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Cordialmente, una carta para ti (junio 2016)

27 junio 2016

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de junio de 2016.

Ser perdonado para perdonar

Apreciado lector: Como bien sabes, estamos en pleno Año Jubilar de la Misericordia y, por esta razón, es fácil comprender que el papa Francisco hable frecuentemente de la misericordia de Dios. Así ocurrió, por ejemplo, el pasado día 30 de marzo, durante la Audiencia general en la Plaza de San Pedro, al hacer referencia a la última catequesis del ciclo dedicado al tema jubilar a la luz del Antiguo Testamento.

En aquella ocasión el santo padre hizo una interesante meditación sobre el Salmo 51, llamado Miserere, al destacar que en él la petición de perdón va precedida del sincero reconocimiento y confesión de la culpa. El título de este salmo recuerda al rey David y su pecado de adulterio con Betsabé, esposa de Urías, al que además envía a la muerte. Después de que el profeta Natán le hiciera ver su horrible pecado, David reconoce su culpa, se arrepiente y suplica a Dios que le perdone: «Tenme piedad, oh Dios, por tu clemencia, por tu inmensa ternura borra mi iniquidad. ¡Oh, lávame más y más de mi pecado, y de mi falta purifícame!».

Necesidad del perdón
Como subraya el papa Francisco, en esta invocación del rey David se pone de manifiesto la única cosa que el hombre ansía cuando verdaderamente reconoce que actuó mal y está arrepentido de haberlo hecho: la necesidad de ser perdonado, de sentirse limpio y liberado del mal. Es entonces cuando nos damos cuenta de que estamos necesitados de la misericordia de Dios.

Y es en este momento cuando el Pontífice repite insistentemente estas palabras: «Dios es más grande que nuestro pecado. No olvidemos esto, ¡Dios es más grande que nuestro pecado!… Dios es más grande que todos los pecados que nosotros podamos hacer. Dios es más grande que nuestro pecado». Reconfortantes palabras que nos recuerdan la infinita misericordia de Dios. Esa misericordia es la que hace que jamás nos abandone, a pesar de los muchos pecados que hayamos cometido… ¿No es maravilloso, estimado lector, saber que Dios siempre nos tiene abiertas las puertas del perdón?

Este salmo nos dice que quien busca el perdón de Dios, quien confiesa sus culpas y se arrepiente, busca la total eliminación del pecado: «Dios quita nuestro pecado –dijo el papa– desde la raíz, ¡todo! Por ello, el penitente se vuelve puro, cada mancha es eliminada y él ahora está más blanco que la nieve incontaminada». Realmente, estas palabras constituyen un gran aliciente para el arrepentimiento y para pedir a Dios perdón.

Ser generosos en el perdón
Sin embargo, no debemos conformarnos, apreciado lector, con pedirle perdón a Dios y con sentirnos perdonados. Esto sería demasiado egoísta por nuestra parte. Hace falta algo más. Hace falta que a su vez nosotros perdonemos a los demás… Lo decimos en el Padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». En la oración que Jesús nos enseñó pedimos que Dios nos perdone, al igual que perdonamos a quienes nos han ofendido. Si hemos sido perdonados, debemos ser generosos y perdonar nosotros también.

Por este motivo, el santo padre recordó en aquella Audiencia general que el perdón de Dios es algo que todos necesitamos y que este perdón es el signo más grande de su misericordia. Ahora bien, todo pecador que haya sido perdonado está llamado a compartir ese perdón con cada hermano o hermana que se encuentre, es decir, está llamado a perdonar.

Con estas entrañables palabras lo expresó el papa Francisco: «Todos los que el Señor nos ha puesto a nuestro lado, los familiares, los amigos, los colegas,… todos, como nosotros, tienen necesidad de la misericordia de Dios. Es bonito ser perdonado, pero también tú, si quieres ser perdonado, debes a su vez perdonar. ¡Perdona!».

Después de oír estas palabras ya no cabe la menor duda. Si cada uno de nosotros, tú o yo, amigo lector, quiere ser perdonado por Dios, tiene la obligación de perdonar. La misericordia es un regalo que Dios nos hace. Por ello, también nosotros tenemos que ser generosos con los demás, particularmente, con los que nos han ofendido. Aquí está la grandeza del perdón: ser perdonado por Dios para que después sepamos perdonar.
Cordialmente,

Manuel Ángel Puga
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