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Con mirada eucarística (enero 2017)

21 enero 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2017.

Gracias, Señor, por un año más

Gracias, Señor, por un año más en nuestras vidas, por haber estado un año más al lado de nosotros, por haber querido un año más que te veamos nacer en un pesebre y contemplar de nuevo tu rostro humano, amigo..


Tú nos has enseñado a pedir solamente el pan de cada día. Nosotros, egoístas consumados, queremos que nos concedas un poco más de tiempo. Sabemos que nos comprendes cuando así nos sonríes desde tu Sagrario. Tu sonrisa está llena de misericordia.

El pan de cada día
Gracias, Señor, porque nos permites celebrarte en familia, por repartir un año más tus palabras encendidas de amor, por darnos abrazos que cobijan cercanías, por estampar besos enamorados, por estar con los nuestros, con los que todavía quedamos en esta tierra pasajera. Incluso también por nuestras desdichas, nuestros sinsabores, nuestros fracasos, nuestras enfermedades, también por las ausencias, por el desprecio y la soledad te damos las gracias, porque contigo la carga se hace más suave y llevadera y el camino es más corto y menos empinado.

Siempre te tenemos que dar las gracias porque Tú solamente haces posible que a nuestro día se añada un día más. Nuestro tiempo no es nuestro tiempo, es solo tuyo. Gracias, Señor, por darnos tiempo para el arrepentimiento, para el perdón, para la ilusión. Tiempo para llevar una sonrisa a quienes tienen la mirada llena de lágrimas, tiempo para llevar un bocado de pan a quienes tienen hambre, una palabra de consuelo a quienes no tienen palabras. Gracias, Señor, por creer en Ti.

Gracias, Señor, por darnos esperanza. El futuro es ya tiempo malgastado si Tú no estás con el timón dirigiendo esta navegación del hombre hacia su destino final. Porque Tú eres el destino y Tú siempre estás ahí.

No he venido a condenar
«Yo no he venido a condenar al mundo, sino a salvarlo» (Jn 12, 47). Gracias, Señor, por tu Palabra, aunque la desoigamos, aunque la tiremos al cesto de los papeles, aunque vivamos como si Tú no nos vivieras. Y gracias, sobre todo, porque Tú no has venido a este mundo para juzgarlo, sino para amarlo con la ternura de tu misericordia.

Aquí hay mucho juicio temerario. Los unos nos condenamos a los otros sin pruebas, sin sentido, con malicia endemoniada. Tiramos por la borda el honor de las personas, su prestigio, su decencia, su valía. Armamos los humanos unas guerras terroríficas donde mueren los niños inocentes, las madres abortan a sus hijos, incluso en tu nombre, en tu falso nombre, condenamos a muerte a los hermanos por el simple hecho de pensar de otra manera. Hemos creado la discriminación, el abandono, la pobreza, la injusticia…, toda esa miseria humana a la que Tú le restituyes con sencillez la categoría de ser igualmente hijos de Dios.

Gracias, Señor, por tu Palabra: «Yo tampoco te condeno» (Jn 8, 11). Cuánto nos cuesta arrojar al suelo la piedra con la que queremos lastimar a nuestro prójimo, cuánto nos cuesta acercarnos a la sinceridad, al gesto compasivo, al perdón sin compromiso, a las delicias de amar. Y sin embargo, aunque sea solo a veces o a retazos o entre tizones, de Ti hemos aprendido que no hay mayor dicha que la entrega por amor. De esta manera te hiciste visible en este mundo, vistiendo nuestra misma carne humana, desnudo, después apaleado, condenado, ajusticiado, muerto en cruz, eternamente visible en tu mensaje: «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34).

Hasta el final de los días
Gracias, Señor, por haber venido, por haber traído tu Palabra, por quedarte para siempre entre nosotros: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 18, 20) Qué alivio, Señor, saber que en el desánimo, en la duda, en el temor, en el pecado Tú siempre estás en medio de nosotros como un poste fiel y seguro al que agarrarnos.

Gracias, Señor, por habernos traído la respuesta a nuestra permanente búsqueda finita y limitada, por haber vestido de eternidad nuestra carne caduca y pasajera, por dar sentido a la absurda tarea de vivir.

Gracias, Señor, porque contigo en la mañana nos olvidamos de los sueños paralizantes y extraños que tuvimos en la noche, porque el campo siempre tiene primaveras que salieron de un exilio de fríos del invierno, porque hay otros ojos que me miran, otra boca limpia que me besa, otra cara azul que me sonríe. Contigo la tristeza, que es bastante, se arropa con tu manto de alegría.

Siempre esperándonos
Gracias, Señor, porque has querido encerrarte para siempre en un Sagrario y esperar sin prisa alguna a que vayamos a contarte nuestros secretos, a despejar contigo las sombras que se levantan como nieblas por el alma, a tomar fuerzas para continuar subiendo la cuesta que fatiga. Gracias, Señor, por tu paciencia.

Gracias, Señor, por tu mano levantada que quiere enlazar abrazos con abrazos; gracias, Señor, por tu redil que espera sin distingo alguno a todas las ovejas; gracias, Señor, porque en tu monte a todos nos haces bienaventurados; gracias, Señor, porque me invitas a tu cena de luz y pan de vida; gracias, Señor, porque me enseñas a tenerte por siempre como Padre; gracias, Señor, porque me dejas acudir a ella cuando el mundo me cierra las salidas; gracias, Señor, porque en tu barca nos pasas con calma y paz de la una a la otra orilla; gracias, Señor, porque en tu cruz orientas los caminos.

Gracias, Señor, por poder decirte gracias, cuantas veces Tú quieras que las diga.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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