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Con mirada eucarística (septiembre 2016)

12 septiembre 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre 2016.

A cuestas con nuestra soledad

Está terminando el verano, es septiembre, comienza un nuevo curso. Probablemente hemos disfrutado de unos días de vacaciones, hemos visitado a la familia, a los amigos, a su vez hemos recibido la visita de los nuestros. Hemos disfrutado de la compañía.


Pero otra vez nos encontramos con nuestra soledad de siempre. En realidad, siempre hemos estado acompañados por nuestra propia soledad. Si reflexionamos un poco, llegaremos a la conclusión de que somos seres solitarios obligados a vivir en compañía. Así lo dispuso el Creador desde el primer momento. Una vez que entendió la insoportable soledad de Adán, se dijo: No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2, 18). Y creó para él a Eva, su compañera. Mejor dicho, creó a los seres humanos en su propia soledad y, al mismo tiempo, los obligó a vivir juntos.

La sociedad es necesaria para satisfacer nuestras necesidades, para realizar nuestros proyectos; no obstante, ni las naciones ni las comunidades son capaces de hacer al hombre feliz. La felicidad tiene lugar en la soledad de la persona.

Con todo, qué insoportable es la soledad cuando alguien es apartado, segregado, aislado por cualquier circunstancia de la vida. Distinta es la soledad requerida, apetecida, encontrada, si bien esta última, que es original y reconfortante, se alcanza con dificultad y a veces no por mucho tiempo. Ya el humanista Laín Entralgo distinguía entre soledad forzada y soledad buscada. La forzada es destructiva, la buscada es creadora. Lo importante es hacer que nuestra soledad sea siempre interior, regeneradora, constructiva

El peso de la ausencia
El andar sobre esta vida es como llevar una cubitera cuyos huecos vamos llenando y vaciando según las personalísimas circunstancias de cada uno de nosotros. Nuestro ser se desarrolla, constantemente, tanto por la fuerza de las presencias como de las ausencias. Indudablemente las ausencias están relacionadas con los respectivos estados de soledad.

Seguramente en estos momentos, tras el ajetreo veraniego, adolecemos de ausencias temporales. Se fueron los hijos, los nietos, los hermanos, los padres, los tíos, los sobrinos, los primos, los amigos y conocidos…, cada uno a su lugar después de compartir unos días de alegría. Añoramos paisajes visitados, encuentros con personas, situaciones singulares, incluso ejercicios espirituales en una sierra repleta de frescuras. Tenemos sensaciones de desolación, aunque se trata de desolaciones pasajeras, soledades pasajeras que nos invitan a la melancolía. Tales soledades son superables porque pasan.

Pero hay ausencias permanentes, de esas que se dicen para siempre. Hay muchas personas mayores que viven solas porque, respectivamente, han perdido a su compañero o su compañera. Hay muchas personas solitarias como consecuencia de un divorcio, de una desavenencia, de un desencuentro, o más grave todavía, de un abandono. La soledad las atenaza con las garras del sufrimiento, tienen demasiados huecos vacíos en su cubitera.

¿Y cómo llenar la soledad? La actividad, la acción puede ser una buena terapia. Conocemos a gente, buena gente, que quiere remediar la soledad con la pertenencia a múltiples pastorales, no sé a cuántos movimientos y a otras tantas asociaciones, si bien al final de la jornada la soledad es la misma y sigue instalada en los mismos dominios de siempre. No hay que tener miedo a la soledad. Lo mejor es reconocerla, y reconocerla delante de Dios. Así lo reconocía –lo escribía– Antonio Machado tras la muerte de Leonor, su mujer: «Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar».

La compañía del Sagrario
Aún todavía mucho mejor: la soledad hay que llenarla con la presencia de Dios. Quien tiene a Dios nunca se siente solo, porque al fin y a la postre la soledad no consiste en el estado físico de estar o de encontrarse solo, sino en la vivencia anímica de no sentirse acompañado, y Dios –es decir, el Sagrario– es la compañía. Dios nunca abandona al hombre. El ser humano nace lleno de Dios, aunque en uso de su libertad (o vaya usted a saber por qué peregrinas razones) puede echar a Dios de su vida. Por eso, cuando en un estado de inconcebible soledad Jesús pronuncia en la cruz las críticas palabras «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», no se está refiriendo al abandono de Dios sino al abandono del hombre. No es el crucificado el que está solo, la soledad es la de sus discípulos que lo han abandonado. Jesús, el Hijo de Dios, Dios nunca puede estar solo, en puridad no necesita de nadie, es autosuficiente, es infinito; en cambio es precisamente el hombre, merced a su indigencia y finitud, el que está necesitado de Dios. Si aspira a ser feliz, y es cierto que aspira, el hombre tiene que llenar su soledad con quien únicamente puede llenarla, con Dios

Algo parecido le sucedió por entonces a un curilla joven, de nombre Manuel González, que el 16 de octubre será reconocido como santo de la Iglesia, cuando se encontró en Palomares del Río con la soledad de un Sagrario abandonado. La soledad no era la del Sagrario ni por supuesto la de su morador, la soledad terrible, la única soledad dañina y destructora, es la del hombre que le ha dado las espaldas a Jesús, el del Sagrario. La soledad deja de serlo cuando la visita Dios.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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