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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (junio 2016)

1 junio 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2016.

Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras (Mt 14,20)

«Madre Inmaculada, repetidas veces he leído el evangelio de la multiplicación de los panes y los peces y meditado que esa milagrosa multiplicación de alimento corporal era anuncio, ejemplo y prenda de la obra más milagrosa de alimento del alma: ¡la multiplicación de la sagrada Eucaristía! Pero hasta hoy no me he detenido en el significado de aquel comer hasta hartarse del Evangelio. Y para seguir la comparación me he hecho una pregunta: cuando recibo cada día el Pan celestial de la divina multiplicación, ¿come también mi alma hasta hartarse?» (OO.CC. I, n. 1233).

El 4 de junio, sábado, se celebra, este año, la memoria litúrgica del Inmaculado Corazón de la Virgen María, que tan vinculado está a la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Memoria en la que damos gracias al Padre de la Misericordia por haber constituido en el corazón de la Virgen María una digna morada del Verbo Encarnado, donde el Espíritu Santo fecundó su seno virginal para que la Palabra eterna se hiciera hombre. En esta memoria pedimos al Padre, por intercesión de la Virgen, que también nosotros lleguemos a ser templos dignos de la gloria celeste.

Escuchemos al beato Manuel
De la mano de D. Manuel González contemplamos cómo la Virgen María nos lleva a Jesús, nos adentra en el misterio de la Eucaristía, nos enciende en el fuego del Espíritu, nos ayuda a gozar del amor infinito del Padre hacia cada uno de sus hijos: «Y como a nadie tiene tanta cuenta encender ese fuego de compasión, ni nadie ha ardido y arde tanto en él como María Inmaculada, Madre del divino Abandonado y Maestra de las Marías, por eso he querido que sea Ella la que nos enseñe y acompañe a comulgar como Marías» (OO.CC. I, n. 1178).

Nuestro beato Manuel González sabía muy bien cómo la Virgen María nos lleva de su mano a Jesús y nos despierta la finísima sensibilidad por el mayor de los abandonos: Jesús Sacramentado, olvidado en el sagrario. Así se lo dice a la Virgen: «Madre querida: saben muy bien tus Marías que ese mal del abandono que padece tu Hijo Sacramentado es una pena tan honda, una ofensa tan grave y una injusticia tan inicua, que sus lágrimas y gemidos de compasión y reparación, por muy abundantes y ardientes que sean, por sí solos no valen para aliviar pena tanta, reparar ofensa tan negra y reivindicar injusticia tan irritante. ¡Al fin y al cabo, lágrimas y gemidos de tierra pecadora!» (OO.CC. I, n. 1178).

Ante tanto abandono que también se da hoy, este tiempo de adoración eucarística ha de ser un maravilloso acompañamiento a Jesús Sacramentado, de la mano y protección de María, llorando como lloraba Ella al pie de la cruz, alegrándonos como Ella se llenó de alegría al ver a su Hijo Resucitado, amándolo como Ella lo amaba, con todo el corazón, con toda el alma, con todas nuestras fuerzas.

Oración inicial
Oh Padre de Misericordia, cuya caridad y perdón no tienen límites, ayúdanos, por intercesión de la Virgen María, Reina y Madre de la Misericordia, a experimentar tu bondad en la tierra para alcanzar tu gloria en el cielo. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Mt 14, 13-21.

Comieron y se saciaron
Al igual que aquella muchedumbre quedó saciada después del milagro de los panes y los peces, signo y anticipo de la Eucaristía, así también hoy quienes comulgamos con frecuencia a Cristo quedamos saciados por su amor sin límites, su presencia transformadora, su donación completa por nosotros. Así nos lo comunica D. Manuel: «Ya estás aquí, divino Multiplicador, ¿qué has traído a mi alma esta mañana? ¡Pan vivo! ¡Pan que no está amasado con trigo, sino con Carne y Sangre de la purísima Madre María! ¡Carne y Sangre sacramentadas, pero reales, para que se pueda comer y beber por el alma espiritual» (OO.CC. I, n. 1234).

El milagro de los panes y los peces, prefiguración de la Eucaristía, nos presenta a esa multitud con un hambre saciada. Así colma hoy Jesucristo, Pan vivo bajado del cielo, a todo aquel que lo recibe con fe, se vacía de sí mismo, se deja transformar por su amor y lleva, luego, esa entrega eucarística a los demás, en comunión de amor, en especial a los que sufren. Esa vida eucarística nos lleva a la Verdad plena que es el mismo Cristo, porque Él es el Sumo Bien, el todo Bien.

Así nos habla nuestro beato fundador: «Abro la boca y el sacerdote deposita en ella la Hostia chiquita que lleva a mi inteligencia el alimento, no de una verdad o un poquito de verdad, sino de la verdad, toda la Verdad, y a mi voluntad no la comida de un poquito de bien, sino del bien y todo Bien, y a la esencia de mi alma no un poquito de fuerza, sino la fuerza que es la Gracia, y a sus potencias todas no un poquito de virtud, sino la Virtud, y a mi ser toda una vida nueva, la Vida divina, que eso es la Carne y la Sangre que como y bebo en mi Comunión, la verdad, el bien, la gracia, la virtud, la vida de Dios» (OO.CC. I, n. 1235).

Sí, hermanos y hermanas, la Comunión eucarística es el Sumo Bien, el amor sin límites de Cristo, la participación en la vida divina, el mejor camino de santificación, el superior y eminente río de gracia, la felicidad suprema. Sí, hermanos y hermanas, la Madre Iglesia nos llama a la participación fecunda, activa y transformadora de la Eucaristía, para que este Pan de vida nos haga Cristos vivos y nos sacie de su Verdad y Vida hasta quedar hartos. Sí, los hambrientos de justicia y paz, de amor y gracia, cuando comulgamos, cuando experimentamos la cercanía y el don de Cristo partido por nosotros, exclamamos: «¡He quedado lleno de la bondad divina!».

Madre Inmaculada: llévame a Jesús; condúceme cada día al Banquete eucarístico, para que, después de cada Comunión eucarística, puede saborear en mi alma toda la belleza y verdad de tu Hijo, y decirle con todo el corazón: ¡Señor mío y Dios mío!

D. Manuel, con la finura y el acierto que le caracterizan, nos interroga a todos (obispos, presbíteros, consagrados y laicos) si verdaderamente quedamos saciados cuando comulgamos, si vivir afanados en las cosas del mundo, o tristes, desesperados, recelosos, rutinarios y fríos, no será un síntoma de Eucaristías vividas con tibieza y puro ritualismo. Nos interpela con su exclamación: «¡Comen sin asimilar, sin nutrirse! Hartura de Comunión, no asimilada, ni sentida, ni agradecida, ¡de cuántos bienes debes privar al alma y de cuánta tristeza llenarás a Jesús!» (OO.CC. I, n. 1236).

Letanías a nuestra Madre en su Inmaculado Corazón

Respondemos: Ruega por nosotros.

  • Santa María, Corazón Inmaculado.
  • Santa María, Corazón sin mancha de pecado original.
  • Madre de Corazón lleno de gracia.
  • Madre de Corazón bendecido por Dios.
  • Madre de Corazón purísimo y limpio.
  • Madre de Corazón humilladísimo y sencillo.
  • Madre de Corazón misericordioso.
  • Madre de Corazón abierto a la Palabra.
  • Madre de Corazón totalmente disponible.
  • Madre de Corazón acogedor de la Trinidad.
  • Madre de Corazón que se deja amar por Dios.
  • Madre de Corazón entregado a la misión del Verbo.
  • Madre de Corazón al servicio de la humanidad.
  • Virgen de Corazón lleno de fe.
  • Virgen de Corazón colmado de esperanza.
  • Virgen de Corazón ardiente de caridad.
  • Virgen de Corazón rebosante de prudencia y justicia.
  • Virgen de Corazón repleto de fortaleza y templanza.
  • Maestra de Corazón que vive las bienaventuranzas.
  • Maestra de Corazón que sirve a su prima Isabel.
  • Maestra de Corazón que guarda todo en su corazón.
  • Maestra de Corazón que meditaba en silencio el Evangelio de su Hijo.
  • Maestra de Corazón agradecido y alegre.
  • Maestra de Corazón que canta las grandezas del Señor.
  • Maestra de Corazón henchido por las maravillas que en Ella realiza el Señor.
  • Reina de Corazón que consuela a los afligidos.
  • Reina de Corazón que es refugio de los pecadores.
  • Reina de Corazón que intercede por sus hijos.
  • Reina de Corazón que auxilia a los que están en peligro.

Oración final
Padre de Misericordia y Dios de todo consuelo, derrama tu Espíritu de amor sobre todos tus hijos que diariamente desean saciar su hambre de plenitud y santidad con la participación activa en la Eucaristía y con la Comunión recibida con profunda fe; haz que el Defensor nos lleve a saborear, en espíritu y verdad, ese alimento divino, transformándonos en eucaristizadores de la humanidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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