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Ponencia de D. Daniel Padilla en el I Congreso Internacional Beato Manuel González (I)

3 noviembre 2016

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2016.

La formación cristiana: una urgencia catequética

En el I Congreso Internacional Beato Manuel González, D. Daniel Padilla Piñero, asesor nacional de la UNER de España, ofreció su reflexión sobre la formación cristiana, tema que el apóstol de la Eucaristía consideraba una urgencia catequética. Ofrecemos la primera parte en la que fijaremos la mirada en D. Manuel González como maestro.

La educación es una de las mejores opciones de caridad que puede elegir una persona . Y si bien es verdad que se puede educar desde diferentes situaciones –educan padres, maestros, hermanos, compañeros…–, hablar de educadores supone referirse, sobre todo y en primer lugar, a los maestros y, por extensión, también a todos aquellos que de un modo u otro educan.

Ser educador pertenece a la esencia de la persona. No es una tarea, no se ejerce de educador, se es educador. Por tanto, lo que se piensa, lo que se dice, lo que se lleva a la práctica cada día, lo que se vive, lo que se transmite, tiene que ver íntegramente con toda la persona, porque la persona es una unidad.

Las reflexiones siguientes quiero hacerlas sabiendo que nos aproximamos a una tarea sagrada. ¿Quién nos prepara a los hombres para ser humanos? ¿Cómo y dónde se nos abren las fuentes de la humanidad para vivir gozosamente enhiestos en el mundo, sin sucumbir a la animalidad, la barbarie o la desesperanza? Ya Sócrates se admiraba de que hubiera escuelas que preparaban a los jinetes, a los marineros, a los herreros y a los soldados para el ejercicio de su profesión futura y, en cambio, no había escuelas que preparasen para ser hombres.

1. Una mirada al maestro Manuel
1.1. Un enamorado

La fuente de su vida cristiana y consagrada estaba en el amor. Amado, elegido antes de la creación, recibió el mandato de permanecer en el amor. Es imposible llevar a cabo el ministerio que realizó cabalmente, tal como se le había encomendado, sin la experiencia del discípulo amado. Compañero de fatigas, en medio de la oscuridad de tantas noches personales y cósmicas. Gritar en el amanecer, rompiendo el silencio de la oscuridad: ¡Es el Señor!

Así, de este modo, el cansancio, en don Manuel, se convierte en aliento, el miedo en coraje, la desesperanza en ánimo vivo, el fracaso en comienzo de victoria, porque como el Padre le amó, así nos ama él. Las circunstancias en las que vivió hicieron especialmente necesaria esta experiencia íntima de Dios; mística, para llevar con coherencia su condición de cristiano–sacerdote.

En el corro de Huelva y, después Málaga y Palencia, un puñado de vidas fueron conscientes de ser de los suyos, de ser del Amo. Asombrados de ser llamados hijos, se sobreasombraban al ser elegidos antes de la creación del mundo, y a don Manuel, le descolocaba el exceso de amor al ser llamado a la vida ministerial. Y, por eso, su corazón cantaba agradecido proclamando las grandezas de Dios al escuchar: A ustedes los llamo amigos, vengan conmigo. Fue y es amada la tierra. Fue y es amada la multitud de mujeres y de hombres de todos los tiempos. Desmedidamente amados, gratuitamente amados, definitivamente amados.

Con la conciencia clara de que era pequeño, pero el Maestro era grande. Que el camino parecía imposible, pero el Corazón Eucarístico de Jesús, el crucificado exaltado como Señor de la gloria, estaba con él, más aún, iba delante de él. En medio del mundo, su vida ministerial era el amor del Corazón de Jesús. Él, Jesucristo, era su identidad, la fuente de su alegría, la certeza de su vida. Él, Jesucristo, era la verdad del Verdadero, el amor del Amante. Él le ha seducido. Se ha fiado de él. Le hizo por su Espíritu capaz, y le confió la vocación para el servicio.

«¡Ser apóstol! Aspiración de almas grandes, generosas, heroicas. ¡Ser apóstol! Es llenarse hasta rebosar, de Jesucristo, de su doctrina, de su amor, de su virtud, de su vida y mojar hasta empapar a todo el que nos toque o se nos acerque del agua que nos rebosa, es hartarse hasta embriagarse del vino del conocimiento y amor inmensos de Jesucristo y salir por las calles y plazas ebrios… es hacerse loco de un solo tema que sea: Jesús crucificado y sacramentado está y no debe estar abandonado» (OO.CC. III, n. 4914).

El abandonado cambió sus criterios y le propuso un proyecto nuevo y sugerente, pareciendo, desde entonces, todo basura comparado con el conocimiento del Señor (cf. Flp 3,8). Él lo hizo su compañero y colaborador. ¡Asombro de amor! Y, por ello, sus entrañas, una y otra vez, exclaman: ¿Cómo pagaré, Señor, todo el bien que me has hecho? «Alzaré la copa de la salvación invocando su nombre» (Sal 115,4).

Cada día cuando celebraba la Eucaristía se sentía examinado en el amor. En la autenticidad, en la coherencia con su vida, de lo que decían sus labios y su pluma siguiendo al Maestro: «Tomad, esto es mi cuerpo; esta es mi sangre derramada por vosotros y la humanidad entera». Pan partido, copa ofrecida. Se siente cogido, ungido, roto, repartido. Y, así, puede dar voz al secreto de su corazón cuando es alzado Jesús, entre el cielo y la tierra y aclamar en medio de los hermanos: Por Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre, en la unidad del Espíritu Santo, ¡todo honor y gloria eterna!

«La conversión gradual y constante de nuestro ser en hostia por acción de las Hostias de nuestras Comuniones, esa es la verdadera vida interior o espiritual, porque es el Espíritu Santo, el gran Agente de esa misteriosa asimilación de la Hostia, el que con el jugo de la caridad divina, que cada Comunión infiltra en nuestro ser, y con el ejercicio de nuestra libre cooperación, va elaborando al hombre nuevo, al hombre–hostia» (OO.CC. I, n. 1163).

1.2. Un explorador
Enamorado, calentando su corazón, el Amo le dio lo que luego le pide: vivir desviviéndose por amor a los hermanos. Por ello vivía entregándose a todos, fundamentalmente, buscando las huellas de Dios, explorando caminos, equivocándose y acertando, cayéndose y levantándose.

El beato asistió a una gran aceleración histórica, algunos, incluso proclamaron el fin de Dios en la incipiente sociedad minera. El beato entiende que hay que trabajar más y hacerlo mejor. Tenía como certeza que él era, como Juan el Bautista, enviado para indicar caminos por donde anda Dios. En la noche amaneciente que le tocó vivir, abrió con sudor y junto a otros, caminos nuevos. Roturar terrenos, en la serena certeza de que siempre es posible abrir caminos nuevos al Evangelio. Sembrando sin medida, loca y apasionadamente.

«Si todos los católicos lo fueran de obras, palabras y cooperación, ¡ya nos podríamos reír de todos los laicismos nacidos y por nacer!» (OO.CC. III, n. 4725).

Los consagrados, es decir, todos, solo existen para amar a Dios y ayudar a otros a amarlo. Un amor traducido, necesariamente, en servicio y entrega a los más humildes, a los menos favorecidos, a los excluidos. A los nuevos ciegos, cojos y oprimidos, como dos caras de una misma moneda, dos orillas de un mismo río, dos latidos de un mismo corazón. Para que así, quienes se acercaren al beato vean realizado lo imposible, que les queremos y que nos amamos, que no tiramos barro a la cara de nadie, sino ternura y esperanza, porque estando con Dios, nos volcamos con nuestros hermanos.

Dadme cristianos llenos y rebosantes del conocimiento, de la imitación y del amor a Jesucristo y yo os daré muchedumbres, de verdad, cristianas» (OO.CC. III, n. 4.597).

1.3. Un profeta
Explorador enamorado, en medio del pueblo es profeta. Hablaba, actuaba y escribía en nombre de Dios y lo hacía con valentía y pasión. Era el rostro de quien le enviaba; la voz de su corazón; pregón pascual renovado en medio del mundo; icono del Dios vivo y verdadero. El beato era una página del Evangelio que muchos leyeron y leemos.

Caminando a cielo abierto, sus ojos tenían el brillo de la esperanza, sus rodillas fortalecidas, el corazón permanentemente reanimado, pues, a pesar de las dificultades, y eran muchas, trabajaba incansablemente. Para conseguir la victoria de la ternura de Dios, convencido que Él prepara una sonrisa nueva para esta humanidad, desde la inmensidad de la noche. Herido de amor, vivía en la certeza de que en todo sobrevencería por Aquel que le amó y le llamó. El Hijo bendito era su bendición. Y porque sabía que nada ni nadie le apartaría del amor de Cristo, expulsaba de sí todo temor, se sobreponía a las dificultades y fracasos y tomaba parte en los duros trabajos del Evangelio y en el combate de la vida, buscando siempre cómo poder entregar mejor a su Jesús a cada ser humano con el que se tropezaba. Cuanto mayores eran las dificultades, más le urgía, más le apremiaba el amor de Cristo, porque ¡ay de nosotros si no anunciamos el Evangelio! (cf. 1 Cor 9,16).

«No conozco resorte pedagógico, ni ascético, ni social para hacer la vida de los niños y de los hombres y de los pueblos buena, agradable, radiante de felicidad y santa como la fe viva, el gusto y el sentido de la Presencia real. ¡Eucaristizar! Perdonad la novedad de la palabra, pero no conozco otra que mejor exprese lo que hay que hacer con los niños para llevarlos al conocimiento, amor e imitación del Corazón de Jesús y os lo diré, hasta la santa chifladura por Él» (OO.CC. I, n. 264).

Él tenía a gala servir y ayudar a todos. Porque el Maestro era la razón de su vida, la deuda que tenía con cada ser humano que viene a este mundo. El último deseo del beato es que la Salvación llegara a todos y que el nombre de Jesús resonara hasta los confines de la tierra.

Daniel Padilla Piñero, Pbro.
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