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Con mirada eucarística (julio-agosto 2016)

26 agosto 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto 2016.

Otro verano más

Dios ha querido que lleguemos a otro verano más, cada cual con sus cargas, sus alegrías, sus cosas. El verano es tiempo de recolección y tiempo tradicional de vacaciones, por lo que se presta al balance y a la reflexión. Nosotros, modestamente, os proponemos una reflexión nada más que sobre el misterio de la Santísima Trinidad.

Es una reflexión de andar por casa, nunca mejor dicho, veraniega. Teólogos importantes de todos los tiempos han opinado sobradamente sobre el tema. Ya decía san Agustín al respecto: «Dios es amor eterno: el Padre es el Amante, el Hijo es el Amado y el Espíritu Santo es el Amor que mantiene unidos a los dos». Evidentemente, no es nuestra intención competir con el Santo de Hipona ni, por supuesto, con ningún teólogo.

Ya es querernos
Pero, si Dios es amor, donde este se manifiesta exquisitamente es a través del Hijo. Dios toma la forma humana, se hace como nosotros, conocemos su rostro, podemos llamarlo por el nombre de Jesús: ya es querernos. Jesús anduvo sobre esta tierra haciendo el bien, curó a los enfermos, consoló a los afligidos, nos dijo que hombres y mujeres, ricos y pobres, poderosos y humildes, que todos somos iguales, nos trajo la palabra de la Verdad: ya es querernos.

Jesús es el modelo, el espejo en que mirarnos, es el mejor referente para el ser humano, incluso aunque este se declare no creyente. Pero aún fue más allá en su amor. Un día quiso demostrar que nos quería sin límites y decidió morir por nosotros. No hace falta decir que entregar la vida, el don más preciado, es el máximo acto de amor que alguien puede realizar. Y encima lo hizo en el peor de los suplicios conocidos, eligió la muerte de los esclavos, la muerte de la crucifixión. Más todavía, nos dijo que la muerte tiene vencimiento, así lo dijo en aquella luminosa mañana del domingo.

Por favor, fijad vuestros ojos en un crucificado: ya es querernos.

La esperanza del Padre
La vida es muchas cosas, cuando rezamos la Salve decimos que es un valle de lágrimas. Es muchas cosas que van de uno a otro extremo, mas sobre todo consiste en un continuado estado de esperanza. Esperanza siempre de algo mejor.

Esperamos que nazca un hijo (precisamente el estado de la madre se llama de buena esperanza), que se nos cure una enfermedad, que pase una tristeza o un dolor, que llegue el día del viaje programado, que regresen los hijos a casa, que se solucione…, siempre estamos esperando.

Aunque la esperanza nuestra se mide con el tiempo limitado y se instala en la perspectiva del futuro, comprobando en nuestra propia experiencia que los hechos, cuando estos ya han tenido cumplimiento, no han respondido por completo a nuestras expectativas. Ha sido una esperanza insatisfactoria.

Sin embargo, la esperanza del Padre no tiene el límite del tiempo y satisface con creces. La esperanza de Dios es infinita y completa. El Padre espera por nosotros, siempre nos está esperando. El Padre sale siempre a la puerta de la casa a esperar la venida del hijo, aunque este haya dilapidado toda la hacienda, aunque haya renegado de él, incluso aunque no lo quiera, el Padre está con los brazos abiertos, sin cansarse, para recoger secretos, ahogar sufrimientos, compartir pesares. No se cansa de esperar.

Cuando en la noche oscura, la noche oscura de esta vida, no entendamos lo que nos está pasando, Dios Padre (que también es madre) nos está esperando con palabras de cariño, besos amorosos, abrazos apretados. Recemos entonces, pidámosle: Padre nuestro, hágase tu voluntad. Él nunca se cansa de esperar.

La fe del Espíritu
No sabemos exactamente lo que pasó, pero debió suceder algo muy importante, porque hombres temerosos se convirtieron de pronto en hombres valientes. Nos estamos refiriendo a los apóstoles después de la muerte de Jesús.

Menos Juan, que estaba al pie de la cruz, y Pedro, que lo negó, los demás apóstoles desaparecieron asustados. Parece que no entendieron nada de las enseñanzas del Maestro y huyeron despavoridos. Es lo que suele suceder cuando desaparece la fe.

La fe es gratuita, a muy pocos les ha sido concedida, los más vamos en la tarea de buscarla y mantenerla, a ser posible aumentarla, a lo largo del camino de la vida. Si bien la fe es posible a través del amor y amarrados a la quilla del barco de la esperanza. Lo que les pasó a los apóstoles, tanto que fueron capaces de entregar la vida por la causa de Jesús, el Hijo Dios, es que fueron iluminados por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, que en nuestra opinión tiene que ver mucho con la resurrección de Jesús, es enviado por el Padre: el Espíritu de la fe. Dios confía en nosotros, Dios cree en nosotros.

La obra de Dios
Un día Teresa de Calcuta visitó en China un centro social que dirigía el hijo del máximo mandatario Deng XiaoPing. Como quiera que la Madre Teresa le manifestara que el centro era una obra de Dios y que este le contestara a su vez que él no creía en Dios, Teresa concluyó con estas palabras: «No importa que usted no crea en Dios, Dios sí cree en usted».

Hay muchos momentos en nuestra vida en los que nuestra fe flaquea, hasta es intervenida por el Maligno. Hay momentos en los que nuestra fe se disuelve en agua como un azucarillo. Hay quien no cree. No importa. El Espíritu siempre está con nosotros. Dios siempre cree en ti.

Seguid visitando el Sagrario este verano, os invitamos a leer este artículo delante de Él. Lo mismo coincidís con nosotros.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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