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Jubileo de los catequistas

30 octubre 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2016.

Un anuncio que nos llena de gozo

Con motivo del Año de la misericordia, el papa Francisco, a través del Pontifico Consejo para la Nueva Evangelización, convocó a todos los catequistas del mundo a ganar el jubileo el pasado mes de septiembre. Concretamente los días 23 al 25 la ciudad eterna se inundó de grupos de catequistas que con sus respectivos distintivos hacían de Roma una ciudad alegre, joven y colorida.


Para los que tuvimos la suerte de poder acudir a esta llamada del Santo Padre ha sido una gracia inmensa en la que hemos renovado nuestra respuesta al Señor que nos llama a seguirle con una vocación muy específica: ser acompañantes, testigos transmisores de la fe.

Cada grupo de catequistas o cada diócesis organizaba su estancia en Roma de manera diversa, pero todos estábamos convocados a varios momentos que sumándolos daban a nuestros respectivos viajes sentido de peregrinación en un año tan especial.

Reflexionar con Caravaggio
Para los catequistas de lengua española la preparación para ganar el jubileo comenzó en la Iglesia de Sant’Andrea della Valle regida por los Padres Teatinos en pleno corazón de la gran urbe. Allí, los que normalmente preparan a otros para el encuentro con el Señor en los sacramentos, fuimos los destinatarios de una catequesis que se nos dirigió. El sacerdote compostelano Miguel López, delegado de catequesis de la diócesis del Apóstol Santiago nos ayudó a centrar nuestro ser catequista dirigiéndonos una meditación en torno al cuadro de Caravaggio La vocación de San Mateo. A través de sus palabras y contemplando el cuadro en un folleto muy bellamente editado, pudimos ir revisando nuestro ser transmisores de la fe, identificándonos con los distintos personajes que aparecen en el cuadro. Se nos invitó a dar gracias por nuestra vocación y por la mediación de la Iglesia a la vez que se nos pedía responder con prontitud a los nuevos retos en el anuncio de la Palabra.

El segundo momento central de la peregrinación era atravesar la Puerta Santa. Para este fin, y durante todo el año jubilar, está habilitado un pasillo por la Via della Conciliazione que desde el Castell di Sant’Angelo hasta San Pedro te invita a rezar y a llegar hasta la Puerta Santa con un espíritu de recogimiento y conversión. Además, para este jubileo de los catequistas se habían habilitado unos grandes carteles que nos recordaban a distintos mártires y santos que en su vida sirvieron al Señor siendo catequistas.

El último gran momento fueron las vísperas compartidas con todos los catequistas del mundo en la Basílica de San Pablo Extramuros. ¡Impresionaba verla tan llena! Allí el Presidente del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, Rino Fisichella, nos dirigió unas palabras de gratitud y de ánimo, reconociendo la importancia de los catequistas en la evangelización. Antes del rezo de vísperas pudimos escuchar varios testimonios de catequistas de diversas partes del mundo, algunos de ellos con serias dificultades para vivir su fe.

El jubileo de los catequistas acabó con el encuentro con el sucesor de Pedro en la Eucaristía dominical. El papa nos confirmó en la fe, nos recordó la importancia del primer anuncio y nos animó a ser catequistas proponiendo el contenido más sólido y actual, que el Señor ha resucitado.

Reconciliados con Dios
Otro elemento muy importante del jubileo fue la celebración del sacramento de la reconciliación. Muchos grupos de catequistas acudieron a determinadas iglesias que estaban señaladas por idiomas y en las que había confesores. Numerosos grupos aprovechaban otros momentos para recibir el sacramento de la misericordia.

La CEE ha dado la cifra de 430 catequistas españoles, pero yo creo que había muchísimos más. En total, la organización vaticana, que es muy precisa, estimaba que unos 15.000 catequistas iban a participar de la Eucaristía con el papa Francisco.
Siempre el encuentro con el papa nos resitúa en nuestra misión evangelizadora porque nos recuerda que hemos heredado una fe que a su vez estamos llamados a transmitir. Los catequistas, como pilar fundamental de nuestras comunidades, han vuelto de Roma con el deseo de seguir siendo testigos del Señor.

Sergio Pérez Baena, Pbro.

Homilía del papa en el jubileo de los catequistas:

A Dios se le anuncia amando

El Apóstol Pablo, en la segunda lectura, dirige a Timoteo, y también a nosotros, algunas recomendaciones muy importantes para él. Entre otras, pide que se guarde «el mandamiento sin mancha ni reproche» (1 Tm 6,14). Habla sencillamente de un mandamiento. Parece que quiere que tengamos nuestros ojos fijos en lo que es esencial para la fe.

San Pablo, en efecto, no recomienda una gran cantidad de puntos y aspectos, sino que subraya el centro de la fe. Este centro, alrededor del cual gira todo, este corazón que late y da vida a todo es el anuncio pascual, el primer anuncio: el Señor Jesús ha resucitado, el Señor Jesús te ama, ha dado su vida por ti; resucitado y vivo, está a tu lado y te espera todos los días. Nunca debemos olvidarlo. En este jubileo de los catequistas, se nos pide que no dejemos de poner por encima de todo el anuncio principal de la fe: el Señor ha resucitado. No hay un contenido más importante, nada es más sólido y actual. Cada aspecto de la fe es hermoso si permanece unido a este centro, si está permeado por el anuncio pascual. En cambio, si se le aísla, pierde sentido y fuerza. Estamos llamados a vivir y a anunciar la novedad del amor del Señor: «Jesús te ama de verdad, tal y como eres. Déjale entrar: a pesar de las decepciones y heridas de la vida, dale la posibilidad de amarte. No te defraudará».

A Dios se le anuncia amando
El mandamiento del que habla san Pablo nos lleva a pensar también en el mandamiento nuevo de Jesús: «Que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12). A Dios–Amor se le anuncia amando: no a fuerza de convencer, nunca imponiendo la verdad, ni mucho menos aferrándose con rigidez a alguna obligación religiosa o moral. A Dios se le anuncia encontrando a las personas, teniendo en cuenta su historia y su camino. El Señor no es una idea, sino una persona viva: su mensaje llega a través del testimonio sencillo y veraz, con la escucha y la acogida, con la alegría que se difunde. No se anuncia bien a Jesús cuando se está triste; tampoco se transmite la belleza de Dios haciendo solo bonitos sermones. Al Dios de la esperanza se le anuncia viviendo hoy el Evangelio de la caridad, sin miedo a dar testimonio de él incluso con nuevas formas de anuncio.

El Evangelio de este domingo nos ayuda a entender qué significa amar, sobre todo a evitar algunos peligros. En la parábola se habla de un hombre rico que no se fija en Lázaro, un pobre que «estaba echado a su puerta» (Lc 16,20). El rico, en verdad, no hace daño a nadie, no se dice que sea malo. Sin embargo, tiene una enfermedad peor que la de Lázaro, que estaba «cubierto de llagas» (ibíd.): este rico sufre una fuerte ceguera, porque no es capaz de ver más allá de su mundo, hecho de banquetes y ricos vestidos. No ve más allá de la puerta de su casa, donde yace Lázaro, porque no le importa lo que sucede fuera. No ve con los ojos porque no siente con el corazón. En su corazón ha entrado la mundanidad que adormece el alma. La mundanidad es como un agujero negro que engulle el bien, que apaga el amor, porque lo devora todo en el propio yo. Entonces se ve solo la apariencia y no se fija en los demás, porque se vuelve indiferente a todo. Quien sufre esta grave ceguera adopta con frecuencia un comportamiento estrábico: mira con deferencia a las personas famosas, de alto nivel, admiradas por el mundo, y aparta la vista de tantos Lázaros de ahora, de los pobres y los que sufren, que son los predilectos del Señor.

Pero el Señor mira a los que el mundo abandona y descarta. Lázaro es el único personaje de las parábolas de Jesús al que se le llama por su nombre. Su nombre significa «Dios ayuda». Dios no lo olvida, lo acogerá en el banquete de su Reino, junto con Abraham, en una profunda comunión de afectos. El hombre rico, en cambio, no tiene siquiera un nombre en la parábola; su vida cae en el olvido, porque el que vive para sí no construye la historia. Y un cristiano debe construir la historia. Debe salir de sí mismo para construir la historia. Quien vive para sí no construye la historia. La insensibilidad de hoy abre abismos infranqueables para siempre. Y nosotros hemos caído, en este mundo, en este momento, en la enfermedad de la indiferencia, del egoísmo, de la mundanidad.

Una pobreza que dignifica
En la parábola vemos otro aspecto, un contraste. La vida de este hombre sin nombre se describe como opulenta y presuntuosa: es una continua reivindicación de necesidades y derechos. Incluso después de la muerte insiste para que lo ayuden y pretende su interés. La pobreza de Lázaro, sin embargo, se manifiesta con gran dignidad: de su boca no salen lamentos, protestas o palabras despectivas. Es una valiosa lección: como servidores de la palabra de Jesús, estamos llamados a no hacer alarde de apariencia y a no buscar la gloria; ni tampoco podemos estar tristes y disgustados. No somos profetas de desgracias que se complacen en denunciar peligros o extravíos; no somos personas que se atrincheran en su ambiente, lanzando juicios amargos contra la sociedad, la Iglesia, contra todo y todos, contaminando el mundo de negatividad. El escepticismo quejoso no es propio de quien tiene familiaridad con la Palabra de Dios.

El que proclama la esperanza de Jesús es portador de alegría y sabe ver más lejos, tiene horizontes, no tiene un muro que lo encierra; ve más lejos porque sabe mirar más allá del mal y de los problemas. Al mismo tiempo, ve bien de cerca, pues está atento al prójimo y a sus necesidades. El Señor nos lo pide hoy: ante los muchos Lázaros que vemos, estamos llamados a inquietarnos, a buscar caminos para encontrar y ayudar, sin delegar siempre en otros o decir: «Te ayudaré mañana, hoy no tengo tiempo, te ayudaré mañana». Y esto es un pecado. El tiempo para ayudar es tiempo regalado a Jesús, es amor que permanece: es nuestro tesoro en el cielo, que nos ganamos aquí en la tierra.

En conclusión, queridos catequistas y queridos hermanos y hermanas, que el Señor nos conceda la gracia de vernos renovados cada día por la alegría del primer anuncio: Jesús ha muerto y resucitado, Jesús nos ama personalmente. Que nos dé la fuerza para vivir y anunciar el mandamiento del amor, superando la ceguera de la apariencia y las tristezas del mundo. Que nos vuelva sensibles a los pobres, que no son un apéndice del Evangelio, sino una página central, siempre abierta a todos.

Papa Francisco
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