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Con mirada eucarística (junio 2016)

13 junio 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio 2016.

«Y las mías me conocen a mí»

Ha acabado el mes de mayo, el mes de las flores, el mes de María, cuando el ambiente se llena de perfumes y la vista se pasea de gozo en la explosión de la belleza. Ahora estamos en junio, el mes de Jesús, el mes del Sagrado Corazón de Jesús, cuando la primavera termina y el verano da los frutos ya granados. Los frutos del amor.

Proponemos la lectura de la parábola del buen pastor en el evangelio seg san Juan (Jn 10, 11-16). En ella podemos comprobar el inmenso amor que Dios nos tiene, tanto que es capaz de dar la vida –el don más preciado– por cada una de sus ovejas.

Jesús hablaba para un pueblo donde el pastoreo era una actividad muy frecuente. A pesar del paso de los años, a pesar de la estabulación de hoy en día con la que se cría al ganado, aún es posible salir al campo y contemplar cómo el pastor conduce al rebaño por los prados verdes. No es difícil entender cómo el buen pastor cuida especialmente a todas sus ovejas, porque conoce a la perfección, en su individualidad y particularidad, a cada una de ellas. Dios nos conoce a cada uno de nosotros.

Y así es. Porque Jesús, el Hijo de Dios, es el buen pastor, diferente de los malos pastores, los asalariados, los que no son dueños de las ovejas. Normalmente nos quedamos aquí, en la figura del pastor. Sin embargo queremos que os fijéis en la frase «y las mías (las ovejas) me conocen a mí». Y es cierto. Cuando el pastor se pone en la puerta del aprisco, donde están encerrados ganados diferentes, las ovejas de su rebaño salen, lo buscan y se quedan con él. La oveja también, al menos, conoce a su pastor. ¿Por qué será?

Se trata sencillamente de un universal humano, el conocer común que el hombre comparte con Dios, al decir de Ratzinger, instalado en la conciencia. Conciencia, del latín cum-scire, conocer con.

Es más rentable creer
Por circunstancias distintas hemos tratado en estos últimos días con dos antiguos y viejos conocidos, dos amigos. El uno tiene en su haber la Universidad de la calle, la que le ha dado el trato dilatadísimo con la gente en su trabajo de vendedor y reparador de la llamada «gama marrón» (imagen y sonido), no pasó de los estudios primarios. El otro tiene estudios universitarios, es médico de profesión, su experiencia se la ha arrebatado al trato continuado con el mundo más indefenso, el niño. Es médico pediatra. Los dos, de una u otra forma, conocen al buen pastor.

El vendedor está rumiando y superando sus años de soledad. No hace poco ha perdido su compañía más preciada, su mejor compañía, su mujer. Ante una copa de vino nos repasa su vida. Nos cuenta cómo se ha hecho cocinero a la fuerza, nos pide que no nos riamos cuando dice que su mujer le ayuda a elaborar los mismos platos, con los mismos sabores, él que no tenía ni puñetera idea. Nos comenta, y que sigamos sin reírnos, que todas las noches reza y se comunica con su mujer. También les reza y se comunica con sus padres fallecidos. Que por favor no nos riamos ni se lo digamos a nadie. Él que era un descreído, un pasota. Nos dice que a Dios hay que llamarlo de tú y dirigirse a él con las palabras más normales, hasta con tacos. Él que nunca había rezado. El vendedor es un tipo normal, jovial, alegre, dicharachero, conoce al buen pastor.

El médico está en la tarea de publicar un libro. El libro contiene una serie de reflexiones sobre el sentido de la vida, del ser del hombre en este mundo, de su existencia. Es un médico humanista, filósofo y poeta. Desde Platón y Aristóteles, pasando por Kant, sobrepasa a Darwin para explicarnos la dimensión divina del ser humano. Filosofía y ciencia empírica, experiencia contrastada, todo un bagaje cultural y personal vivido le llevan a concluir en la creencia en la inmortalidad del alma humana amparada en el nombre del Padre, conducida por Jesús de Nazaret. También es un tipo normal, jovial, alegre, dicharachero y conoce al buen pastor.

Causa del conocimiento
Ante la vida el vendedor exclama: «es más rentable creer». Ante la vida el médico escribe: «el tiempo de cada uno de nosotros es realmente una imagen móvil de la eternidad».

Conocemos porque amamos. De cualquier clase o condición, en cualquier circunstancia, el ser humano está necesitado de amar y ser amado. Conocemos a Dios en el amor, ahí está la verdad. Y, como decía san Agustín, es precisamente en el interior del hombre donde habita la verdad. Dios está en la verdad del amor que reside en la conciencia de cada uno de nosotros, por eso las ovejas conocen a Dios: Dios, el buen pastor, el que sangra de amor en una cruz, el que sigue dando su corazón por amor.

Dice el beato (santo en ciernes) Manuel González: «¡Cómo quisiera que el Corazón de Jesús diera el don de convencer, persuadir, arrastrar a mi palabra, para predicar a las almas activas la necesidad, trascendencia y fecundidad de ese estarse en el Sagrario y solamente porque el Amor que allí mora no es amado y está abandonado…!» (OO.CC. I, n. 382). Efectivamente, el Corazón de Jesús, el Amor se visualiza con eternidad en el Sagrario, al que con frecuencia damos la espalda. De ahí la necesidad de la misión permanente.

Con demasiada frecuencia el homo sapiens (hombre sabio), al abandonar al amor, se convierte tercamente en homo stultus (hombre necio). Qué terquedad, Señor, que nos hiciste libres.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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