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La liturgia, encuentro con Cristo (junio 2016)

5 junio 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2016.

Cada domingo: fiesta en el Año de la Misericordia

El domingo es la fiesta primordial de los cristianos
(cf. SC 106). Así lo recuerda el Concilio Vaticano II, así lo ha tratado con gran profundidad el Magisterio de la Iglesia, y con este talante hemos de vivirlo en el presente Año de la Misericordia. Esta fiesta semanal, la más antigua de la Iglesia de Cristo, sigue y seguirá siendo nuestra fiesta. De ahí la necesidad de una continua catequesis sobre el tema.


Los obispos de España, por medio de la Comisión Episcopal de Liturgia, elaboraron, ya en 1981, el documento El domingo, fiesta primordial de los cristianos, al que siguió en 1992 la Instrucción de la LVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal: El sentido evangelizador del domingo y de las fiestas. Una doctrina clara y sintética se presenta en el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 1166s. 1343. 2174-2188), y fue expuesta después por san Juan Pablo II en la carta apostólica Dies Domini (1998), ahondando en la teología, la espiritualidad y la pastoral de esta fiesta cristiana. Tal preocupación doctrinal pone de manifiesto que el domingo es para nosotros algo irrenunciable, y, ya adentrados en el tercer milenio de Jesucristo, continúa siendo un elemento característico de la identidad cristiana. En efecto, la celebración dominical es expresión de la pertenencia visible a la Iglesia a la vez que testimonio comunitario y personal de la fe.

Sin embargo, desde hace años, en la sociedad española asistimos a una concepción que coloca el primer día de la semana, nuestro día festivo, como colofón de un fin de semana, a la vez que se difunde una liberalización de horarios y regulaciones laborales que hacen perder de vista la santidad del día en que celebramos la Resurrección de Nuestro Señor, día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha dado nueva vida. Por ello, en las familias y en la catequesis conviene profundizar en el sentido del día del Señor, subrayando su carácter peculiar ante situaciones adversas tendentes a minar su sentido festivo, familiar, humano y, consiguientemente, espiritual. En cada Eucaristía dominical expresamos en pocas palabras el sentido profundo de lo que creemos: «En el día que celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, reconozcamos que estamos necesitados de la misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida nueva».

Origen y originalidad del domingo: Pascua semanal
El día primero de cada semana, que denominamos domingo (que viene del latín dominicum, es decir, «del Señor»), es una de las primeras y más originales instituciones cristianas. En efecto, la Iglesia, por una tradición que se remonta a los apóstoles, celebra el misterio pascual de la Muerte y Resurrección de Cristo cada ocho días, el día que es llamado «del Señor» o «domingo» (cf. SC 106). En este «día octavo», como decían los Santos Padres, Cristo Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, confía la propia misión recibida del Padre a los discípulos y les dona el Espíritu Santo (Jn 20,19ss). Por lo tanto, la gran familia de los cristianos no puede vivir sin este día de fiesta, al cual es convocada por el Paráclito. Por ser día del don del Espíritu, es día de flujo abundante de gracia.

Todo eso lo expresamos cuando el domingo, en lugar del acto penitencial habitual, realizamos la bendición del agua y la aspersión al pueblo en memoria de nuestro bautismo. En la oración de bendición oramos así: «Concédenos, Señor, por medio de tu misericordia, que el agua viva nos sirva siempre de salvación, para que podamos acercarnos a Ti con un corazón limpio y evitemos todo mal del alma y del cuerpo».

En esta jornada dedicada al Señor, los cristianos nos reunimos para la Eucaristía en la escucha de la Palabra de Dios y en la comunión del pan único y partido, y celebramos así el memorial del Señor resucitado mientras esperamos el domingo sin ocaso en que la humanidad entera entrará en el descanso de Dios, cuando el Señor vuelva glorioso desde el cielo (cf. 1 Cor 11, 26).

Día del Señor para el hombre: el descanso y el precepto
Al recordar que la principal expresión de la Iglesia la realiza la celebración eucarística (cf. SC 41; LG 26), no podemos tampoco olvidar que el descanso, una de las dimensiones de la fiesta, es un componente ligado al domingo desde muy antiguo. La necesidad común de suspender las actividades semanales para un reposo restaurador de las fuerzas del cuerpo y del espíritu adquiere desde la perspectiva de la fe un nuevo significado. El descanso dominical es una liberación de aquello que ata al ser humano a la tierra. El hombre tiene derecho a hacer una pausa y alegrarse del fruto de su trabajo. Por ello, la propuesta bíblica del descanso tiene hoy una especial importancia. Por la fe, el día de reposo se convierte en un día consagrado al Señor: por ello hay que santificarlo como día de Dios. El descanso es un valor religioso y, por lo tanto, profundamente humano. Por eso, en el domingo rezamos con todo su sentido en la Misa: «Entonces contemplaremos tu rostro y alabaremos por siempre tu misericordia».

Pero los cristianos no podemos vivir el día del Señor sin participar en la Eucaristía (cf. Hch 20,7; CIC 1246,1; 1247; CEC 2181). El precepto, de gran valor pedagógico, pone de manifiesto que la participación en la celebración litúrgica no se deja al capricho de cada uno. Aunque, ciertamente, no basta con un mero cumplimiento externo, ya que el cristiano conoce el auténtico sentido de la ley y sabe que se ha de obrar movido por la fidelidad y el amor al Señor. La celebración común de la Eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia (cf. CEC 2182). Además, la misma reunión para los sagrados misterios nos permite entender lo que celebramos. Esta experiencia nos capacita para realizar en la vida cuanto se celebra en la liturgia y también para vivir esta jornada como «día de la Iglesia» o, lo que es lo mismo, como día de misericordia, de bondad, de verdad hacia los otros: de la Misa a las masas.

Manuel G. López-Corps, Pbro.
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