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La canonización en el horizonte (junio 2016)

11 junio 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2016.

«Me fascinó la figura del beato Manuel»

El pasado 1 de marzo se reunía una comisión de cardenales y obispos para estudiar, entre otros, un presunto milagro atribuido a la intercesión deñ beato Manuel González. Entrevistamos al cardenal Mauro Piacenza, que fue su ponente.


Eminencia, entiendo que al presentarse un presunto milagro hay tres comisiones que deben analizarlo: la comisión médica, la de teólogos, y la de cardenales y obispos. ¿Cuál es la misión de esta última comisión, de cardenales y obispos, en el proceso de aprobación de un milagro? ¿Qué elementos deben tener en cuenta para dar su voto favorable?
Al examinar los presuntos milagros, la Congregación para las Causas de los Santos procede con muchísima seriedad. El estudio conlleva una serie de trámites, entre los que tiene especial importancia la parte médica. Finalmente, examina el caso la comisión de los cardenales y obispos miembros de la Congregación. Estos reciben, junto con la carta en la que se les convoca un día determinado, la documentación completa del caso y un folleto con una síntesis en la que se destacan las partes más relevantes de los análisis, así como de las posibles dificultades.

Usted ha sido el ponente de la causa del beato Manuel González García en la sesión ordinaria de cardenales y obispos. ¿Nos explica cuál es la función del ponente?
Se designa un cardenal o un obispo de entre los miembros de la Congregación, el cual es llamado ponente y se encarga de presentar el caso y expresar su propio parecer. Después de esto tienen lugar las intervenciones de todos los presentes, que se adhieren o no a las conclusiones del ponente y presentan sus propios puntos de vista.

El ponente presenta los rasgos esenciales del perfil biográfico del beato, es decir, describe lo fundamental del caso que se está examinando, expone las pruebas, el dictamen médico (diagnosis de la sanación, prognosis, terapia, sanación) y la evaluación teológica. Por último, formula su conclusión, emite su propio voto pidiendo también la adhesión de los otros miembros, y se propone la presentación de todo al santo padre.

¿Conocía anteriormente la figura de este beato español? ¿Qué rasgos de su vida y espiritualidad le impactaron más? ¿Cuáles le parece que pueden ser más significativos para la sociedad y la Iglesia actual?
No conocía anteriormente la figura de don Manuel González García, pero apenas lo he conocido a través de la documentación me ha fascinado verdaderamente. La dedicación a la formación de los seminaristas y a la atención del clero, junto al inmenso amor hacia la Eucaristía, constituye siempre garantía de un vivo sentido de la identidad sacerdotal y de la caridad pastoral. Personalmente, he prestado por mucho tiempo servicio en la Congregación para el Clero (desde el 1990 al 2003 y desde el 2007 al 2013, como Oficial, como Jefe de Oficio, como Subsecretario, Secretario y Prefecto). He podido comprender bien que cualquier impulso de reforma, en el sentido católico de la palabra, no puede sino partir de sacerdotes renovados continuamente en el espíritu, de sacerdotes que sean totalmente sacerdotes, conscientes de ser otros Cristos. Solo así, con el corazón según el Corazón de Cristo, se puede incendiar la sociedad con el fuego del amor. ¿Y de dónde se obtiene la chispa que hace a este fuego encenderse? De la Eucaristía: de la santa Misa y de la adoración de la Presencia Real de Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. Allí, el sacerdote aprende que el cuerpo y la sangre derramados obligan entonces espiritualmente también al celebrante a darse a sí mismo, todo él mismo por la salvación de sus hermanos y hermanas. En efecto, no se hace el sacerdote, sino se es sacerdote.

Don Manuel González decía que existían «santos de escaparate» (los primeros que se ven para la venta en una tienda de imágenes de santos) y santos de los que están guardados en el almacén de las tiendas. Ambos son santos, pero unos más visibles que otros. Él no quería ser santo de escaparate sino de «almacén». En cierto modo, con su canonización, el papa Francisco lo hará un santo de escaparate. ¿Qué implica su canonización para quienes nos sentimos especialmente vinculados al carisma eucarístico–reparador este reconocimiento por parte de la Iglesia?
La obra de las Tres Marías para hacer compañía a Jesús en el Sagrario y la fundación del Instituto de las Religiosas Misioneras Eucarísticas de Nazaret son asimismo expresiones de un sacerdocio desbordante, hablan de un admirable sentir con la Iglesia, o más bien un sentir la Iglesia, que es prolongación de Jesús en el tiempo. Estas fundaciones nos dicen cómo el obispo González García ha sentido y vivido el sentido de la sustitución vicaria y de la reparación, que son la característica esencial del sacerdocio.

El beato Manuel González García dedicó muchas de sus fuerzas al clero y a la formación del mismo, así como de los seminaristas. ¿Considera actual su enseñanza sobre el perfil del sacerdote?
Usted me pregunta qué mensaje concreto puede llegar de nuestro beato a los sacerdotes y obispos de nuestro tiempo, que se encuentran en el torbellino de los compromisos. Sacerdotes de ayer, sacerdotes de hoy, sacerdotes de mañana: sí, es justo prestar atención al tiempo y a las diversas situaciones y circunstancias, pero yo quisiera hablar de lo que trasciende los tiempos. Ser sacerdotes es ser Cristo, y Cristo es Aquel que expía por los otros, es Aquel que implora por todos y obtiene. En los monumentos, el que debe ser recordado está en la cima del pedestal; aquí, en cambio, el sacerdote está bajo el pedestal y lleva su peso. El sacerdote eleva ese peso a Dios con la oración. Y es esto a lo que está llamado a hacer en la Eucaristía: la ofrenda de Cristo y de toda la Iglesia. En el instante en que eleva a Dios a Su Hijo, eleva, con el Hijo, también a toda la humanidad que, por medio del sacerdote, debe ser salvada. Sí, también por medio suyo, de su ministerio, que lo asocia íntimamente a Cristo Salvador. Esta es la oración del sacerdote. Es cierto que el único salvador del mundo es Dios, pero esta oración obtiene de Dios la salvación.

Dirigiendo la mirada hacia la tarea pastoral de nuestros pastores, obispos y sacerdotes, ¿qué mensaje concreto podría estar diciendo el Señor a través de un santo obispo que es eminentemente eucarístico?
El beato Manuel González con su ejemplo nos predica que actualmente se cree demasiado en la actividad humana, demasiado, en modo desproporcionado, hasta terminar en una especie de pelagianismo. La actividad del hombre vale algo si en ella se hace presente la oración que une a Dios, vale si está impregnada de esta caridad. De todo esto se desprende además que el sacerdote no puede no ser víctima, porque es Cristo, el cual ha unido en su persona el sacerdocio y la víctima. En los sacrificios paganos, el sacerdote sacrifica a otra persona; en el cristianismo se sacrifica a sí mismo.

He ahí la gran advertencia de nuestro beato: no hay posibilidad alguna de sacerdocio si no es mediante la inmolación de sí mismo, inmolación que el sacerdote vive en el continuo don de su propio ser.

Mónica Mª Yuan Cordiviola, m.e.n.
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