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Editorial (enero 2017)

15 enero 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2017.

El Rey de las manifestaciones

Estamos acostumbrados a (y hasta a veces atemorizados de) ver, escuchar e incluso sufrir las numerosas manifestaciones que día a día se realizan en nuestras ciudades. Quienes vivimos en capitales más aún, ya que se pueden llegar a contar por decenas las que se dan cita para pedir justicia, o salarios dignos, o un cambio en la política, etc., etc., etc.

En estas manifestaciones, genuino derecho de los pueblos democráticos, son puntos importantes la cantidad de personas que asistan, el número de decibeles que se alcance con los cantos, lemas repetidos y demás instrumentos manifestacionales (que no musicales) y, quizá el más anhelado, la repercusión mediática que se logre a partir de los dos primeros aspectos.

También Dios tiene, en su íntimo ser divino, el derecho a la manifestación que ejerce desde siempre. No debería sorprender, sin embargo, que el ejercicio del mismo por parte de la Trinidad sea tan diverso al de los hombres.

En el comienzo del año, a pocos días de la celebración de la Navidad, celebramos la Epifanía que, tal como afirma el Diccionario de la Real Academia Española, es una palabra que proviene del latín tardío y, a su vez, del griego y significa «manifestación, aparición o revelación». Más aún, la RAE puntualiza que cuando se utiliza con su segunda acepción –«festividad que celebra la Iglesia católica el día 6 de enero, en conmemoración de la adoración de los Reyes Magos»– se debe escribir con mayúscula. En efecto, todas las acciones de Dios deberían escribirse con mayúsculas, ya que nada en nuestra vida puede igualar la acción divina. Tampoco el manifestarse.

El objeto de las manifestaciones humanas suele ser una denuncia de una situación molesta o anómala. El motivo de la manifestación divina es totalmente diverso. Dios, perfecta comunión, desea darse a conocer a sus criaturas, a todas sus criaturas. El nacimiento de Jesús en Belén apenas había sido conocido por dos humildes nazarenos: María y José. Yahvé envía ángeles a los pastores y, desde tiempo antes, había enviado una estrella a quienes sabrían interpretar este lenguaje a la vez divino y celestial.

Dios, al manifestarse, no utiliza grandilocuencias sino que sigue siendo el siempre presente en lo cotidiano y utilizando el lenguaje que nosotras, sus amadas criaturas, podemos comprender. Ángeles que hablan a humildes pastores, estrellas que transmiten el mensaje a lejanos reyes, magos, astrólogos…

También hoy, dos milenios después, el Señor sigue manifestándose. Y continúa haciéndolo como lo hacía entonces, es decir, con un lenguaje inteligible a sus hijos. ¡Qué gran alegría saber que todo nos habla de su amor y su presencia! ¡Qué gran paz transmite la certeza de saber que su voz sigue siendo cercana y trayendo serenidad a nuestras vidas!

En el silencio sonriente de un niño recién nacido, en el perdón, en una mano tendida, en el gozo de un descubrimiento o en el abrazo de quien estaba lejos, el Señor sigue manifestándose en nuestro día a día. ¡Qué buena ocasión, en estos días posteriores a Epifanía, cuando ya comenzamos el Tiempo ordinario, meditar, reflexionar y dejarnos hablar por este Dios que es Padre y sigue comunicándose con nosotros no por oscuros oráculos sino a través del lenguaje que mejor entendemos los humanos: el lenguaje del amor. En este tiempo en que ya se han apagado las luces de la Navidad, dejemos que el Dios de la luz nos hable e ilumine nuestro corazón. «

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