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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (enero 2017)

9 enero 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2017.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro (Sal 51,12)

«Ha dicho un autor que los santos no son los que nunca cayeron, sino los que siempre se levantaron. Almas, teniendo a vuestro alcance a un Jesús tan manirroto y de Corazón tan de par en par a fuerza de dar misericordia, ¿tendréis miedo de ejercitar la fidelidad de levantaros siempre? ¡Siempre! es decir, muchas, muchas, muchas veces» (OO.CC. NN, n. 3095).


Estas palabras alentadoras, llenas de luz y de esperanza, de san Manuel, nos invitan a levantarnos una y otra vez cuando caemos, cuando pecamos, para experimentar la infinita misericordia de Dios, en especial cuando acudimos al Sacramento del perdón.

San Manuel nos transmite lo que vivía: que el Señor es un manirroto a la hora de perdonar, con un corazón abierto, rasgado, del que mana misericordia tras misericordia. «Dios no se cansa nunca de perdonar», dice el papa Francisco. Lo mismo ya pregonaba nuestro fundador: «Antes os cansaréis vosotros de levantaros por falta de humilde confianza, que Él de daros su mano y el perdón de su Corazón por falta de misericordia» (OO.CC. II, n. 3095).

Estar a solas con el Amado en largos tiempos de adoración eucarística o participar comunitariamente en una Hora Santa postrados a los pies de Jesús Sacramentado, es dejarse amar por el Amor de los amores; es escuchar de su boca: «Cuando me comas en la Comunión eucarística, tú te transformarás en mí».

El Corazón de Jesús está siempre perdonando cuando se acude a Él humilde y arrepentido; está siempre amando porque nos quiere asimilar a Él y transformarnos en Cristos vivos; está siempre llamándonos a la santidad, para que pueda llevar a buen puerto la obra que Él inició en nosotros desde nuestro Bautismo; está siempre invitándonos a ser testigos de su amor entre los mas pobres y humillados, los más marginados y oprimidos, como respondió san Manuel en Huelva, Málaga y Palencia a esta solicitud del Señor: «Otro rasgo de la espiritualidad de D. Manuel es la atención y el servicio a los pobres. En su tiempo había mucha gente pobre de medios materiales y falta de instrucción y de fe. Cuando él contempla estas necesidades, pone manos a la obra para paliar estas carencias. Él decía: «El tesoro de un obispo son sus pobres y el cuidado de ellos su negocio preferente». Recordemos que, cuando fue nombrado obispo residencial de Málaga, lo celebró dando un banquete a los niños pobres, a quienes sirvieron las autoridades, los sacerdotes y los seminaristas» (D. Jesús Catalá, obispo de Málaga, en la Misa de acción de gracias por la canonización de san Manuel).

Oración inicial
Oh Dios, Padre de misericordia y siempre dispuesto al perdón y al abrazo hacia el hijo que vuelve a tu casa, impulsa nuestras vidas a vivir en permanente conversión, a sabernos levantar una y otra vez cuando hemos pecado y a experimentar el gozo de tu fiesta de perdón. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Jn 8, 1-11.

Meditación
Jesús se retiraba al monte a orar, a estar en íntima comunión con el Padre, para cumplir siempre y en todo su voluntad: «No hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado» (Jn 8,28).

San Manuel nos enseña: «A pesar de la necesidad urgentísima que el mundo tenía de oír su palabra y ver sus ejemplos y de ser redimido, de sus treinta y tres años de vida mortal entre los hombres, dedica treinta al cumplimiento silencioso de la voluntad de su Padre en una vida totalmente oculta y anónima y sólo tres, y no completos, a la vida pública» (OO.CC. III, n. 4813).

La Palabra de vida
Jesús, en el deseo de cumplir siempre la voluntad del Padre, enseñaba en el templo y todo el mundo acudía a Él porque tenían hambre de una palabra viva, de una salvación definitiva, de la Buena Noticia que les liberara de la esclavitud del pecado.

San Manuel también lo vivía así: «¡Cuánto debe el hombre al Evangelio! Lo que sabe de Dios, de su alma y de cuanto más le interesa, a él lo debe. Ningún libro le puede enseñar tanto ni proporcionarle más elementos de felicidad verdadera» (OO.CC. III, n. 4813).

A Jesús, los escribas y fariseos quieren tenderle una trampa, cuando le presentan una mujer sorprendida en adulterio: ¿apedrearla o no? Nos lo dice el evangelista Juan: «Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarla» (Jn 8,6).
Jesús hablaba claro, directo, sin ocultar nada. Así lo vivió y lo transmitió don Manuel: «Jamás plegó, enfundó o disimuló su bandera. Adondequiera que iba, en dondequiera que se presentaba, cualquiera que fuera el motivo o la ocasión, en público o en privado, ante ignorantes o ante sabios, perseguido o aclamado, desconocido o reconocido, Jesús no hablaba ni predicaba más que para dar a conocer el Reino de Dios, ni se ocupaba ni se preocupaba más que de establecerlo y arraigarlo» (OO.CC. III, n. 4603).

Con firmeza y verdad
Jesús, con firmeza, con verdad, puso al descubierto la hipocresía de los fariseos con su afirmación clara y contundente: «El que esté sin pecado, que tire la primera piedra» (Jn 8,7).

San Manuel, heredero de la firmeza de su Maestro, señala con valentía con qué frecuencia hay lobos disfrazados de corderos. También cada uno de nosotros podemos ser hipócritas, creyéndonos los buenos , los que cumplimos bien los mandamientos cuando, en realidad, vivimos lejos de Dios y de la verdad. Don Manuel lo describe así: «El trato con los hombres me ha enseñado, entre otras cosas, esta: que son legión los que gustan de vivir en carnaval perpetuo y que el oficio, a que con más frecuencia se dedican, es al de máscaras» (OO.CC. III, n. 4184).

El papa Francisco nos ha dejado la carta apostólica Misericordia et misera como final del Año de la misericordia. En el inicio de esta carta el papa comenta esta escena de la mujer adúltera que iba a ser apedreada, mostrando cómo el don total de Jesús en la cruz devuelve la ley mosaica a su genuino propósito originario: «Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón: allí ha reconocido el deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor. Por parte de Jesús, ningún juicio que no esté marcado por la piedad y la compasión hacia la condición de la pecadora. A quien quería juzgarla y condenarla a muerte, Jesús responde con un silencio prolongado, que ayuda a que la voz de Dios resuene en las conciencias, tanto de la mujer como de sus acusadores. Jesús dice: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? […] Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más” (vv. 10-11). De este modo la ayuda a mirar el futuro con esperanza y a estar lista para encaminar nuevamente su vida; de ahora en adelante, si lo querrá, podrá “caminar en la caridad” (cf. Ef 5,2)» (n. 1).

Preces
Dios, rico en misericordia, dispuesto siempre al perdón escucha a sus hijos que le imploran con sencillez: Señor, escucha y ten piedad.

  • Padre misericordioso, que enviaste a tu Hijo como Salvador, entregándose hasta la muerte en cruz para rescatarnos del poder del pecado y de la muerte, revístenos de tu misericordia para que nuestra débil condición de pecadores sea transformada por tu infinito amor.
  • Padre clementísimo, que constituiste a tu Hijo como Siervo de Yahvé, traspasado por nuestras rebeliones y triturado por nuestros crímenes, conviértenos con la fuerza de tu Espíritu y la ternura de tu bondad para que seamos instrumento y mediación de tu misericordia para otros hombres.
  • Señor de Cielo y tierra que en tu Hijo crucificado nos revelaste tu infinito perdón cuando te clamó «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen», haznos experimentar tu perdón, para que perdonemos setenta veces siete como tú, amemos a nuestros enemigos, recemos por los que nos persiguen y nos reconciliemos con quienes nos han ofendido.
  • Padre Creador, que quieres que todas los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, derrama tu Espíritu de amor en toda la Humanidad, para que se ponga fin a las guerras, se silencien las armas, se apague el terrorismo y se trabaje incansablemente por la paz, la justicia y la fraternidad entre los pueblos, naciones y grandes religiones.

Oración sálmica
Para entrar en la experiencia de la misericordia divina (Sal 51/50)
Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.

Oración final
Padre eterno, haz que tu Iglesia viva en permanente tiempo de misericordia, donde cada creyente pueda experimentar tu caricia paterna, tu bondad infinita; donde tu Espíritu infunda consuelo a los débiles e indefensos, tu cercanía a los que están lejos, tu riqueza de amor y tu justicia a los pobres y desheredados y tu abrazo de Padre a los pecadores que vuelven a ti. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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