Skip to content

Orar con el obispo del Sagrario abandonado (octubre 2016)

24 octubre 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2016.

«He aquí que vengo para hacer tu voluntad» (Hbr 10,9)

«Esto era aquel mirar antes que a nadie a su Padre. Aquel hablar de su Padre y de su voluntad, de la gloria de la vida de su Padre antes y más que de nadie. Aquel ponerse a sí mismo, su voluntad y su gloria y su poder debajo de su Padre. Este confesar una y muchas veces que en la tierra no tenía más ocupación, ni más alimento, ni más camino que hacer la voluntad de su Padre» (OO.CC. I, n. 315).

Esta insistencia de D. Manuel en que fijemos la mirada en Jesús, el Hijo, en su deseo de vivir siempre y solo la voluntad del Padre, es camino de plenitud, senda de verdad, acierto en lo esencial. D. Manuel lo escribe con tanta abundancia porque así fue la vida de nuestro Salvador: una unión total con el Padre («Yo y el Padre somos uno», Jn 10,30).

Esta fue también la vida del obispo del Sagrario abandonado: buscar, encontrar y cumplir la voluntad del Padre. En el ejemplo de Jesucristo se fijaba e intentaba imitarle: «¡Dios mío, cómo te agradezco que entre todas las impresiones de mi vida de sacerdote y de párroco, la dominante, la casi exclusiva, hayas querido que sea la producida por el abandono del Sagrario! ¡Cómo tengo que agradecerte, Corazón de mi Jesús, el que me hayas llamado a ver, a sentir y predicar el Sagrario abandonado!» (OO.CC. I, n. 29).

Introducción
Este ha de ser el mayor deseo, búsqueda, anhelo, de todo hijo de Dios, de todo discípulo de Jesús, de todo cristiano que viva la espiritualidad eucarístico reparadora que el Espíritu Santo ha dejado en herencia a la Iglesia a través de la vida y la obra de nuestro querido D. Manuel.

Hoy, delante de Jesús Eucaristía, en largo tiempo de silencio interior y de adoración profunda, exclamando lo que decía el campesino al santo cura de Ars («Yo le miro, y Él me mira»), pidamos al Espíritu de Amor que también nosotros busquemos y cumplamos en todo la voluntad del Padre.

Contemplar a Jesús
D. Manuel, mirando cómo Jesús está siempre pendiente de llevar adelante la misión que el Padre le ha encargado, nos sigue animando a mirar una y otra vez a Jesús. Mirándole en clave contemplativa, aprendemos de Él y con Él a vivir solo de la voluntad del Padre: «Ni más madre, ni más hermanos que los que cumplen la voluntad de su Padre. Ni más punto de partida que la misión de su Padre. Ni más término de llegada que volverse al Padre. Ni más fin que darle y buscarle gloria. Entrando en el mundo, se había profetizado de Él, dijo: «No has querido hostias ni oblaciones… aquí vengo» (OO.CC. I, n. 315).

En el Evangelio según san Lucas, tanto la primera palabra de Jesús, con doce años en el templo, como la última, cuando está en la Cruz, son palabras en las que hace referencia al Padre como principio y fin de toda su misión en la tierra: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49); «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).

Manuel meditaba a diario el Evangelio, lo hacía suyo, lo aplicaba a su vida y ministerio, lo predicaba con el testimonio de su propia entrega y lo propagaba en sus homilías y escritos. Hoy sigue empujándonos a ser asiduos escuchadores de la Palabra divina, entregándonos a ella como la Virgen María en la Anunciación: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Este hágase de María, como Madre y Maestra de la escucha de la Palabra de Dios, es el mejor camino para entrar en la voluntad del Padre como Ella y como Jesús, su Hijo. Este hágase, interiorizado en lo más profundo de nuestro ser, nos hace estar totalmente disponibles a lo que el Señor quiera obrar en cada uno de nosotros, para ser enviados a la misión que en cada momento nos pida la Iglesia.

«Y ese “aquí vengo” lo repite haciendo de toda su vida un andar y subir constantes hacia el Calvario. ¿Qué más? La primera palabra que sale de sus labios que registran los Evangelio, testimonio de esa devoción y consagración de Jesús al Padre, son: “¿No sabíais -dice a sus padres en la tierra- que en las cosas de mi Padre es necesario que Yo esté?”. La última palabra que de sus labios cárdenos y resecos de moribundo en la Cruz de su Sacrificio recogen los Evangelio, para su Padre es: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”» (OO.CC. I, n. 315).

Mirado a Jesús y dejándonos mirar por Él, desde su presencia eucarística en la custodia, recibimos la luz que nos lanza a buscar y encontrar hasta en lo más pequeño la voluntad del Padre. Porque siendo fieles en lo pequeño seremos fieles en lo decisivo, siendo de fiar en lo menudo seremos de fiar en lo definitivo: la consagración total a Dios.

Oremos
Oh Padre de misericordia y Dios de todo consuelo, que conoces nuestra fragilidad y miseria, derrama sobre nosotros los dones y frutos del Espíritu Santo para que, al igual que tu Hijo, Jesús, deseemos cumplir siempre tu voluntad y nos entreguemos a la misión encomendada con total desprendimiento de nosotros mismos, desde el servicio humilde y callado a la Iglesia. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Hbr 5,7-10.

Puntos de oración
Jesucristo, en cuanto hombre, nació pobre en un pesebre, vivió pobre con sencillez y vida oculta en Nazaret, lloró ante la muerte de su amigo Lázaro, pasó hambre, no tenía ni dónde reclinar la cabeza, sufrió la agonía en Getsemaní, cargó con la cruz en el camino hacia el Calvario y padeció el terrible suplicio de ser crucificado. Sí, verdaderamente se hizo en todo igual a nosotros, menos en el pecado (cf Hbr 4,15). Su íntima y total comunión con el Padre le llevaba a confiar en Él: «Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas», oraba, suplicaba, le brotaba el dolor desde lo más profundo de su alma. El evangelista san Lucas, en el episodio del Huerto de los Olivos nos dice: «En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas de espesa sangre» (Lc 22,44).
Confiaba en el Padre, oraba noche y día, estaba siempre pendiente de Aquel que le había enviado. Por eso, «presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte». Nadie quiere morir. Dios ha puesto en todo hombre el instinto de supervivencia, el amor a la vida, el miedo a la muerte. También Jesús, en cuanto hombre, en el Huerto de los Olivos, «empezó a sentir espanto y angustia». Él mismo decía a sus discípulos: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mc 14, 33-34).

El deseo de Jesús, en todo momento, era cumplir la voluntad del Padre. Ora de manera única e irrepetible, como solo Él, el Unigénito, el Hijo Amado, podía hacerlo. El Padre escucha su oración: «Siendo escuchado por su piedad filial» (Hbr 5,7). Pero experimenta ese miedo y angustia ante la muerte, como ya había sufrido en su vida pública el rechazo, la hostilidad y las trampas de sus enemigos. En medio del sufrimiento, permaneció fiel a la voluntad del Padre: «Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer» (Hbr 5,8).

Amor que transforma
Amor eterno e infinito del Padre al Hijo, que lo entrega a la muerte como víctima propiciatoria por nuestros pecados. Amor eterno e infinito del Hijo al Padre, que se ofrece como Cordero de Dios para rescatarnos (¡amándonos!) del poder del pecado y de la muerte.

Escuchemos cómo nos lo describe nuestro nuevo santo Manuel González: «¡Grandioso plan, digno de un Dios! El Hijo, por su naturaleza, de Dios, se hace hombre, para hacer por la Gracia, que nos gana con su Pasión y Muerte, a los hombres hijos de Dios, que vean y conozcan a su Padre Dios con luz de su Hijo y amen a su Padre con el Corazón de su Hijo y le hablen con la boca y la palabra de su Hijo» (OO.CC. I, n. 317).

De ese grandioso plan de salvación hemos sido hechos partícipes: por el Bautismo, constituidos hijos adoptivos en el Hijo amado; por la Eucaristía, alimentados con el Pan de Vida; con la Penitencia, purificados de nuestros pecados y bañados en misericordia; con la oración, amigos de Cristo para escuchar al Padre, cumplir su voluntad y servirle en la vocación a la que cada uno ha sido llamado.

Escuchemos a D. Manuel
Así nos expresa lo que acontece en cada hijo de Dios nuestro querido D. Manuel: «En el Bautismo muere con Cristo y queda sepultado el hijo de ira, el hijo del pecado y resucita hijo de Dios, hermano de Jesús, heredero con Él del Reino del Padre: en la Misa el hijo adoptivo del Padre Dios ofrece, como sacerdote, y se ofrece, como hostia, con Jesús Sacerdote–Hostia. Del Bautisterio salimos hijos de Dios, del altar salimos hijos sacrificados, hostias ofrecidas al Padre Dios» (OO.CC. I, n. 317).

Jesús, en todo momento, se fió del amor del Padre, de la íntima comunión con Él, de la fuerza del Espíritu que le sostenía, anunciando su victoria sobre el pecado y la muerte: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Lo anunciado por Él nos lo confirma la experiencia de los apóstoles después de Pentecostés: «A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, a la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado» (Hch 2,32-33).

Vuelvo al Padre
El autor de la carta a los Hebreos nos conduce a esa cumbre de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte por haber vivido siempre en obediencia al Padre: «Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec» (Hbr 5,10).

D. Manuel imagina cómo vivió Jesús esta experiencia de ser el Resucitado, cómo vivió ese tiempo entre la resurrección y la ascensión a los cielos: «Y después de resucitado, en los días que median entre su resurrección y ascensión a los cielos, ¡con qué dulzura paladea la próxima, la inminente reunión con su Padre en aquel suavísimo: “Voy a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”! (Jn 20,17)» (OO.CC. I, n. 315).

Oración final
del beato Carlos de Foucauld
Padre, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras.
Sea lo que sea, te doy las gracias;
estoy dispuesto a todo, lo acepto todo,
con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas.
Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz.
Porque te amo y necesito darme a ti,
ponerme en tus manos, sin limitación, sin medida,
con confianza infinita porque tú eres mi Padre»

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: