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La soledad del sacerdote

23 junio 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2016.

No es fácil hablar de la soledad del sacerdote, como tampoco lo es hablar de la soledad de cualquier persona.
El ser humano es un ser para la relación. Desde que fuimos engendrados en el vientre de nuestra madre hemos mantenido relaciones con otros seres humanos. La esencia de la persona es la relación interpersonal. Más todavía: la necesidad más importante del ser humano es ser amado y poder amar.


Surge entonces el interrogante: ¿por qué, entonces, se da la soledad? ¿Estamos mal hechos? ¿Podemos adquirir una identidad propia sin relación con los otros? ¿Qué nos enseña la experiencia de esa realidad de personas totalmente aisladas, que han elegido permanecer solas, sin la menor relación con otros? ¿Es buena o es mala la soledad? ¿Es positiva o es negativa? ¿Cuándo es lo uno o lo otro?

La relación interpersonal es constitutiva de la esencia de la persona. Es hermosa la relación con los otros cuando está cargada de positividad, de enriquecimiento mutuo, de enseñanza permanente, de transmisión de valores y deseo de plenitud. Es verdad que ha de darse una relación con los otros que cada vez sea más gratuita, generosa y desprendida. El niño necesita de sus progenitores o de personas adultas que le amen y le vayan enseñando lo fundamental de su higiene, alimentación, cuidado personal, orden de vida, relación de amor, escucha de los otros, belleza de lo creado o del arte,… ¡mil aprendizajes! La complementariedad y ayuda mutua entre la identidad personal y la relación con los otros es siempre compleja y sometida a variados vaivenes. Pero hemos de evitar los dos extremos: el individualismo ciego y cerrado y las relaciones interpersonales de dependencia, donde se mendiga el cariño a altos precios.

A solas con nosotros mismos
Existe en todo ser humano una soledad radical, honda, inherente a la condición humana. En lo más profundo de nuestro ser, en el yo más íntimo, todos estamos a solas con nosotros mismos. Incluso en las personas que están más acompañadas y que experimentan más y mejor el amor y la ternura de los seres queridos, hay momentos de total soledad, horas y días que sienten duramente esa experiencia de sentirse solas, o de percibir que a lo más íntimo de ellas nadie puede llegar. Están a solas consigo mismas. ¡Cuánto más no sentirán esa soledad quienes no tienen a nadie o no se sienten queridos por nadie! ¡Cuánto más quienes carecen de cualquier valor a los ojos del mundo! ¿O han perdido su dignidad de personas?

Atento a la soledad de los otros
Antes de hablar de la soledad del sacerdote tengamos muy presente la soledad de tantas personas a quienes nadie quiere, o nadie valora, o ellas mismas se han aislado en un refugio extraño de su propia soledad. Ahí está llamado a estar, muy atento, el sacerdote:

  • la del anciano completamente solo en su humilde hogar; o cualquier residencia de mayores; la del transeúnte que duerme en la calle, sin techo;
  • la del emigrante que ha dejado a toda su familia en su país de origen y aquí nadie le acoge, o le escucha, o le presta un mínimo de atención;
  • la de la mujer o el hombre que han sido abandonados por su esposo o su esposa, después de varios meses o años de matrimonio;
  • la de la persona soltera que no tiene familia, o ya perdió a sus padres, o sus hermanos y sobrinos le han dado la espalda;
  • la del preso que nunca recibe una visita en la cárcel, o una vez cumplida la condena nadie le recibe en la sociedad, ni le da trabajo, y se ve abocado a volver a delinquir;
  • la del joven incapaz de comunicarse con sus padres, o sin verdaderos amigos, del cual se ríen o lo desprecian los que le rodean;
  • la del disminuido psíquico o físico al que nadie le llama o invita a una actividad social;
  • la de la persona enganchada a la droga, o al alcohol, o las redes sociales, y que ella misma se aísla, incapaz de relaciones estables, sólidas y enriquecedoras…

Estas y otras muchas más soledades padecen como una enfermedad incurable cientos de miles de personas. Ahí ha de estar el sacerdote, sosteniendo, acogiendo, alentando y consolando a tantos que están solos: siempre en una relación gratuita y generosa, sin crear relaciones de dependencia.

En la existencia cotidiana
La soledad del sacerdote «forma parte de la experiencia de todos» y «es algo absolutamente normal», decía san Juan Pablo II, en PDV 74. En ocasiones, «hay también otra forma de soledad que nace de dificultades diversas y que, a su vez, provoca nuevas dificultades». Las ayudas ante esas situaciones han sido señaladas repetidas veces en distintos documentos eclesiales: «la participación activa en el presbiterio diocesano, los contactos periódicos con el obispo y con los demás sacerdotes, la mutua colaboración, la vida común o fraterna entre los sacerdotes, como también la amistad y la cordialidad con los fieles laicos comprometidos en las parroquias, son medios muy útiles para superar los efectos negativos de la soledad que algunas veces puede experimentar el sacerdote» (PDV 74).

La soledad puede ser positiva o negativa, según el grado de relación con Dios, consigo mismo o con los demás que mantenga ese ministro del Señor.

Soledad positiva
La soledad es positiva cuando se busca como espacio de silencio, de escucha de la Palabra y de relación íntima con Jesucristo.

Es positiva cuando el presbítero vive todas sus actividades desde la certeza y la experiencia de sentirse acompañado por el Señor, sostenido por su Amor, iluminado y fortalecido por el Espíritu Santo. Ahí, en medio de las tareas pastorales, siendo contemplativo en la acción, podrá escuchar y experimentar las palabras de Jesús antes de la Ascensión al cielo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Es soledad positiva cuando el sacerdote reserva tiempos diarios y semanales para leer un buen libro, estudiar teología, caminar por el campo, escuchar música, practicar deporte, pasear con otros sacerdotes, visitar buenas exposiciones de arte o cultivar cualquier actividad lúdica que, sin dejar de llevarle a Dios, pueda gozar de todo lo humano que le ayuda a ser él mismo y más capaz de sintonizar con lo bueno y constructivo de los hombres.

Acudimos de nuevo a Pastores davo vobis: «La soledad no crea solo dificultades, sino que ofrece también oportunidades positivas a la vida del sacerdote: aceptada con espíritu de ofrecimiento y buscada en la intimidad con Jesucristo el Señor, la soledad puede ser una oportunidad para la oración y el estudio, como también una ayuda para la santificación y el crecimiento humano» (n. 74).

Jesucristo es prototipo de nuestro ministerio, de nuestra necesidad de estar a solas con el Padre. Él se levantaba muy temprano, cuando todavía no había salido el sol, y se iba a solas, al descampado, para orar; también, cuando eran tantos los que iban y venían que no tenía tiempo ni para comer, pedía a los suyos que se fueran con Él a un lugar solitario para estar a solas en oración o descanso.

La soledad ayuda a estar en silencio. El silencio es esencial para una vida interior honda, bella, serena y de auténtico encuentro con el Señor: «La capacidad de mantener una soledad positiva es condición indispensable para el crecimiento de la vida interior. Se trata de una soledad llena de la presencia del Señor, que nos pone en contacto con el Padre a la luz del Espíritu. En este sentido, fomentar el silencio y buscar espacios y tiempos de desierto es necesario para la formación permanente, tanto en el campo intelectual, como en el espiritual y pastoral».

Difícilmente un sacerdote puede ser generador de vida comunitaria en la parroquia u otro ámbito eclesial, de fraternidad sacerdotal en el arciprestazgo y el presbiterio, de trabajo en equipo con los laicos, si antes no sabe vivir bien su propia soledad, el encuentro profundo consigo mismo y con Dios.

Soledad negativa
Es soledad negativa cuando se encierra sobre sí mismo, huye de las relaciones humanas, no se deja ayudar en sus flaquezas, sospecha de los demás y se limita a un cumplimiento meramente profesional de su vocación-misión de pastor.

Es soledad negativa, peligrosa y extraña cuando vive en huida hacia delante sus tareas pastorales, en pura superficialidad, en constante dispersión, buscando compensaciones pecaminosas y esclavizantes. ¡No está centrado en Cristo!

Es muy negativa esa soledad cuando esas compensaciones le llevan a estar enganchado a redes sociales, relaciones humanas de mera compensación, o si vive rodeado del grupo de los incondicionales.

Esa soledad negativa del sacerdote suele degenerar en acedia pastoral y espiritual, en un durísimo desabrimiento hacia la oración y la misión encomendada: desgana, desmotivación, pereza, negligencia, vacío existencial (cf. EG 277).

En algunos casos, esa soledad negativa se cubre bajo la apariencia de bien; deriva hacia un espiritualismo barato, de formas externas, de puro cumplimiento, que no conecta con la voluntad de Dios, o con el sentir de la Iglesia, o con su afectividad más profunda; es una soledad justificativa, cuando en realidad es un individualismo atroz y paralizante.

Nos decía san Juan Pablo II que la relación de amistad y cordialidad «con los laicos comprometidos en las parroquias» es también un «medio muy útil para superar los efectos negativos de la soledad que algunas veces puede experimentar el sacerdote» (PDV 74).

La experiencia que el Señor me ha permitido vivir en mis años de sacerdote ratifica esta realidad. Es bueno, justo y necesario que el sacerdote tenga varios Betanias, ese hogar de familia cristiana donde puede descansar y compartir lo que va viviendo, gozos y sufrimientos, esperanzas y fracasos, búsquedas y angustias; esos Betanias han de ser hogares donde se guarda total secreto a lo que él comparte, donde se le recibe como a un hijo o como a un hermano mayor, donde las relaciones son de total gratuidad, limpieza y sinceridad, donde se le ayuda a madurar humanamente y vislumbrar por dónde podría ir su misión pastoral, donde se le corrige de lo que no hizo bien o se equivocó en una determinada decisión.

Jesús tuvo su Betania: el hogar de Lázaro, Marta y María, donde descansaba cada vez que subía de Galilea a Jerusalén; ese hogar entrañable, sencillo, acogedor, silencioso, en pura gratuidad, donde se respiraba la presencia del Altísimo.

Bien vivida esa relación, en esa pequeña familia, Iglesia doméstica, el sacerdote puede sentirse acompañado, sostenido y alentado, en todo momento, en especial en esas situaciones de dolor espiritual, fracaso pastoral, conflicto con otro hermano sacerdote, incomprensión de la sociedad, o rechazo por parte de algunos laicos. ¡Cuánto bien puede aportar a la vida de un presbítero ese Betania auténtico!

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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One Comment leave one →
  1. Manuel Antonio Castro Morán permalink
    24 junio 2016 01:20

    Interesante todo el artículo, la parte del “atento a la soledad de los otros”; modestamente me parece que también es magisterio del laico que nos humaniza-cristianiza. Gracias

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