según cuenta la tradición. Y aunque no esté escrito en los Evangelios, si leemos detenidamente el capítulo 16 de Marcos, llegaremos a la conclusión de que la primera visita que hizo Jesús resucitado fue a su madre.

Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María, madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para embalsamar al cuerpo (Mc 16,1). Resulta cuando menos llamativo que no fuera con ellas María, la madre de Jesús, pues el pasado viernes, 7 de abril, habían estado todas ellas al pie de la cruz y, sin duda alguna, quedaron en proseguir la labor de embalsamamiento que habían dejado inacabada. La hora se les echó encima, pues esa misma tarde del viernes empezaba la celebración de la Pascua judía.

Según el relato de Marcos encontraron a un joven vestido de blanco que les anunció la resurrección de Jesús. Pero, ¿por qué no iba con ellas la Virgen María? Nada dice el evangelista al respecto, aunque no es difícil presuponer que fue porque, entre otras cosas, María ya había recibido la visita de su hijo. Sin duda alguna el encuentro tuvo que ser en la casa que el apóstol Juan tenía en Jerusalén, en donde él la había acogido.

Sigue diciendo Marcos (16,9): «Jesús resucitó en la madrugada del primer día de la semana y se apareció a María Magdalena». Quiere ello decir que de las tres mujeres solamente María Magdalena volvió probablemente al sepulcro y allí se encontró con Jesús. ¿Y por que volvió María Magdalena? Tampoco es difícil imaginar que para curar su congoja acudiera al consuelo de María, la madre, y que esta le desvelara que Jesús había resucitado y que tenía el recado de que fuera a encontrase con Él en el sepulcro.

De una u otra forma, aunque no esté escrita y solo sea imaginada, estamos convencidos de que la presencia de la Virgen Madre tuvo que ser muy relevante en la fiesta de la Resurrección del Señor. Y es que a Jesús siempre lo encontramos con María.

Buscar sin cansarnos
Para la conquista de la fe tenemos que deshacernos de muchas actitudes falsas, de muchas caretas, de demasiados envoltorios, de todo tipo de apariencias. A Cristo resucitado tenemos que buscarlo sin complejos y con mucho amor, sin prejuicios. Y sobre todo, tenemos que vencer al miedo. Entonces las mujeres salieron corriendo del sepulcro. Estaban asustadas y asombradas y no dijeron nada a nadie, de tanto miedo que tenían (cf. Mc 16,8). El miedo paraliza, es estresante, inhibe, es destructor, es cosa del demonio. El miedo se vence con la esperanza. Cristo resucitado es siempre un amanecer irisado de esperanzas, con Él únicamente tiene sentido este nuestro paseo regalado y corto por la vida.

Ella (María Magdalena) fue a anunciárselo (la resurrección) a los que habían sido compañeros de Jesús, que estaban tristes y llorando, pero al oírle decir que vivía y que lo había visto, «no le creyeron» (Mc 16,11). La fe en el Resucitado es alegre, la fe del cristiano es alegría pura, no contaminada, sin aditamentos. Por eso conoceréis que son cristianos, porque están siempre contentos, también cuando viene la miseria, la escasez, la enfermedad. Cristo resucitado se encuentra junto a nosotros, siempre al lado, es cuestión de pararse a escucharlo, aunque su voz venga de lo más insignificante, aunque sea de la boca de una mujer pecadora, no creíble para el mundo (como sucedía con la mujer en tiempos de Jesús).

Primavera, mayo, resurrección, Jesús, María. Qué aromas multicolores desprenden las flores en su mes, el mes de María. ¡María, Madre, causa de nuestra alegría, reina de la fe!

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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