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Aniversario de Ordenación sacerdotal del papa Benedicto

14 septiembre 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2016.

Eucharistomen: Hacia la transubstanciación del mundo

El pasado 29 de junio, el papa emérito Benedicto XVI celebraba el 65º aniversario de su ordenación sacerdotal, que tuvo lugar en la catedral alemana de Frisinga. La recibió, junto con su hermano Georg y cuarenta y dos presbíteros más, de manos del cardenal Michael von Faulhaber.

Con este motivo, la víspera, el papa Francisco, junto con el Colegio Cardenalicio, convocó un acto conmemorativo en la Sala Clementina del Vaticano para festejarlo. Durante el acto se le hizo entrega, en varias lenguas, del libro Enseñar y aprender el amor de Dios, en el que se recogen sus homilías sobre el sacerdocio.

Intervinieron, sucesivamente, el papa Francisco; el card. Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe y editor de la Opera omnia de Joseph Ratzinger; el card. Angelo Sodano, decano del Colegio Cardenalicio; y el papa emérito Benedicto XVI. A continuación publicamos las intervenciones de ambos papas.

Gratitud del papa Francisco
Santidad: Hoy festejamos la historia de una llamada que inició hace sesenta y cinco años con su ordenación sacerdotal, que tuvo lugar en la catedral de Frisinga el 29 de junio de 1951. Pero, ¿cuál es la nota de fondo que recorre esta larga historia y que desde aquel primer inicio hasta hoy la domina cada vez más?

En una de las muchas hermosas páginas que usted dedica al sacerdocio destaca cómo, en la hora de la llamada definitiva de Simón, Jesús, mirándolo, en el fondo solo le pregunta una cosa: «¿Me amas?». ¡Qué hermoso y verdadero es esto! Porque es aquí, nos dice usted, en ese «¿me amas?», donde el Señor funda el apacentar, porque solo si existe el amor al Señor Él puede apacentar a través de nosotros: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo» (Jn 21,15-19).

Búsqueda del Amado
Es esta la nota que domina una vida entera entregada al servicio sacerdotal y a la teología, que usted no por casualidad definió como «la búsqueda del Amado»; es esto lo que usted siempre ha testimoniado y testimonia aún hoy: que lo decisivo en nuestras jornadas –de sol o de lluvia–, aquello de lo cual se desprende todo el resto, es que el Señor esté verdaderamente presente, que lo deseemos, que interiormente estemos cerca de Él, que lo amemos, que de verdad creamos profundamente en Él, y creyendo lo amemos de verdad.

Es esta forma de amar la que nos llena el corazón, este creer es lo que nos hace caminar seguros y tranquilos sobre las aguas, incluso en medio de la tempestad, precisamente como le sucede a Pedro. Este amar y este creer es lo que nos permite mirar al futuro no con miedo o nostalgia, sino con alegría, incluso en la edad ya avanzada de nuestra vida.

Y así, precisamente viviendo y testimoniando hoy de un modo tan intenso y luminoso esta única cosa verdaderamente decisiva –tener la mirada y el corazón orientado a Dios–, usted, santidad, sigue sirviendo a la Iglesia, no deja de contribuir verdaderamente con vigor y sabiduría a su crecimiento. Y lo hace desde ese pequeño Monasterio Mater Ecclesiae en el Vaticano, que se revela de ese modo como algo distinto a uno de esos rinconcitos olvidados en los cuales la cultura del descarte de hoy tiende a relegar a las personas cuando, con la edad, sus fuerzas disminuyen.

Es todo lo contrario. Y esto permita que lo diga con fuerza su sucesor, que eligió llamarse Francisco. Porque el camino espiritual de san Francisco inició en San Damián, pero el verdadero lugar amado, el corazón pulsante de la Orden, allí donde la fundó y donde, al final, entrega su vida a Dios, fue la Porciúncula, la «pequeña porción», el rinconcito junto a la Madre de la Iglesia; junto a María que, por su fe tan firme y por su forma tan íntegra de vivir de amor y en el amor con el Señor, todas las generaciones la llamarán bienaventurada.

Sano sentido del humor
Así, la Providencia quiso que usted, querido hermano, llegase a un lugar, por decirlo así, precisamente franciscano, del cual emana una tranquilidad, una paz, una fuerza, una confianza, una madurez, una fe, una entrega y una fidelidad que me hacen mucho bien y nos dan mucha fuerza a mí y a toda la Iglesia. Y me permito decir también que de usted viene un sano y alegre sentido del humor.

La felicitación con la cual deseo concluir es una felicitación que dirijo a usted y, al mismo tiempo, a todos nosotros y a toda la Iglesia: que usted, santidad, pueda seguir sintiendo la mano del Dios misericordioso que lo sostiene, que pueda experimentar y testimoniarnos el amor de Dios; y que, con Pedro y Pablo, pueda seguir exultando con gran alegría mientras camina hacia la meta de la fe (cf. 1 P 1,8-9; 2 Tm 4,6-8).

Papa Francisco

Respuesta de Benedicto XVI
Santo padre, queridos hermanos: Hace 65 años, un hermano que se ordenaba conmigo decidió escribir en el recordatorio de la primera Misa, a excepción del nombre y la fecha, una sola palabra en griego: «Eucharistomen», convencido de que con esta palabra, en sus múltiples dimensiones, ya decía todo lo que se puede decir en este momento.

Eucharistomen dice un gracias humano, gracias a todos. Gracias especialmente a usted, santo padre. Su bondad, desde el primer momento de la elección, en cualquier momento de mi vida aquí, me conmueve, me lleva realmente, interiormente. Más todavía que en los jardines del Vaticano, con su belleza, su bondad es el lugar donde vivo: me siento protegido. Gracias también por sus palabras de agradecimiento, por todo. Y esperamos que pueda seguir adelante con todos nosotros por esta vía de la Divina Misericordia, mostrando el camino de Jesús, hacia Jesús, hacia Dios.

Con corazón agradecido
Gracias a usted (card. Sodano) por sus palabras que me han tocado verdaderamente el corazón. «Cor ad cor loquitur» (El corazón habla al corazón). Usted ha recordado tanto la hora de mi ordenación sacerdotal, como mi visita en el 2006 a Frisinga, donde he revivido esto, y puedo solamente decir que así, con estas palabras siento interpretado lo esencial de mi visión del sacerdocio, mi trabajo.

Gracias, card. Müller, por el trabajo que hace para la presentación de mis textos sobre el sacerdocio en el que intento ayudar a los hermanos a entrar siempre de nuevo en el misterio del Señor, que se realiza en nuestras manos.

El Pan de la vida verdadera
Eucharistomen: en aquel momento el amigo Berger quería indicar no solamente la dimensión del agradecimiento humano, sino, naturalmente, la palabra más profunda que se esconde, que aparece en la liturgia, en la Escritura, en las palabras: «gratias agens benedixit fregit deditque» (Después de dar gracias, lo partió y se lo dio).

Eucharistomen nos lleva a esa realidad de agradecimiento, a esa nueva dimensión que Cristo dio. Él transformó en agradecimiento, y así en bendición, la cruz, el sufrimiento, todo el mal en el mundo. Y así, fundamentalmente, transubstanció la vida y el mundo, y nos dio y nos da cada día el Pan de la vida verdadera, que supera el mundo gracias a la fuerza de su amor.

Al final, queremos insertarnos en este «gracias» del Señor y así recibir realmente la novedad de la vida y ayudar a la transubstanciación del mundo: que sea un mundo, no de muerte sino de vida; un mundo en el que el amor ha vencido a la muerte.

Gracias a todos ustedes. El Señor nos bendiga a todos. Gracias, santo padre.

Benedicto XVI
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