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Cordialmente, una carta para ti (julio-agosto 2016)

23 agosto 2016

Artículo publicado en la revista “El Granito de Arena” de julio-agosto de 2016.

Las lágrimas más amargas

Apreciado lector: Quizá recuerdes que el pasado 5 de mayo el papa Francisco presidió una vigilia de oración en la basílica vaticana. Después de invocar la presencia del Espíritu Santo, pronunció estas palabras: «En los momentos de tristeza, en el sufrimiento de la enfermedad, en la angustia de la persecución y en el dolor por la muerte de un ser querido, todo el mundo busca una palabra de consuelo. Sentimos una gran necesidad de que alguien esté cerca y sienta compasión de nosotros».

El papa Francisco da muestras de conocer muy bien la debilidad del ser humano en los momentos de tristeza y dolor. Sabe muy bien que en esos momentos nos sentimos desamparados, perdidos, desorientados. Nuestra mente no acaba de entender lo que ocurre, no es capaz de comprender la causa de tanta adversidad, de tanta desgracia. Y es entonces cuando buscamos, angustiosamente, la cercanía de una mano amiga que nos ayude a continuar el camino y que sienta compasión de nosotros.

A continuación el santo padre hizo alusión a la tristeza que vemos en muchos de los rostros que nos encontramos a diario. Recordó las lágrimas que en cada momento se derraman en el mundo, «cada una de ellas –precisó– distinta de las otras, pero que juntas forman un océano de desolación, que implora piedad, compasión, consuelo. Sin duda, todas estas lágrimas son amargas, pero hay unas que lo son mucho más.

En este punto el pontífice reveló qué lágrimas eran más amargas: «Las lágrimas más amargas son las provocadas por la maldad humana: las lágrimas de aquel a quien le han arrebatado violentamente a un ser querido; lágrimas de abuelos, de madres y padres, de niños». ¡Qué gran verdad y qué gran tristeza encierran estas palabras!

Implorar misericordia
Es muy triste reconocerlo, estimado lector, pero es el ser humano el que ocasiona las lágrimas más amargas al ser humano, a su hermano. Es triste reconocerlo, pero es el ser humano el que, como ocurre en los atentados terroristas, ocasiona la desolación y la muerte de otros seres humanos, incluidos niños inocentes a los que ni siquiera conocía. ¿Cómo es posible tanto odio sin sentido? ¿Cómo no van a ser éstas las lágrimas más amargas si comprobamos que nuestros semejantes se comportan peor que las fieras más fieras? Por ello, estas lágrimas están clamando misericordia.

Esta inmensa necesidad la recogió fielmente el papa Francisco cuando afirmó: «Tenemos necesidad de la misericordia, del consuelo que viene del Señor. Todos lo necesitamos; es nuestra pobreza, pero también nuestra grandeza: invocar el consuelo de Dios, que con su ternura viene a secar las lágrimas de nuestros ojos». En este Año Jubilar de la Misericordia que estamos viviendo debemos buscar, apreciado lector, ese consuelo que mana de la misericordia divina. Buscarlo es señal de nuestra pobreza, de nuestra debilidad, pero también es señal de nuestra grandeza, puesto que es el mismo Dios quien viene a consolarnos y a secar nuestras lágrimas. ¿Cabe mayor grandeza?

Y acto seguido el santo padre destacó que en nuestro sufrimiento no estamos solos, ya que Jesús nos acompaña. Nos acompaña porque también Él lloró, al ver llorar a María, por la muerte de Lázaro. Las lágrimas de Jesús nos enseñan a sentir como propio el dolor de los demás. Y nos enseñan también que hemos de orar cuando la desgracia se hace presente. «En el momento del desconcierto –dijo el papa –, de la conmoción y del llanto, brota en el corazón de Cristo la oración al Padre. También nosotros, en la oración, podemos sentir la presencia de Dios a nuestro lado». Es grande el poder de la oración, sin duda alguna, pero también lo es el poder del amor de Dios.

Efectivamente, cuando ya estaba finalizando su alocución, el obispo de Roma se refirió al enorme poder del amor de Dios, y dijo: «El poder de este amor transforma el sufrimiento en la certeza de la victoria de Cristo, y de nuestra victoria con Él, y en la esperanza de que un día estaremos juntos de nuevo y contemplaremos para siempre el rostro de la Trinidad Santísima, fuente eterna de la vida y del amor».

Amigo lector, en la firme convicción de que ese día llegará, te deseo que pases un feliz verano y que jamás tus ojos tengan que derramar esas lágrimas más amargas.

Cordialmente,

Manuel Ángel Puga
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