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Ponencia de la Hna. Mª Teresa Castelló en el I Congreso Internacional Beato Manuel González

21 junio 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2016.

«Una mirada que decía mucho y pedía más»

En el I Congreso Internacional Beato Manuel González, la Hna. Mª Teresa Castelló Torres, Vicaria general de la Congregación de Misioneras Eucarísticas de Nazaret, ofreció su reflexión sobre la gracia carismática del fundador de la Familia Eucarística Reparadora. Ofrecemos la primera parte.


Las reflexiones que presentamos a continuación quieren ser una mirada y aproximación a la experiencia carismática del beato Manuel González. Nos acercaremos a ella no como algo que ha tenido su momento, sino como algo que se inserta en el presente de Dios y por eso tiene que ver con la vida de cada uno de nosotros. «La vida de los santos no comprende solo su biografía terrena, sino también su vida y actuación en Dios después de la muerte. En los santos es evidente que, quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos» (DCE 42).

Un don, un carisma, el que recibe y acoge don Manuel, que a lo largo de los años se ha vivido y compartido con un fondo de sabiduría, de experiencia de Dios y de humanidad, y hoy sigue siendo fuente viva, porque todo carisma tiene su origen en el Espíritu que es Señor y dador de vida.

El beato Manuel González, recién ordenado sacerdote, soñaba con ser párroco de un pueblo de costumbres sanas y vida sencilla. Sin embargo, la vocación no se realiza según un esquema preestablecido. Es una llamada del Señor, es el misterio de la elección divina, es la libre y gratuita revelación de Dios, en la manifestación de su plan salvífico: «Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones» (Jer 1,5).

Y en este contexto, a los pocos meses de ser ordenado sacerdote acoge la gracia que determinará toda su vida y todo su ministerio sacerdotal. Él mismo describe este encuentro con Cristo Eucaristía donde recibe un golpe de luz y una señal decisiva para su vida: «No huí. Allí me quedé un rato largo y allí encontré mi plan de misión y alientos para llevarlo a cabo. Pero sobre todo encontré… Allí, de rodillas, mi fe veía a un Jesús tan callado, tan paciente, tan bueno, que me miraba… que me decía mucho y me pedía más. Yo no sé que nuestra religión tenga un estímulo más poderoso de gratitud, un principio más eficaz de amor, un móvil más fuerte de acción» (OO.CC. I, nn. 15; 17).

Más allá de las circunstancias ambientales de abandono y falta de cuidado en que se encontraba la parroquia de Palomares del Río, y especialmente el Sagrario, lo decisivo para el beato Manuel González fue una mirada que le decía mucho y le pedía más, porque solo el encuentro con la Presencia Viva es lo que puede cambiar y transformar una vida.

A lo largo del tiempo ha prevalecido, tal vez con cierta desproporción, el recuerdo del contexto externo que marcó su experiencia carismática y, por el contrario, ha podido quedar un tanto ensombrecido y menos desarrollado el fundamento y la razón última de dicha experiencia, que es Cristo Sacramentado y su proyecto de amor, una Presencia abandonada –como recuerda don Manuel– con unas «ganas infinitas de querer y una angustia, infinita también, por no encontrar quien quisiera ser querido» (OO.CC. I, n. 15) .

He estructurado esta ponencia en tres partes. La primera titulada: «Un binomio inseparable: Evangelio y Eucaristía», relación vivida por el beato con singular intensidad. La segunda: «El encuentro de dos libertades», sitúa la realidad que descubre ante esa mirada que le decía mucho y que le pedía más, así como las consecuencias que de ahí se derivan. Y, por último: «Eucaristizar, una nueva propuesta para la reparación», marca el camino a seguir, un itinerario que lleva a vivir el amor reparador y el desafío de la gratuidad.

Si nos acercamos al beato Manuel González, a su experiencia carismática, es porque sigue siendo actual, porque sigue siendo contemporáneo de cada generación: «es la consecuencia de su profundo arraigo en el eterno presente de Dios» (OD 3). Y porque gracias a la Eucaristía, gracias a este centro y corazón, los santos han vivido, llevando de modos y formas siempre nuevos, el amor de Dios al mundo. Gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo (cf. Benedicto XVI, Homilía, 7/5/2005).

1. Un binomio inseparable: Evangelio y Eucaristía
Cuando nos encontramos en presencia de un carisma, estamos ante la acción del Espíritu Santo que guía a su Iglesia, renovándola interiormente mediante una mayor adhesión a Cristo y haciendo que brille de modo especial algún rasgo de su imagen. En el caso del beato Manuel González fue Cristo en el Misterio Eucarístico. Un misterio que fue esbozando y profundizando con la Palabra de Dios, especialmente con el Evangelio.

Para él este binomio, Evangelio y Eucaristía, son como vasos comunicantes, igual que el agua sube en los vasos a la vez, y están relacionados el uno con el otro, don Manuel dice que las dos realidades que más ama son: «¡La Eucaristía y el Evangelio! ¡Aquella por lo que es y este por lo que cuenta! ¡Qué dentro del espíritu de la santa Madre Iglesia y de su sentir tradicional me siento cuando dedico la actividad de mi pluma, de mi pensamiento y de mi corazón a meter en mi alma y en la de los fieles los dos grandes amores cristianos!» (OO.CC. I, n. 379).

Esta íntima relación entre el Cuerpo eucarístico y el Evangelio, san Jerónimo , el gran conocedor de la Sagrada Escritura, el Padre de las ciencias bíblicas, lo afirmaba en su tiempo cuando expresaba: «Yo pienso que el Evangelio es el Cuerpo de Cristo». De hecho, «Palabra y Eucaristía se pertenecen tan íntimamente que no se puede comprender la una sin la otra: la Palabra de Dios se hace sacramentalmente carne en el acontecimiento eucarístico» (VD 55).

En la copiosa y diversificada producción de sus escritos, don Manuel advierte siempre su preferencia por el Evangelio y la Eucaristía –Corazón de Jesús y Sagrario–. Sin duda alguna no se trata de realidades distintas, de dimensiones contrapuestas, es el mismo Cristo quien se hace presente, como él mismo afirma: «En el Sagrario vive el mismo Jesús de Jerusalén y Nazaret, con su mismo Corazón tan lleno, tan rebosante de virtud de sanar y tan abierto para que salga perennemente a favor de todos» (OO.CC. I, n. 409). Esta relación era vivida por él con singular intensidad; se hallaba plenamente convencido de que detrás de la puerta del Sagrario «vive el Jesús del Evangelio con todo su poder, con todo su Corazón, con toda su misericordia» (OO.CC. I, n. 5).

«En el lenguaje bíblico el “corazón” indica el centro de la persona, la sede de sus sentimientos y de sus intenciones. En el corazón del Redentor adoramos el amor de Dios a la humanidad, su voluntad de salvación universal, su infinita misericordia» (Benedicto XVI, Ángelus, 5/6/2005). No es una «cosa» la que se nos hace presente: es una persona viva la que se hace donación para unas personas vivas.El corazón no solo es el símbolo de la totalidad del ser humano, sino que a lo largo de la historia va a ir adquiriendo un valor que permite contemplarlo como centro integrador de la persona . Teniendo en cuenta esto, se comprende que el beato Manuel González tenga tanto interés en que a Jesús Eucaristía se llegue y se le conozca a través de su Corazón.

A Cristo, como a toda persona, no se le comprende como a una idea, no se maniobra con él como se manipula un objeto, no es demostrado como un postulado sino reconocido como un sujeto, aceptado como gracia y correspondido en amor. Y para comprenderle hay que conocerle. Don Manuel así lo expresa: «¡Conocer a Jesús! ¡Conocerlo y darlo a conocer todo lo más que se pueda! He aquí la suprema aspiración de mi fe de cristiano y de mi celo de sacerdote, y la que quisiera que fuera la única aspiración de mi vida (…) En la tierra, mientras más nos acerquemos por el estudio, la oración, la fe y la contemplación a su conocimiento, ciertamente, más irresistiblemente lo amaremos». Y llegar a «conocer a Jesús conociendo su Corazón» (OO.CC. I, n. 234; 237), ya que solo con el corazón se conoce verdaderamente a una persona .

Durante toda su vida el beato Manuel González persiste en la idea de que el camino para llegar a conocer a Cristo, para conocer su Corazón, nos lo presenta el Evangelio. Así nos lo describe: «¿Quién puede llegar o enseñar a acercarnos? (…) ¿Cómo? ¿En dónde encontrar ese guía? ¡En el Evangelio!». Llegó incluso a afirmar que «a través de cada palabra del Evangelio de Jesús, puede verse y sentirse su Corazón». Es un Corazón –continúa don Manuel– que «está… amando, perdonando, alimentando… ¡Qué cierto es todo eso…! Y todavía más cierto (…), si añades, al verbo, este adverbio: Siempre… No es un capricho mío, no es un deseo de mi corazón, es una exigencia del Evangelio» (OO.CC. I, nn. 239; 245; 485). Este deseo suyo sigue siendo una llamada a los hombres de hoy, a través de las palabras de la Iglesia.

El papa Benedicto XVI en esta misma línea de pensamiento señala: «Diría que el primer punto para encontrarnos con Jesús, para tener experiencia de su amor, es conocerlo. Conocer a Jesús implica varios caminos. Una primera condición es conocer la figura de Jesús como aparece en los Evangelios» (Benedicto XVI, Discurso, 25/3/2010).

Y el papa Francisco, convencido también de esta necesidad, expresa: «El Evangelio te hace conocer a Jesús verdadero y vivo; te habla al corazón y te cambia la vida, eres otro, has renacido. Has encontrado lo que da sentido, sabor y luz a todo, también a las fatigas, los sufrimientos, también a la muerte» (papa Francisco, Ángelus, 27/7/2014).

Un conocimiento que aúna, al mismo tiempo, las dimensiones cognitivas y afectivas más hondas, y que arrastra como consecuencia ineludible a amar y servir. Es decir, que se trata de un conocimiento que moviliza y pone en marcha un dinamismo de vida. Porque, efectivamente, se puede conocer a alguien sin que ese alguien movilice nada en el interior, ni tenga repercusión de algo en el propio estilo de vida. El conocimiento interno de Jesús, como nos recuerda san Ignacio, es para más amarle y servirle y desemboca necesariamente en una praxis particular.

La centralidad del Evangelio y la Eucaristía y las referencias que de ahí se derivan son ciertamente el tema central de la espiritualidad del beato Manuel González. El Evangelio leído a la luz de la lámpara del Sagrario, el Evangelio perpetuado en la fuerza del amor eucarístico.

2. El encuentro de dos libertades
El beato Manuel González no se contenta con hacer crónica de la iluminación que recibe ante el Sagrario de la parroquia de Palomares del Río y que, sin duda alguna, marcará toda su vida y misión. Inmerso en Cristo, en aquel aspecto particular que es también Cristo entero inmerso en su palabra, en aquella palabra determinada que es también todo el Evangelio, mide desde allí, como el profeta de la Alianza, los hechos y las situaciones.

¿Por qué esa mirada que le decía mucho y le pedía más?: «Allí, de rodillas (…), mi fe veía a través de aquella puertecilla apolillada, a un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno, que me miraba».

Esa mirada le hace traer a la memoria algunas escenas evangélicas: «Una mirada en la que se reflejaba todo lo triste del Evangelio: lo triste del “no había para ellos posada en Belén”. Lo triste de aquellas palabras del Maestro: “Y vosotros, ¿también queréis dejarme?”. Lo triste del mendigo Lázaro pidiendo las migajas sobrantes de la mesa del Epulón. Lo triste de la traición de Judas, de la negación de Pedro, de la bofetada del soldado, de los salivazos del pretorio, del abandono de todos…» (OO.CC. I, n. 15).Esta situación con la que se encuentra el beato Manuel González nos remite al contexto en el cual fue instituida la Eucaristía. Los relatos evangélicos nos presentan este momento de despedida de Jesús, marcado por circunstancias adversas, las cuales hicieron de ella uno de los mayores contextos de ruptura, abandono y soledad que podamos imaginar.

La Eucaristía es, por tanto, instituida por Jesús en un contexto de traición interna, llevado a cabo por un miembro del grupo (cf. Lc 22,2-6), que es la culpa más contraria al amor, más contraria a todo dinamismo de alianza, la culpa que hiere más cruelmente el corazón ; aparecen también envidias y falsos testimonios, en la sombra y en lo secreto (cf. Mc 14,55-57); se encuentra con la falsa disponibilidad de los amigos (cf. Mt 26,31-35), a lo que se une el anuncio de la negación de uno de ellos (cf. Jn 13,37-38; 18,25-27), de abandono y de dispersión (cf. Jn 16,32). Jesús también sufre las incomprensiones de sus amigos, que en estas últimas horas aparecen como quienes no han entendido nada (cf. Lc 22,26-27). Contexto, por tanto, de dispersión, de división, de separación y traición, de fragmentación, de quiebra y abandono.

En el cenáculo de Jerusalén, en una noche cargada de íntima emoción, donde se fragua la gran batalla entre el amor que se da sin medida y el misterio que se cierra en su hostilidad, podemos contemplar el esplendor de la redención en el don inconmensurable de la Eucaristía, don que no fue acogido por todos. Y en el Sagrario de Palomares del Río, don Manuel contempló la libertad infinita de Dios que se inclina hacia la libertad finita del hombre, contempló el acontecimiento central de la salvación abandonado; allí encontró su cenáculo. Consciente de esta realidad escribe: «El abandono es el mal de los que saben que Jesús tiene ojos y no se dejan ver de ellos. Y oídos y no le hablan. Y manos y no se acercan a recoger sus regalos. Y Corazón que les ama ardientemente, y no lo quieren ni le dan gusto. Y doctrina de toda verdad y la desdeñan o la interpretan a su capricho. Y ejemplos de vida y no los copian. ¡Es el mal de próximos y amigos!» (OO.CC. I, n. 150).

Él está convencido de que el abandono de la Eucaristía es la manifestación de la indiferencia y el alejamiento ante el don de Dios, que influye negativamente en la vida: «Tengo la persuasión firmísima de que prácticamente el mayor mal de todos los males y causa de todo mal, no solo en el orden religioso, sino en el moral, social y familiar, es el abandono del Sagrario. Si no hay otro Nombre en el que pueda haber salvación fuera del nombre de Jesús. Si la sagrada Eucaristía, adorada, visitada, comulgada y sacrificada es la aplicación de esa salud y, por tanto, la fuente más abundante de gloria para Dios, de reparación por los pecados de los hombres y de bienes para el mundo, el abandono de la sagrada Eucaristía, al cegar la corriente de esa fuente, priva a Dios de la mayor gloria que de los hombres puede recibir y a estos de los mayores y mejores bienes que de Dios pueden esperar» (OO.CC. I, n. 80).

Percibimos en los escritos de don Manuel un especial interés por los más cercanos, por los que conocen pero no celebran bien y no viven coherentemente aquello que dicen conocer. Y a estos se refiere cuando habla del abandono de los Sagrarios acompañados: «El Corazón de Jesús suele estar abandonado en sus Sagrarios acompañados por la escasa compañía de presencia corporal y espiritual, por la débil compañía de imitación, por la fría compañía de compasión, por la rarísima compañía de la confianza filial y afectuosa» (OO.CC. I, n. 210). También el abandono lo refleja en lo que él define los Sagrarios–Calvarios, unos Sagrarios sin término de la acción, porque Jesús allí está alimentando, perdonando, enseñando, consolando, siempre, y no hay quien quiera recibir esa acción.

En la Última Cena, Jesús vive el momento culminante de su experiencia terrena: la máxima entrega en el amor a su Padre en la cruz y a nosotros expresada en su sacrificio, que anticipa en el cuerpo entregado y en la sangre derramada.

Asimismo, la Eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado, que se sigue entregando a nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y su Sangre. De la comunión plena con Él brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y de testimonio del Evangelio, y el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los abandonados, los pobres y los pequeños.

Cristo nos deja el memorial de este momento culminante, no de otro, aunque sea espléndido y estelar, como la transfiguración o uno de sus milagros. Es decir, deja en la Iglesia el memorial–presencia de ese momento supremo del amor y del dolor en la cruz, que el Padre hace perenne y glorioso con la resurrección. «Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre solo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes» (EdE 11).

Dios se inclina ante el hombre , y no siempre este último es capaz de reconocerle (cf. Lc 24,16), es más, es capaz de abandonarle. En la actualidad sabemos muy bien que no todos los hijos de Dios que son invitados a la salvación y a la comunión se sientan en la mesa eucarística. «¡Quedan aún tantos abandonos pesando sobre el Corazón de Jesús Sacramentado…!» (OO.CC. I, n. 730).

Cada celebración nos permite verificar cuántos sitios están todavía vacíos y cuántos hermanos faltan a la llamada, o porque todavía no conocen el Evangelio de la Eucaristía o bien porque sigue siendo para ellos indiferente. Por ello, como nos recuerda el Documento de Aparecida: «No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos (…) que hemos sido salvados por la victoria pascual del Señor» (n. 548). «Junto a los signos positivos de fe y amor eucarístico no faltan sombras (…) La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones» (EdE 10). Por eso «no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento» (SaCa 84).

Mª Teresa Castelló Torres, m.e.n.

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