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Ponencia de D. Daniel Padilla en el I Congreso Internacional Beato Manuel González (II)

19 enero 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2017.

La formación cristiana: una urgencia catequética

En el I Congreso Internacional Beato Manuel González, que tuvo lugar en Ávila en la primavera de 2015, D. Daniel Padilla Piñero, asesor nacional de la UNER de España, ofreció su reflexión sobre la formación cristiana, tema que el apóstol de la Eucaristía consideraba una urgencia catequética. Ofrecemos la segunda parte que versa sobre la obra y el pensamiento del apóstol de la Eucaristía.

Una mirada a su obra: La acción social educativa del beato Manuel. Si don Manuel González descubre el abandono del Sagrario en el pequeño pueblo de Palomares, si dedica esfuerzos prioritarios a conferir dinamismo evangelizador al seminario de Málaga, granja del Buen Pastor para formar pastores cabales, Huelva es el lugar del encuentro con la presencia especial de Cristo en el pobre: «tuve hambre y no me disteis de comer» (Mt 25,42).

El trípode del obispo don Manuel lo forma la Eucaristía, el sacerdote y el pobre. Imposible definir la personalidad sacerdotal y episcopal de don Manuel si se intenta sustraer cualquiera de las tres dimensiones señaladas.

Huelva no era en 1905 un sitio apetecible para un joven sacerdote, ávido por hacer grandes obras y recoger rápidos frutos. Las 20.000 almas a las que tenía que dedicar su atención habían perdido el contacto con la Eucaristía y con la Iglesia. Como cura ecónomo de la parroquia de San Pedro, de la que poco después fue regente, su tarea iba a consistir no solo en animar a sus feligreses a acercarse a la Iglesia, sino en una profunda labor de formación: «Lo que más me dolía era la verdadera agresión de los niños, que, al ver pasar al sacerdote, gritaban: ¡Mala pata!, ¡cuervo!, y no contentos con las palabras, durante ocho días consecutivos, me apedreaban» (Cf. J. Campos Giles, El Obispo del Sagrario Abandonado, p. 59).

El 16 de junio de ese mismo año fue nombrado arcipreste de Huelva y es aquí cuando comienza en su vida una etapa de gran contenido. Trabajó con incansable celo apostólico en las tareas de su ministerio sacerdotal: clara tenía la meta, era difícil el camino, pero poseía los medios suficientes para llenar aquella ciudad de amor a la Eucaristía. Estos medios eran la oración, la mortificación y la disponibilidad para sus feligreses. Llamaba a la disponibilidad el «culto tempranero» (OO.CC. II, nn. 1.679). La Misa primera en Huelva a las cinco y media los domingos; los días de trabajo era a las seis, en verano, y seis y media en invierno, y algún día –el día de los finados– a las cuatro. Este culto tempranero, a la hora fija, con predicación incansable y catequesis sin interrupción, unido a la intervención del pueblo en el canto, le llevó a acercar muchos miles de almas a la sagrada Comunión.

Deseaba tener la iglesia muy limpia: «Ya que no podemos evitar que nuestra iglesia sea la casa más pobre del pueblo, trabajemos porque la casa de Dios sea la más limpia de todas las del pueblo» (OO.CC. II, nn. 1.673).

Don Manuel se esforzó por ejercer su ministerio más allá de lo establecido en los sagrados cánones: además de las visitas a las familias y a los enfermos, su celo le llevó lejos. Se hizo fundador. Sintió la necesidad de desbancar el monopolio de la enseñanza primaria de las escuelas laicas, que anulaban a muchos niños para lo sobrenatural.

Era necesario y urgente hacer unas escuelas gratuitas que formaran cristianamente a los niños. Así fundó las Escuelas Católicas del Sagrado Corazón, cuya construcción se inició en enero de 1906.

«Capital inicial para la Obra: cero en metálico; en fe, confianza en el Sagrado Corazón y amor a los niños abandonados: millones. No faltaban más que hacer una conversión de valores; cambiar la fe, la confianza y el amor en pesetas y la obra estaba hecha» (OO.CC. II, n. 1.790).

A los dos años, el 25 de enero de 1908, inauguraba en el barrio de san Francisco las nuevas Escuelas del Sagrado Corazón. El 1 de febrero se abrió el curso. De nuevo estaban allí dificultades económicas para sostener las escuelas católicas y gratuitas, y con la misma rapidez se solucionaron. Junto a las Escuelas, abrió el Patronato de Aprendices, y la Granja Agrícola Escolar, en la que se compaginaban el aprendizaje de la agricultura con la diversión al aire libre.

Para toda esta labor social y de educación don Manuel contaba con la colaboración de don Manuel Siurot, que se dedicó totalmente a la pedagogía del Evangelio, tal como la había aprendido de don Andrés Manjón.

A mitad de camino entre la fundación de las Escuelas del Sagrado Corazón y su puesta en marcha, don Manuel creó la revista El Granito de Arena, en noviembre de 1907. Era el órgano oficial de la acción social católica del arciprestazgo de Huelva. Al ser nombrado obispo, siguió publicándola en Málaga y después en Palencia, como órgano oficial de la Pía Unión de las Tres Marías y los Discípulos de San Juan de los Sagrarios–Calvarios.

Había que llegar a todos los necesitados. Los que más lo requerían eran los habitantes del Polvorín, barrio de chozas miserables de madera y latón y de muchedumbre semihumana al servicio de la compañía minera Riotinto. Además de las escuelas de niños, fundó una dominical para chicas y una nocturna para obreros. Todo se desarrollaba en unos locales pequeños y provisionales. Hacer nuevas escuelas era una empresa costosa: solo el solar importaba unas 50.000 pesetas. Como don Manuel no contaba con esa cantidad, había que conseguir los terrenos de forma gratuita. El ingeniero que los tenía que ceder era protestante. Actuó de intermediario don Pedro Merry del Val, que lo logró. En octubre de 1911 se acabaron las obras de las nuevas escuelas.

Una mirada a su pensamiento
Siguiendo a D. Francisco Parrilla Gómez en su publicación Evangelios vivos con pies de cura, podríamos resumir su pensamiento. Todas las realizaciones anteriores son exponentes de sus convicciones. Certezas que no solo generan buenas obras, sino que autentifican que su amor al Sagrario es muy verdadero. Experiencia de la realidad que expresa de forma clara y contundente en la ponencia que desarrolló en la III Semana Social de Sevilla.

  • Define la cuestión social como: «el conjunto de obras que los católicos han de realizar para ir al pueblo y traerlo a Cristo. Es un viaje de ida y vuelta, que empieza en Cristo y termina en el pueblo y empieza en el pueblo y termina en Cristo» (OO.CC. II, n. 1.884).
  • ¿Dónde está el pueblo? Es realista en su visión. La conoce y quiere denunciarla. «Ah, señores, yo no soy pesimista por la gracia de Dios, y yo sé que aún hay pueblo cristiano y que lo habrá siempre. Pero también sé que hay una gran parte del pueblo que está muy lejos de nosotros. Más lejos que los antípodas, más lejos que la luna y el sol, ese pueblo está infinitamente distante de nosotros» (OO.CC. II, n. 1.885).
  • Su teoría. A partir de un cura «chiflado» por el Señor, todo o casi todo es posible. Por el Sagrario surgirán obras sociales, sindicatos, cajas de ahorros, escuelas, círculos. Don Manuel está convencido de que solo un cura verdaderamente «chiflado», esto es, entusiasmado de amor por el Corazón de Jesucristo, que esté dispuesto a dar la vida, hará lo que sea necesario para responder a las necesidades del pobre. Un «chiflado» responde a un cura entregado, generoso, que lo da todo.
  • Todas estas obras, que son de justicia, deben estar conformadas –son sus palabras– «con el vino del amor y el aceite de la piedad» (OO.CC. II, n. 1.905). La mejor obra social, si no lleva envuelta el amor y la piedad, si no genera esperanza y consuelo, difícilmente puede ser acción del Corazón de Jesús. Y esto lo tiene muy claro D. Manuel González. Para solucionar el mal real que le rodea no es suficiente cualquier obra, es necesario que se perciba en ellas cercanía de quien ama, de quien sabe consolar y animar la esperanza.
  • El término de todo es Jesucristo, la gran carencia de nuestro mundo. Jesucristo que debe ser explícitamente anunciado. Que es principio y fin, alfa y omega. Jesucristo, ayer, hoy y siempre, Jesucristo proclamado y celebrado y seguido en todos los valores con los que vivió y predicó.
  • El amor al pobre. D. Manuel González expresa su deseo final: «Quiero morir junto a la puerta de un Sagrario o junto a la puerta de un pobre»(J. Campos Giles, El Obispo del Sagrario Abandonado, p. 459).

Cuando hoy repetimos la necesidad de estar cerca de los pobres, en la opción preferencial por ellos, en el beato Manuel descubrimos al obispo profundamente eucarístico y, al mismo tiempo, que está junto a los pobres.

Huelva y Málaga constituyen dos experiencias fuertes de miseria, más que de pobreza, y de respuesta traducida en obras y en gestos que ofrecen solución a las apremiantes necesidades con especial talante que sabe a Evangelio. Cercanía, amor, escucha…
Todo este pensamiento tenía un estilo propio. Cuando se lee algún escrito de don Manuel González, lo primero que resalta es su peculiar estilo. Su principal biógrafo señala cuatro notas características del estilo personal de don Manuel: transparencia de ideas, originalidad, humor y unción.

Una mirada a una urgencia: Que Jesús sea más conocido y amado
Con relación a la enseñanza y a la catequesis, D. Manuel nos ofrece un pensamiento muy rico. A través de esos textos se expresa la urgencia por la educación humana y cristiana, especialmente de los niños. Partiendo el pan a los pequeñuelos es una recopilación de los artículos escritos sobre catequesis en la revista El Granito de Arena. El libro es fruto de la experiencia catequística de don Manuel, y con ejemplos y observaciones muestra lo que es la catequesis de niños. Toda la obra tiene también un fin eucarístico: por el conocimiento del catecismo, desea llevar a los niños a querer a Jesús, presente en el Sagrario. Las ideas más destacables para nuestro propósito son las siguientes:

  • Hay que acabar con la ignorancia del catecismo entre los niños y los mayores.
  • La catequesis es el catequista. Destaca su importancia y su vocación. Manifiesta su preocupación por formar catequistas de verdad.
  • Para que los niños conozcan a Jesús, el catequista lo ha de conocer, querer e imitar.
  • Los niños han de asistir a la catequesis, no por premios o regalos, sino por atracción, que experimenten que son amados.
  • El catequista ha de enseñar a los niños, como niños que son: jugando, como lo hace el P. Andrés Manjón: cuentos representados, juegos pedagógicos, ejercicios, narraciones, anécdotas.
  • La doctrina cristiana ha de ser explicada de manera que los niños vean más y mejor lo que se les enseña. Las actividades han de concluir con reflexiones personales sobre lo aprendido.
  • Toda la catequesis ha de orientarse hacia el Sagrario.
  • Anima a los párrocos a establecer escuelas parroquiales, por los buenos resultados de Huelva.
    Frente a la guerra al catecismo ambiental, la respuesta habría de ser propaganda, enseñanza y otros muchos aspectos más pequeños, pero no por ello menos importante.

Partiendo el pan a los pequeñuelos tiene una continuación. Puede decirse que Sembrando granos de mostaza cumple esta función. Resaltemos como ideas fundamentales:

  • El elogio de las cosas pequeñas y la grandeza de Dios en lo mínimo y cómo un catequista siembra granos de mostaza y recoge árboles frondosos.
  • El alma de los niños es como un terreno virgen y sin explorar, de muy buena calidad. El catequista tiene que llegar el primero a ese terreno y realizar una generosa siembra.
  • Lecciones de vida, modos de enseñar a los niños a hacer oración ante el Sagrario, así como prepararse para la comunión o la acción de gracias.
  • Cuando en un alma sencilla, afirma don Manuel, se siembra semilla de fe, se puede esperar una cosecha de paz y gracia.

En Programa cíclico de Catecismo ofrece a los seminaristas de Málaga un auxilio para la catequesis organizada por estos en la iglesia de Ntra. Sra. de la Victoria.

  • Así ordenó, facilitó y amenizó la enseñanza de la Religión.
  • Deseaba hacer de los catequistas semilleros de cristianos enterados y prácticos.
  • Todo programa, método y fin catequístico se describe con las siguientes palabras: «poner a los niños tan cerca de Jesús que desde muy chiquitos sepan los niños qué hacía y decía Jesús, ¡que se sepan a Jesús, en el doble sentido de esa palabra: conocer a fondo y saborear con gusto a Jesús!» (Programa cíclico de Catecismo, pp. 4-5).

En su obra Todos catequistas nos da a conocer lo fácil y lo necesario que es para un católico enseñar catecismo. Es lo que llama catecismo mínimo porque su programa se reduce a tres cuestiones, a saber: «Un católico enseña catecismo siempre que obra como católico. Un católico enseña catecismo siempre que habla como católico. Un católico enseña catecismo siempre que se interesa por los que se dedican a enseñarlo, ayudándoles con su dinero, poco o mucho, con su trabajo personal perseverante, con sus oraciones y de todos los modos que pueda» (OO.CC. III, n. 4.703).

Don Manuel lo escribió como fruto de su vida, de su trabajo y de su labor pastoral. Ve el problema y da soluciones.

En La gracia en la educación (OO.CC. III, nn. 3.852-4.435), D. Manuel desarrolla la «tesis única de toda pedagogía: el mejor maestro es el que tenga más gracia y cuente más con ella» (OO.CC. III, n. 3.855). El libro está dirigido a todos aquellos que son educadores y que necesitan de la gracia para llevar a cabo su cometido.

  • Para educar es necesaria la gracia en su doble sentido: natural y sobrenatural.
  • La gracia es el gran instrumento de la educación integral del hombre.
  • La gracia natural viene del ingenio y de la bondad.
  • La gracia sobrenatural es la piedra clave de todo el edificio de la educación, porque, además de hombres acabados y cabales produce hombres divinizados.
  • En la educación hay que contar con el pecado, que es la causa principal y primera de la deformación del niño y del hombre.
  • Un educador en pecado se vuelve deseducador y destructor por sus malos ejemplos y enseñanzas.
  • Hay que conocer a los niños individualmente, su proceso de crecimiento y su evolución.
  • La piedad preserva la gracia en el niño.
  • El desideratum de la educación es que esta ha de ser graciosa, dada por padres graciosos, ayudada y secundada por maestros graciosos, que formen el hogar gracioso y la escuela graciosa.

En la Cartilla del Catequista Cabal o Los Catequistas que hacen falta, D. Manuel pretendía multiplicar el número de los que se entregan al oficio de dar catequesis y facilitarles el trabajo mediante una formación intensificada.

  • Nos ofrece su catequesis modelo y cómo se forma.
  • La catequesis dura todo el año.
  • Catequesis domingos, jueves y sábados por espacio de una hora.
  • Escribe sobre las Misas de los niños, fiestas catequísticas, excursiones catequísticas y hasta del museo catequístico diocesano.
  • Nos ofrece en un apéndice titulado: «¡Marías, hay que hacer locuras!», una llamada a realizar locuras de corazón para que los niños no pierdan a Jesús o, si lo han perdido, lo recuperen.
  • Las Marías, entonces, han de pertenecer a la catequesis parroquial.
Daniel Padilla Piñero, Pbro.
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